De cómo iluminamos el mundo pero tal vez propiciamos la obesidad

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Gracias a la luz eléctrica la humanidad ha podido construir la civilización, sin embargo el efecto colateral de alterar los ciclos de luz natural podría ser, en parte, la actual epidemia de obesidad.

Es lo que sugiere, al menos, un estudio de realizado por Cathy Wyse, de la Universidad de Aberdeen (Reino Unido), y que ha sido publicado en la revista BioEssays.

La luz artificial modifica los ciclos de luz natural, que están sincronizados con nuestros ciclos de vigilia y sueño. Unos ciclos gobernados por un reloj molecular que se encuentra presente en todas las células de nuestro cuerpo.

Este desequilibrio producido por fuentes de luz, llamado «desincronía circadiana», altera los sistemas del cerebro que regulan el metabolismo, aumentando así la probabilidad de desarrollar obesidad y diabetes, tal y como señala el propio investigador:

La razón del aumento relativamente repentino de la obesidad en el mundo desarrollado parece no ser únicamente una cuestión de dieta y actividad física. Entran en juego otros factores, y entre ellos conviene tener en cuenta la desincronía circadiana. (…) La luz eléctrica permitió a los humanos infringir la antigua sincronización entre el ritmo del reloj biológico humano y el entorno; durante el último siglo, los ritmos diarios en los horarios de comidas, sueño y trabajo han desaparecido gradualmente de nuestra vida. El reloj biológico apenas puede seguir el patrón de nuestro estilo de vida, muy irregular.

La contaminación lumínica de las ciudades, pues, también podría ser un factor a tener en cuenta en la salud. Es lo que también sugieren investigadores del departamento de Endocrinología de la Universidad de Leiden (Holanda), tras llevar a cabo experimentos con ratones sometidos a este tipo de contaminación.

El aumento de la exposición de horas diarias de luz se relaciona con el incremento de la adiposidad corporal de estos roedores mediante la atenuación del tejido adiposo de color marrón (BAT, por sus siglas en inglés). Los resultados se publicaron en la prestigiosa revista PNAS.

Un invento que hizo llegar la civilización

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El advenimiento de la luz artificial en el siglo XIX trajo consigo profundas interrupciones en los ritmos circadianos, según sostienen muchos expertos en esta materia, los llamados cronobiólogos. Pero la luz artificial también trajo consigo un cambio de vida enormemente positivo.

Las noches, en el siglo XIX, solían ser oscuras: el alumbrado público a gas proporcionaba menos luz que una bombilla moderna de 2,5 vatios. La gente no podía caminar fácilmente por la calle cuando llegaba la noche y los hurtos eran comunes porque la falta de luz permitía pasar desapercibido.

Y poco antes de eso ni siquiera había alumbrado eléctrico, solo escuálidas velas para iluminar el interior de las estancias. Tal y como explica Bill Bryson en su libro En casa, cuando se usaban velas, la oscuridad reinaba por doquier: la luz que brota de una nevera cuando se abre su puerta aporta más luminosidad que la cantidad total de iluminación de la que disfrutaban la mayoría de hogares en el siglo XVIII.

En una gran ciudad como Londres, antes del advenimiento de la electricidad, una familia corriente acostumbraba a vivir de noche con una sola vela. Las clases más pudientes tenían otras alternativas, como las lámparas de gas, pero éstas eran muy caras, precisaban de un continuo mantenimiento y eran particularmente mugrientas, provocaban problemas de salud y, además, continuos incendios.

La bombilla

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Hasta finales del siglo XVIII, la calidad de la iluminación prácticamente no había evolucionado en trescientos años. Nadie había pensado aún en la electricidad. Si bien la electricidad era un tema fascinante en la época, nadie era capaz de entender sus implicaciones prácticas. Humphry Davy, futuro tutor de Michael Faraday, había demostrado a principios del 1800 que era posible hacer saltar un arco de luz eléctrica entre dos varillas de carbono.

