Cómo la tecnología influye en la forma de nuestros sueños

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Durante los años 40 y 50 del siglo XX, de repente, los sueños dejaron de tener colores. En 1951, Calvin S. Hall decía en Scientific American que solo el 29% de los sueños tenían algo, aunque fuera una pizca, de color.

Hoy por hoy es un hecho poco conocido y es una pena, porque hay pocas historias que reflejen tan bien cómo la tecnología puede cambiarnos íntimamente y dar forma (literal y metafóricamente) a nuestros sueños.

La epidemia del monocolor

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Y si preguntáramos a los investigadores dedicados al sueño, muchos pensarían que era un optimista. Por ejemplo, Tapia, Werboff and Winokur (1958) realizaron una encuesta en el Hospital de la Universidad de Washington en San Luis y encontraron que solo el 9% de los pacientes soñaba en color. De Martino (1953) encontró que solo el 17% de sus alumnos veían colores al menos una vez al mes. Middleton, un poco antes (1942), encontró que el 40% de los alumnos de su universidad nunca veían colores en sus sueños frente a un 31% que los veía ocasionalmente y un 10% que los veía con frecuencia.

Lo curioso de esto es que Middleton encontró un porcentaje similar de personas que ‘oían colores’ con frecuencia, un 11%. Definitivamente, soñar en color se había vuelto algo muy poco común.

Vale que la guerra y la posguerra convirtió el mundo en algo gris, difícil y sin sentido. Pero soñar en blanco y negro era, sin duda, pasarse de literal. ¿Dónde se habían metido los colores?

¿Quién se ha llevado los colores?

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Porque los colores estaban ahí. Si examinamos los registros que disponemos (diarios, cartas, tratados médicos, novelas, textos místicos, etc…) podemos comprobar que antes de esa época las personas soñaban en color. Sin ir más lejos, ‘La Interpretación de los sueños’ de Freud es del año 1898 e incluye más de medio centenar de referencias al color de los sueños. Samuel Coleridge soñó en 1797 el palacio que Kublai Khan construyó en Xanadú con todo lujo de detalles y lo describió en un poema lleno de colores. Aristóteles, en sus tres tratados sobre los sueños (De somno et Vigilia, De insomniis, De Somnum Divinatione), daba buena cuenta de que el “mundo de los sueños” tenía colores y vivió en el chorrocientos antes de Cristo…

Pero lo peor sin duda no era que hubiesen desaparecido los colores, lo peor era que nadie se había dado cuenta. Nadie comentó en el periódico: “Qué raro que llevo mes y medio soñando en escala de grises”, nadie fue al médico preocupado, nadie abrió una petición en Change.org. ¿Quién se ha llevado los colores? ¿Qué podría haber pasado? ¿Por qué nadie los echaba en falta?

Afortunadamente, esto que podría ser el argumento de la segunda parte de El Grinch, pasó rápido. En 1962, Kahn, Dement, Fisher and Barmack elaboraron un informe que aseguraba que el 83% de los sueños tenían color. Tauber (1968) decía que el 69%; Berger (1963), que el 71% Y, para 1970, Snyder ya afirmaba que todos los sueños tenían color.

El extraño caso del ladrón de sueños

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Se han buscado muchos culpables, pero hay un sospechoso al que se le acumulan los indicios: la televisión.

Durante los años 30, la televisión se empezó a extender por Estados Unidos. pero no fue hasta la década de los 40 cuando alcanzó amplias capas de la población (y sí, ‘amplias’ es una forma de hablar, en 1944 había unas 44,000 televisiones en un país de 138 millones de habitantes). Tras la Guerra, la televisión explotó y pasó a convertirse en producto fundamental que debía estar en toda casa digna de ese nombre (Abramson, 2008).

Justo ahí (y en la población con acceso regular a tv o cine) cuando desaparecieron los colores. En 1965, cuando se realiza la transición general a la televisión a color, de repente, vuelven a aparecer los colores.

Así que ahí tenemos a la televisión en la escena del crimen embadurnada de sangre y con cara de sospechosa. Podríamos incluso encontrar un buen móvil, pero durante muchos años no tuvimos ni idea de cómo lo hizo. Al fin y al cabo, en los años 50 la gente no pasaba decenas de horas sentados frente al televisor y, en fin, el mundo, salvo que alguien confirme lo contrario, sí que era en color.

Cómo la tecnología influye en nosotros sin que nos demos cuenta

En 2002, Eric Schwitzgebel dio una explicación. Aunque pueda sonar raro nuestros pensamientos, sentimientos, recuerdo o sueños no existen. O, al menos, no existen como tal. Cuando recordamos algún momento, no estamos buscando un VHS viejo en alguna parte de la memoria: estamos rehaciendo de nuevo ese recuerdo (siguiendo unas reglas determinadas).

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Suelo poner el ejemplo de un restaurante, uno de esos que tienen las fotos de los platos en la carta. Si llegamos a cenar y pedimos un plato determinado, el cocinero no busca el plato en una cámara frigorífica infinita y nos lo sirve; el cocinero sigue una receta que da como resultado muy similar (si el día es bueno) a la foto de la carta.

Hay veces que no hay espinacas en el mercado y prepara la lasaña con acelgas. Otras veces, se gastan las patatas asadas y tiene que servir el plato con patatas fritas. Si de repente, compran un robot mecánico, la textura de las cosas cambia un poco porque ahora pican los alimentos mejor.

Nuestra mente funciona de una forma muy similar: crea recuerdos siguiendo unas instrucciones concretas y los ingredientes que tiene a mano. Cuando los americanos de los años 50, trataban de recrear y explicar sus sueños utilizaban (aún inconscientemente) los elementos provenientes de la televisión, de la misma forma que nosotros nos imaginamos los libros que leemos como películas y no como obras de teatro. Y si no, que se lo pregunten a los astronautas.

La tecnología, y las lógicas que contiene, modifica la forma en que vivimos el mundo sin que nos demos siquiera cuenta. Y eso es bueno. Porque desde hace cuatro millones de años la tecnología es eso que nos hace humanos.

Fotos | Giuseppe MiloEsther Vargas y elhombredenegro.

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