Cómo cambiar el procesador de tu ordenador y vivir en el siglo XXI

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Todos los componentes de nuestro ordenador, como es obvio, son importantes para su funcionamiento, o como mínimo muy útiles para el conjunto. Algunos son vitales, como es el caso de la fuente de alimentación, la memoria RAM, el disco duro, la placa base o la tarjeta gráfica.

Pero todos estos componentes ensombrecen ante la importancia de uno, posiblemente el más pequeño de todos: el microprocesador. El “cerebro” de nuestro ordenador es un circuito con millones de transistores microscópicos preparados para realizar las operaciones necesarias que aseguren el correcto funcionamiento del ordenador.

La estructura de un microprocesador moderno

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Mucho han avanzado los microprocesadores desde el inicio de la informática. Pasando de ser habitaciones enteras en edificios a chips de apenas pocos milímetros, podemos considerar que el cambio ha sido abultado.

En los primeros ordenadores personales el microprocesador venía directamente soldado a la placa, pero con el transcurso de los años fuimos teniendo la oportunidad de acoplarlo y extraerlo usando distintos métodos.

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Desde hace años, se ha estandarizado el “socket” o “zócalo” como el método más efectivo para albergar un microprocesador, aunque hemos pasado por muchos tipos, incluso uno con forma de cartucho (el Pentium II), al más puro estilo videoconsola de los 90.

En la actualidad la instalación de un microprocesador se realiza utilizando zócalos y microprocesadores que usan superficies de contacto metálicas para acoplarse entre ellas con un simple clic (denominados LGA), también denominados zócalos de presión nula o ZIF (Zero Insertion Force).

Motivos y forma de cambiar un procesador actual

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Al ser el componente que mejor define a un equipo informático de sobremesa al otorgarle su potencia final, el microprocesador es uno de los menos intercambiables, aunque eso no quiere decir que no podamos reemplazarlo por otro en caso de fallo o actualización, pero es uno de los más complicados ya que el socket, la placa base y la memoria RAM deben ser compatibles con él.

Los procesadores, según su arquitectura, suelen contar con un modelo de socket concreto. Hay muchas variantes actualmente, por ejemplo, en los procesadores Intel: tenemos los socket 1150, 1155, 2011, 1151… Por ejemplo, los nuevos Intel Skylake (los lanzados a finales de 2015) usan zócalo LGA 1151.

Es imprescindible conocer el modelo de socket de cada microprocesador, ya que solo podremos reemplazarlos por microprocesadores de ese mismo socket en el futuro, sin excepciones.

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Los microprocesadores suelen incorporar una guía visual con la que ayudarnos a colocarlo en la dirección correcta dentro del socket, siempre en una dirección concreta (con los pines mirando hacia abajo), ya que no podremos tocar o ni mucho menos “maltratar” los contactos metálicos que sirven de conectores (podríamos estropearlo). Normalmente se nos indica gracias a una flechita blanca, situada en alguna de las esquinas, pero también encontraremos microprocesadores que incluyen muescas para que solo puedan insertarse de una forma determinada.

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Una vez colocado en su sitio, debemos saber que el sistema de cierre de cada socket puede ser distinto, pero, desde hace generaciones, los procesadores Intel usan una especie de seguro metálico para inmovilizar dichos componentes que solo requieren el deslizamiento de una pequeña palanca para abrirlo o cerrarlo.

Tras el microprocesador, siempre colocaremos un disipador (o sistema de refrigeración líquido) para refrigerarlo ya que, a pleno rendimiento, es capaz de alcanzar temperaturas que rondan los 90ºC. El sistema de sujeción de los disipadores (los que suelen acompañar al microprocesador en la caja a la hora de adquirirlo) varía según el fabricante.

Puede usar unos ganchos con pinza plástica gigante para acoplarlo, o también, en el caso de los procesadores Intel modernos, usar un cierre de cuatro puntos de sujeción anclados a la propia placa base.

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Ojo, antes de colocar el disipador tenemos que revisar que existe pasta térmica entre el microprocesador y el disipador (y si no es así, adquirirla por separado). Si el microprocesador y el disipador son nuevos, el disipador debe incluir pasta térmica adherida previamente a su base. Este material viscoso y termoconductor permite el correcto intercambio térmico entre ambos dispositivos, y debe revisarse y renovarse, al menos, cada 2 años, ya que tiende a secarse y dejar de resultar efectiva.

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Volviendo al sistema de sujeción del disipador Intel, aunque pueda engañar a primera vista, es muy sencillo de usar, tan solo tendremos que situarlo encima del microprocesador (si lo instalamos por primera vez), y pulsar sobre cada uno de los cuatro tornillos anclables a la placa base. Automáticamente oiremos un “click” por cada punto de sujeción que nos indicará que el anclaje se ha completado. Para desanclarlo tan solo tendremos que girar la cabeza de cada punto en sentido contrario a las agujas del reloj y extraer hacia arriba cada uno de los puntos de sujeción. Para volver a anclarlo, debemos hacer el proceso inverso, es decir, pulsar los puntos y girar en el sentido de las agujas del reloj.

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