Pero no fue hasta 1846 que un hombre llamado Frederick Hale Holmes patentó la lámpara de arco eléctrico, probablemente inspirados todos ellos por el poder de los rayos de las tormentas.

Poco se conoce acerca de la biografía de Holmes, pero se sabe que viajó a Inglaterra para compartir su invento con Michael Faraday, que enseguida entendió que con semejante tecnología podían construirse mejores faros. El 8 de diciembre de 1858, por primera vez se puso en marcha esta tecnología en el faro de South Foreland, cerca de Dover.

El poder del rayo

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Según explica Marcus Chown en su libro El universo en tu bolsillo, un rayo contiene la suficiente energía para iluminar 250 casas durante una hora. En el mundo se producen unos cien rayos por segundo, la mayoría en los trópicos.

Los rayos ponen en evidencia con su fulgor que, por medio de una corriente eléctrica, es posible transformar la energía de la electricidad en otras formas de energía, como luz y calor. Sin embargo, la humanidad tardó mucho tiempo en averiguar cómo extraer toda esta energía y convertirla en luz. De hecho, hasta finales del siglo XIX no se puso en marcha la tecnología determinante para que se hiciera la luz: la bombilla eléctrica.

Del mismo modo que la corriente de un rayo transfiere energía al aire (calentándolo e iluminándolo), una corriente en una bombilla eléctrica transfiere energía a un filamento (calentándolo e iluminándolo).

La producción de electricidad a gran escala derivada de los descubrimientos de Faraday no tuvo una repercusión social inmediata. De hecho, se cuenta la anécdota de que Gladstone, ministro de Hacienda, le preguntó en una ocasión al propio Faraday para qué podía servir la electricidad, a lo que éste respondió: un día podrá usted gravarla con impuestos”. Y, en efecto, en 1880 se estableció el primer impuesto de generación de electricidad en Inglaterra.

La historia de la bombilla se puede remontar al año 1800 cuándo el inventor italiano Alessandro Volta consiguió por primera vez proveer de electricidad corriente a través de un cable de cobre conectado a una pila voltaica inventada por él. Este cable producía brillo y se podría considerar como una de las primeras manifestaciones de iluminación por incandescencia (calentamiento de un filamento metálico hasta producir luz). Unos cuántos años más tarde, en 1809, el científico inglés Humphry Davy desarrollaría una lámpara incandescente que se considera la primera fuente de iluminación eléctrica como tal de la que se tiene constancia.

Aunque no fue inventada por él, Thomas Edison tuvo la ingeniosa idea de colocar el filamento en cuestión en el interior de una cámara sin oxígeno en el interior de una bombilla de vidrio para que brillara sin consumirse. Como si hubiera atrapado un rayo dentro de un vaso y le obligara a mantenerse activo todo el tiempo.

Con todo, Edison probó no pocos posibles materiales para el filamento de las bombillas hasta dar con uno que brillara lo suficiente sin desintegrarse. Tal y como él mismo manifestó: “No he fracasado. Simplemente he descubierto mil maneras que no funcionan”.

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En 2009, una Directiva de la Unión Europea estableció un plazo para que en los estados miembros dejaran de fabricar y comercializar lámparas incandescentes. Las lámparas incandescentes están siendo sustituidas por opciones más eficientes, como las lámparas fluorescentes compactas y las basadas en tecnología LED (diodos de emisión de luz). Estos productos cuentan con varias ventajas: mayor duración, menor consumo y ahorro económico.

Ahora vivimos de luz eléctrica en sus diversas formas. Los pioneros en el uso de la electricidad no aspiraban a introducir esa energía, y mucho menos aparatos que usaran esa energía, en los hogares de la gente, pero es lo que finalmente sucedió. Faraday, al igual que Prometeo, escaló el Olimpo, le robó el fuego a los dioses, el fuego divino, la chispa tecnológica que prendió bombillas y lámparas, e iluminó definitivamente un mundo sumido en la oscuridad. El tributo que tuvimos que pagar quizá fue ganar unos cuantos kilogramos de grasa marrón.

Imágenes | Pixabay

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