¿Comeremos palomitas en la realidad virtual? Sobre futuros posibles en el consumo de cine

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Firma invitada: P. Roberto J..

Poca duda puede haber de que el cine es una industria tecnológica. Es también arte y entretenimiento, pero su propio origen está en un avance técnico y siempre ha hecho suyo el orgullo por presentar novedades a las que otros medios no podían llegar. Si ver películas en una sala de cine siempre se ha vendido como “una experiencia”, la tecnología ha tenido mucho que ver en cómo se envuelve y se vive ese acto.

Que es una industria amenazada por esos propios avances tecnológicos también parece claro. Las primeras cifras de asistencia en 2014 a salas de cine parecen maravillosas (sólo en EEUU se vendieron en ese año más de mil millones de entradas de cine, según indica el estudio propio de The Hollywood Reporter), pero nunca habían sido tan bajas desde 1995. El streaming se está comiendo ya parte de la cuota de mercado, y los recientes estrenos simultáneos (que ahora mismo parece anécdotas accidentales, como el de la polémica The Interview) parecen un camino que la industria seguirá en busca del espectador perdido.

¿Pero es el único? ¿Dónde y cómo consumiremos cine en los próximos años? ¿Habrá palomitas en la realidad virtual? Echemos un vistazo al presente inmediato y los futuros perfectos del cine…

¿La sala de cine es el nuevo vinilo?

Esta pregunta se la hacían a Mark Kermode, uno de los críticos de cine británicos más famosos, en Empire. ¿Va a ser lo digital lo que se lleve por delante a la experiencia tradicional de consumo, de igual modo que el CD cambió los hábitos del oyente de música frente al vinilo y abrió el camino hacia que la industria discográfica nunca más fuera lo mismo?

Kermode razonaba que, efectivamente, aunque liguemos el cine a la sala, no puede existir una “única manera de verlo”. Hasta hace nada, eso se regulaba mediante las ventanas de exhibición, controladas por la propia industria: hoy el estreno en cines y dentro de 6 meses las llevamos al videoclub y a la compra doméstica. En unos meses más, a las televisiones de pago, y dos años después de su estreno en cines, quizás se podría ver por primera vez en abierto en televisión.

La posibilidad de controlar eso se ha roto, y con ella la hegemonía de la sala de cine: si no estrenas a la vez en sala y en streaming, sí que habrá quien ya esté viendo en su casa la película que la distribuidora no le quiere servir allí.

Para las salas de cine, esto cambia radicalmente el negocio: los precios subirán para compensar la bajada de asistentes (de hecho, siempre ha sido más impresionante y usada la cifra de taquilla que la de asistentes), pero además cada vez habrá menos grandes estrenos, focalizados en momentos muy puntuales del año. Por eso se ha echado mano de la tecnología: para ofrecer lo que en casa no tienes.

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Y no, ya no basta con buen sonido y gran calidad de imagen, con pantallas más y más grandes. Ahora se necesita una diferenciación real. Por eso IMAX es muy cuidadoso en a qué cines les da su distintivo: porque necesita vender una experiencia radicalmente novedosa. Que te haga sentir que, efectivamente, ver ‘Gravity’ allí es totalmente distinto de verla en otro lugar. Que haga real, mediante la tecnología, lo que dijo David Lynch de que “quien vea ‘Cabeza Borradora’ en un teléfono, no ha visto realmente Cabeza Borradora’”.

IMAX ha conseguido ese punto distintivo contando con los directores, que directamente ruedan pensando en la experiencia final en esos cines, caso de Cuarón en ‘Gravity’ o Nolan en ‘Interestellar’. Y por eso también el 3D ha vuelto a darse de bruces con la realidad: un mero truco de marketing que no añade nada a la película no conseguirá levantar a la gente de su sofá, al menos no cuando haya pasado la novedad. (Que esto ya debería haberlo sabido la industria del cine cuando lleva intentando el auge masivo del 3D desde los 60… sí, da para otro post, unas cuantas risas y muchas lágrimas).

La Frame Rate y el contraste ideales (y el Ultra 3D)

Si el 3D es sólo un truco comercial que apenas se ha inmiscuido en lo artístico y que, una vez más, se ha mostrado sólo como efecto gaseosa en lo comercial, hay quien apuesta sin embargo por ir más allá y apostar por el 3D ultrarrealista: imágenes tan reales que casi podrás tocarlas. Es la apuesta de Douglas Trumbull, un veterano del cine de Hollywood, responsable de los FX de ‘2001: una odisea en el espacio’, ‘Encuentros en la tercera fase’ y ‘ Blade Runner’.

