Cómo se lucha contra el máximo peligro de un museo

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En el aire que respiramos hay miles de cosas en suspensión a las que, genéricamente, llamamos polvo. Las partículas sólidas con un diámetro menor a los 500 micrometros son polvo, pero entre esas partículas hallamos toda clase de cosas. El polvo doméstico, por ejemplo, es una mezcla, generalmente, de excrementos de ácaros y piel muerta.

El polvo es un problema para millones de alérgicos a él y también está considerado uno de los mayores peligros de las obras de arte, porque las desgasta y es extraordinariamente complicado evitarlo al cien por cien.

Filtrando el aire del museo

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El dióxido de azufre ennegrece cuadros antiguos, los óxidos de nitrógeno corroen bronces y esculturas de piedra, y el ozono acelera el envejecimiento y deterioro del papel, el tejido y otros materiales orgánicos. Además el polvo atrae el agua, y lo retiene sobre la superficie, contribuyendo a la creación de manchas, a la corrosión y al crecimiento biológico.

Muchas obras de arte también desprenden gran cantidad de partículas cuando se desplazan de sala o se limpian, causando alergias, irritación ocular o náuseas en las personas que estén cerca.

En consecuencia, los museos, los lugares donde se concentran mayor cantidad de obras de arte, son los más preocupados a la hora de eliminar el polvo. El Museo del Prado, por ejemplo, tiene 22.000 metros cuadrados. ¿Cómo pueden limpiarse piezas tan valiosas de algo tan común y persistente como el polvo?

Una limpieza de forma regular con plumeros ásperos, puede arañar los objetos, mientras que los pulverizadores pueden penetrar las grietas y exponer los objetos a vapores de ácidos y amoníaco. La única solución son los métodos no agresivos.

Una las técnicas más utilizadas pasa por filtrar el aire ambiente con dispositivos como Air Cleaner, que funciona ya en el Uffizi, en Florencia, o la Biblioteca Británica, en Londres.

La filtración molecular por carbono activo se puede aplicar en cualquiera de las unidades de aire de un museo, por ejemplo, y su uso deberá estar condicionado por diversos factores, como tipos y concentraciones de contaminantes gaseosos, el tipo de obra de arte que debe ser protegido o la disposición del sistema de ventilación museo. Estos sistemas de limpieza no solo protegen las obras de arte, sino a los empleados de los museos.

Pistolas contra el polvo

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Para combatir la ubicuidad del polvo en las galerías de arte o las bibliotecas que contienen piezas en exposición, existen otros métodos. Por ejemplo, en muchos centros se usan carros de limpieza provistos de una pistola de pulverización, o bien una escobilla de goma, para eliminar completamente los contaminantes sin tener que tocar la superficie de los objetos.

La pistola de pulverización de baja presión se utiliza para rociar la superficie con la proporción adecuada de solución de agua y producto de limpieza y, luego, se enjuaga el área con agua limpia y fresca. La escobilla de goma o el tubo de vacío succiona el agua sucia junto con los contaminantes.

También existe la posibilidad de usar sistemas de limpieza por vapor, que es una tecnología respetuosa con el medio ambiente. Utiliza las altas temperaturas y la presión de agua para limpiar y desinfectar el sueño. Al estar entre 240 y 360 Cº mata los gérmenes por contacto. Es una gran opción cuando se trabaja en un entorno donde hay personas con sistemas inmunes debilitados y con propensión a sufrir alergias.

Las luces ultravioletas también se han convertido en un gran aliado a la hora de localizar suciedad específica y eliminar. La luz ultravioleta tiene tres longitudes de onda diferentes, UV-A, UV-B y UV-C. UV-C es la única longitud de onda germicida, pues mata sistemáticamente el 99,9% de los gérmenes, alérgenos y bacterias deteriorando su ADN.

Cuando se trata de la detección de la limpieza, la luz ultravioleta se pueden utilizar para marcar las superficies con tinta invisible, que son fluorescentes bajo luz negra pero desaparecen una vez limpiadas.

Por su parte, los medidores de ATP (trifosfato de adenosina, una enzima que existe en todas las células vivas) detectan la cantidad de ATP que todavía permanece en una superficie después de que se haya limpiado. Cuanto mayor sea la medición, más contaminantes habrá en la superficie.

Ésta es una herramienta muy útil para proporcionar un “antes” y “después” de medida al personal para así comprobar si la superficie ha sido limpiada de manera eficaz.

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También se pueden usar en algunas salas medidores de concentración de polvo, como DustBug, de Hanwell, o controladores de la humedad y temperatura de las estancias, pues ambos factores están estrechamente relacionados con la aceleración de procesos de deterioro químico o la proliferación de hongos y mohos.

E incluso el simple flujo del aire, que puede traer consigo contaminantes, debe controlarse y gestionarse adecuadamente con sistemas como el Hanwell Wind Meter: la velocidad del viento puede ser registrada, ya sea contando el número de impulsos dentro de un período de tiempo fijo, o midiendo el tiempo entre impulsos sucesivos.

Estos datos permiten a los usuarios detectar el cambio en la velocidad y dirección del viento para el mantenimiento preventivo, reducir el potencial interno de la humedad causada por corrientes de aire y los puntos fríos y, finalmente, eliminar los costos relacionados con el daño del viento exterior y el flujo de aire interno.

En definitiva, cualquier técnica o dispositivo se explora concienzudamente para que nos permita combatir uno de los peligros más importantes de los museos, al nivel del fuego o los hurtos, pero que acostumbra a pasar mucho más desapercibido.

Imágenes | Pixabay

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