Los dinosaurios ya conocían el secreto solar que ahora puede cambiar el mundo

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No es un secreto que, durante muchos años, la tecnología se estuvo alejando bastante de la vida. De todo tipo de vida. Cuando explotó la Revolución Industrial nos despojamos de nuestras raíces y empezamos a construir maquinaria pesada y ladrillos. Cuanto más denso, mejor. Cuanto más pesado, mejor.

En lugar de imitar a los animales, imitamos a las piedras. Lo cual está bien por un lado (nadie duda de las ventajas de las piedras), pero plantea enormes inconvenientes que hemos tardado tiempo en aceptar. Por ejemplo, la tecnología humana produce calor, y el spinosaurus puede ayudarnos a disipar el exceso mucho mejor que nosotros mismos.

A los humanos nos sobra calor

Hablábamos hace unos días del momento en que nuestro robot acuda a la compra por nosotros, un acto que depende de un ligero inconveniente (aún sin resolver) en cuanto a su cerebro. Además del hecho de que todavía no sabemos cómo hacerle pensar, existe el problema del tamaño y la energía consumida.

Existe un ordenador muy conocido llamado Blue Gene que en 2005 se convirtió en el ordenador más rápido del planeta. El más inteligente. Para poder pensar, el BG usaba 320 metros cuadrados y una potencia eléctrica sin precedentes. En 2006 consiguió simular el 40% del cerebro de un ratón, y en 2007 el 100% del cerebro de una rata.

Blue Gene

Ordenador Blue Gene. Fuente: Wikipedia

En 2009, otro supercomputador (el Dwan) consiguió simular el 1% del comportamiento del cerebro humano. Pero lo hizo gastando más de un millón de vatios de energía solo en el procesado, más el consumo de un sistema de refrigeración que necesita de 76.500 metros cúbicos de aire helado cada minuto. Sistema que pesa 6.675 toneladas.

Teniendo en cuenta que el cerebro humano consume 20 vatios, es evidente que en cuanto a inteligencia artificial aún nos quedan unos pasitos que dar. Pero no solo nuestros microchips generan demasiado calor. Las fábricas, motores, los inmuebles y cualquier tipo de maquinaria humana genera ingentes cantidades de calor que no somos capaces de disipar bien.

Cómo disipan calor los animales

Se suele oír aquí y allá que la naturaleza es sabia, humanizándola en cierto sentido y colocándole un cerebro y voluntad. Lo cierto es que la naturaleza ha tenido más de 4.000 millones de años para equivocarse (y que lo ha hecho mucho). Mediante millones de millones de nacimientos, de vez en cuando la evolución —previa adaptación al medio— colocaba los genes del modo conveniente, y nacía el animal óptimo.

Y ni siquiera este era bueno para otro periodo terrestre. Por ejemplo, un animal que absorbe muy rápido el calor lo pasaría fatal en una Tierra tropical. Y uno que lo libera con relativa facilidad no aguantaría mucho tiempo en una glaciación.

La naturaleza nos ha enseñado mecanismos básicos con los que hacer lo uno o lo otro. Si lo que necesitamos es absorber el calor, lo ideal será disponer de una piel gruesa y grasa como la de las focas o los cactus. Y si lo que queremos es perder rápidamente el calor, necesitamos orejas grandes y hojas anchas.

Pero existe un inconveniente a elegir uno u otro método. ¿Qué ocurre cuando he de enfriar durante parte del día y calentar durante el resto del tiempo?

La regulación térmica: las plantas y el spinosaurus

La regulación térmica o termorregulación hace referencia a una capacidad: la que tiene un organismo para modificar su temperatura dentro de ciertos límites. Perder temperatura si hace calor y ganar temperatura si hace frío. Algo que todo animal vivo implementa en su ADN en mayor o menor medida gracias a la existencia del Sol.

Tanto el sudor humano como la secreción de agua en los vegetales realizan esta función, aumentando la transferencia de calor con el entorno y refrigerando al ser vivo durante las horas de más luz. El mecanismo deja de actuar en periodos de frío, como la noche.

Esto nada tiene que ver con el mecanismo de termorregulación del spinosaurus. A pesar de que entramos en el campo de la especulación científica (y de los puñetazos entre científicos en las conferencias) nos hemos animado a mencionar cómo podría usar la vela el spinosaurus para modificar su temperatura.

Vela del spinosaurus

Vela del spinosaurus. Fuente: Wikipedia

Hay que destacar que el spinosaurus era un animal casi acuático y de sangre fría (como los reptiles en esto último) que carecía de una capa de grasa gruesa. En otras palabras: en un entorno acuático solía requerir un aporte de energía, parte del cual obtenía de su comida, y parte del sol. O eso piensan los expertos.

A diferencia de las lagartijas o tortugas, el spinosaurus no necesitaba tumbarse en una piedra caliente para aumentar la temperatura de su sangre, ya que esta pasaba por su vela como si de un panel solar térmico de últimas prestaciones se tratase. El sol incidía sobre la vela, calentando la sangre en su interior, que se repartía por el resto del cuerpo.

Del mismo modo, un exceso de calor podía ser liberado en una inmersión rápida, al actuar la vela como emisor de calor con respecto al agua fría.

Pero es muy posible que la vela del spinosaurus fuese mucho más allá, y además de calentar la sangre cuando hacía sol es muy posible que usase la vela a modo de almacenamiento de energía para cuando no lo había. Quizá un modo efectivo de barriga en cuanto a acumulación de grasa.

De los dinosaurios a la adaptación en la tecnología humana

Lo cierto es que la concepción teórica del mecanismo de termorregulación del spinosaurus no es nueva. Casi desde que empezamos a construir máquinas, el ser humano se ha enfrentado al hecho de que sus procesos liberan demasiado calor. Tanto que en ocasiones las máquinas no son capaces de trabajar bien.

Imaginemos dos aplicaciones distintas: un motor y un microprocesador. Aunque usen fuentes de energía diferentes para funcionar, ambos tienen el mismo problema: necesitan enfriarse o sus componentes dejarán de funcionar como deben. Y ambos lo han solucionado del mismo modo, al modo spinosaurus: con aletas.

Lenovo 005 disipador térmico

Disipadores de calor en motores y microchips

Las aletas de intercambio de calor son conocidas en la ingeniería ya que se usan en todo tipo de sectores para extraer el calor y liberarlo al entorno. Una aplicación para el motor es la de colocar aletas rodeando los cilindros y haciendo que pase el aire a través de ellas. Otra, esta vez respecto a los microchip, es la adhesión de aletas verticales que ayudan a liberar energía hacia arriba.

Lo que a los animales les ha llevado millones de años el ser humano lo ideó en menos de cinco años tras las primeras grandes máquinas. Sin embargo, la tecnología parece haberse estancado en este sentido, ya que en lugar de disipar mejor la energía nos hemos limitado a refrigerar a la fuerza la máquina (como con el ordenador Dwan).

Algunas aplicaciones de sobremesa ya incluyen la refrigeración mediante un fluido que corre junto a los procesadores y un pequeño circuito de agua que libera el calor a la atmósfera de un modo más aceptable. Pero para ser realmente eficientes en la liberación de calor y consumo energético es posible que pronto veamos chips más parecidos a tejidos que a placas.

Imagen de portada: Spinosaurus

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