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Trumbull, que se ha pasado tres décadas luchando con la industria por la aceptación de sus tecnologías visionarias (ahí está el ejemplo de su Showscan, que prometía los 60 frames por segundo más de 20 años antes de que ‘El Hobbit’ se atreviese con los 48 fps), ha vuelto en 2014 para presentar ‘UFOTOG’, el film en el que ha estado trabajando. ¿Qué tiene de especial? Dos aspectos: se proyecta a 120 frames por segundo y elimina, gracias a un proyector laser creado especialmente para sus proyecciones, las pérdidas de luz que rebajaban la calidad del 3D que hemos estado viendo en los últimos años.

Trumbull compara esas películas proyectadas a 120 fps con beber el mismo vino en un vaso de plástico o en una copa de cristal. Por supuesto, nada de esto sería, por ahora, replicable en casa.

La carrera de los FPS y el aumento de definición es otro de los clásicos del nuevo milenio. Si ya tenemos 4K en nuestros hogares y la BBC ha estado probando la tecnología Super Hi-Vision (dieciséis veces la SD) para estar emitiendo así en 2020, ¿hasta donde llegaremos? O, más concretamente, ¿qué necesitamos para ver bien? El CTO de IMAX, Brian Bonnick, tiene algunas ideas claras:

“En los proyectores 4K actuales, las ratios de contraste se mueven entre 1500:1 y 1700:1, mientras que en los 2K vamos a 2100:1. IMAX, ahora mismo, está consiguiendo 2600-2800:1, un 30 por ciento más que, sin embargo, no es donde necesitamos estar.

Es un gran problema con los proyectores digitales. Con IMAX Digital Laser, estamos buscando irnos a ratios de contraste de 8000:1 o más”.

¿El 4D nos conquistará por fin?

En todo caso, esa carrera es fácilmente llevable a los hogares. Hay quien promete que en el futuro será el 4D lo que nos haga ir al cine a vivir una experiencia diferente. Es otra de las apuestas clásicas: desde el smell-o-vision, la industria ha querido vender al espectador la posibilidad de sentir más. Pero en los próximos años podríamos ver ese resurgir. De hecho, ya tenemos quien se centra en ello como negocio.

Es el caso de los D-Box, butacas de cine que ya se instalan en salas de Europa, Asia y EEUU. Se mueven, vibran acompasados al montaje de la película, ofrecen el tacto como parte más de la película. De momento, sí, como gimmick, pero podría llegar mucho más lejos.

Por ejemplo, en lo que planteó la BBC con Orbi: una instalación absolutamente inmersiva en la que el público no sólo recibe imágenes (en este caso, de documentales de la BBC), sino que les permite vivirlos con todos sus sentidos: tocar, oler, ver, oír. Dividida en doce zonas, es un museo de la ciencia gigantesco hecho cine. No parece fácil llamarla sala de cine, pero es justo lo que hace: proyectar los documentales y añadir una experiencia diferente. ¿Podrían ser todas así en el futuro? Al menos, es más sugestivo que el 4D que hasta ahora nos habían vendido. Un viaje a Yokohama permite vivir la experiencia.

Si de experiencias se trata, no podemos olvidar a Hypermatrix, otra razón para pensar que a lo mejor la sala de cine no es sólo “butacas+pantalla”. En la Expo de Yeosu (Corea del Sur), en 2012, Hyundai creó una nueva tecnología que permitía que la fachada de un edificio cobrase movimiento. Eso le permitía, junto a proyecciones acompasadas, que lo que eran simplemente tres muros desnudos se convirtieran en una orgía de movimiento de cubos:

Algo así nunca lo tendrás en casa y, sí, resulta sencillo imaginarlo como parte de un cine que quiere ir más allá en la “experiencia” y que rueda pensando en la tecnología.

El cine como salón y el adiós al “¿qué echan hoy?”

Hay quien piensa, sin embargo, que el camino es el contrario: que la carrera tecnológica ya nunca va a quedarse en las salas y que los hogares serán rápidamente capaces de emularla. Es el caso de ‘Electric Cinema’, en Notting Hill, una sala de cine que se diferencia de las demás porque, en realidad, te hace sentir como en casa. Ya no sólo hay butacas, sino todo tipo de sofás, asientos reclinables, camas, mantas… Si nos descuidamos, se cuela hasta una batamanta. Vino, champán, cócteles y mucho más apuntalan la experiencia desde el lado más snob. Sí, lo puedes replicar en casa… pero luego no lo vas a poder compartir en Instagram con tanta satisfacción.

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El cine como salón va mucho más allá de una simple experiencia cultureta. Es más, tiene en la tecnología su aliado ideal: la nube, la tecnología cloud, va a permitir tener un inmenso archivo de películas en acceso rápido. Ya no dependeremos de cómo o cuándo llegan los rollos; las distribuidoras, además, deberán ser más flexibles, pero también tendrán el poder de los reestrenos.

Pasaremos del “¿qué echan hoy?” al “¿qué queremos ver hoy?”. Ya lo estamos haciendo: cines que ofrecen a los espectadores la posibilidad de votar entre varios reestrenos, sin que cuando entran a la sala sepan realmente cuál van a ver. La propuesta funciona porque la nostalgia lo hace y porque… ¿cómo no va a querer un fan de ‘2001, un odisea en el espacio’ tener la posibilidad de verla en pantalla grande? Si la sala de cine es el nuevo vinilo, la nube y el rápido acceso a más de cien años de archivo son las ediciones Deluxe en 180 gramos. Sí, en lo artístico no innova nada, pero, ah, en la parte del negocio… Ojos convertidos en símbolos de dólar.

Encaja también en la propia dinámica de las salas de cine: más pequeñas, pero muchas más. Es la larga cola aplicada al negocio de las proyecciones.

El adiós al peyorativo “Directo a vídeo” y la realidad virtual

En toda esta amalgama de nuevos proyectos y futuros posibles, hay que volver al inicio: la industria del cine ya ha dejado de considerar que la sala sea el único modo “bueno” de ver las películas que crea. Quizás penséis que es un cambio de actitud que lleva rondando desde los 80, pero en realidad cristaliza ahora: hasta hace nada, que una película fuese directa al mercado del VHS, primero, o DVD después significaba que era de baratillo. Casi había todo un género cinematográfico ahí.

oculus

Sin embargo, el streaming ya nos permite ver (de manera tímida) estrenos en casa al mismo tiempo que en cine. Se trata de ampliar las posibilidades oficiales para ese espectador que estaba dispuesto a sacrificar calidad con los infames screeners con tal de ver la película en su casa y cuanto antes. Además, el directo a streaming permite que las películas de menor presupuesto o aquellas en las que las distribuidoras confían menos tengan una ventana de distribución inmediata sin necesidad de dar pérdidas en las salas. Eso, por supuesto, podría polarizar aún más qué tipo de cine vemos en “la experiencia de una sala” y cuál en casa. Pero no es necesariamente algo malo per se.

Sin embargo, donde el directo a vídeo podría ser diferencial y llevar todo el marchamo tecnológico que a la industria le gusta vender es en la realidad virtual y otras tecnologías similares. El éxito moral de Oculus Rift ha sido traer a primera plana tecnológica el viejo sueño de una realidad virtual que merece la pena: ponte un casco y experimenta un mundo nuevo. Encaja cien por cien con la idea de “la experiencia de ver cine” tradicionalmente asociada a la sala y no es raro que en el comunicado de compra de Oculus Rift por parte de Facebook, Mark Zuckerberg dijera claramente aquello de:

“Tras los juegos, vamos a convertir a Oculus en una plataforma para muchas otras experiencias. Imagina disfrutar de un asiento en la cancha de un partido, estudiar en una clase con alumnos y profesores de todo el mundo o realizar una consulta con un doctor cara a cara… simplemente poniéndote unas gafas en tu propia casa.”

Tampoco es extraño que Google Ventures tenga una inversión, Jaunt, trabajando en esto. O que los primeros en lanzarse a esa piscina hayan sido los que tienen que ser, los que nunca están dispuestos a que se escape una oportunidad de negocio: los productores de porno.

Espacios y circunstancias que no podemos predecir

Un último apunte al respecto de “la sala de cine llevada a casa”. Hace unos meses, le preguntaban a Chris Cookson, el que fuera presidente de Sony Pictures Technologies, cómo sería el cine que veríamos en 2064. Él afirmaba que el Holodeck de Star Trek tenía todo sentido como negocio cinematográfico. Habrá que ver qué opinan en Microsoft sobre su Hololens como nueva vía de ingresos del cine.

Pero, además, aseguraba que lo que tienen que hacer las compañías es conseguir que la tecnología “desaparezca”, que la manera de usarla sea tan sencilla y poderosas que quienes cuentan las historias se centren sólo en ellas.

Al hilo de esto, siempre que la industria del cine entra en una etapa de incertidumbre, llegan los agoreros. Para ellos queda este párrafo de la carta pública que Scorsese le remitió a su hija sobre el futuro del cine:

“No creo ser pesimista al decir que el arte cinematográfico y el negocio de las películas están ahora mismo en una encrucijada. El entretenimiento audiovisual y lo que conocemos como “cine” parecen estar moviéndose en direcciones diferentes. En el futuro, verás menos y menos de lo que ahora llamamos cine en grandes salas y más y más de eso mismo en pequeños teatros, online y, supongo, en espacios y circunstancias que no puedo predecir.

Así que… ¿por qué es ese futuro tan brillante? Porque por primera vez en la historia de nuestro arte, las películas pueden hacerse con poco dinero. Eso era impensable cuando yo crecí y las películas de bajísimo presupuesto siempre han sido la excepción a la regla. Ahora es al contrario: puedes conseguir imágenes bellísimas con cámaras baratas. Puedes grabar sonido. Puedes editar, mezclar y corregir el color en casa. Todo esto ya está aquí.”

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