La primera vez que se hizo música con un ordenador (y la canción de Hal9000)

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En una de las escenas más memorables del clásico icónico de Kubrick 2001: Una odisea en el espacio, la inteligencia artificial HAL9000 canta la letra de Daisy Bell con un tono mortecino muy inquietante. En realidad la canción era un guiño muy geek que muchos espectadores no advirtieron: la copla popular de finales del siglo XIX fue elegida por los genios John L. Kelly, Carol Lockbaum y Max Mathews como parte de una demostración de síntesis de voz del IBM 7094 de los Laboratorios Bell, el primer equipo que cantó, allá por 1962.

Pero antes de que los ordenadores cantaran música, hubo un estralafario aparato eléctrico que también lo intentó, no con tanta fortuna. Para contar esta historia hemos de remontarnos un poco más allá, hasta 1893.

Mark ‘El Músico’

Thaddeus Cahill era un creador de mecanismos para máquinas de escribir y pianos de finales del siglo XIX que, un día cualquiera, se planteó la siguiente pregunta: ¿se podría usar la electricidad para crear música? La respuesta a esa pregunta llevó a Cahill a un trabajo enfebrecido que duró tres años, hasta que concibió el llamado telarmonio (o dinamórfono), un órgano electrónico concluido en 1986 que pesaba siete toneladas y tenía dieciocho metros de longitud.

Hasta entonces, el primer dispositivo conocido capaz de grabar sonido fue el fonoautógrafo, patentado en 1857 por Édouard-Léon Scott de Martinville, que podía grabar sonidos visualmente, pero no estaba concebido para reproducirlos de nuevo.

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Este primero modelo, el Mark I, construía sonidos a partir de una serie de generadores eléctricos, hasta el punto de que lord Kelvin, ante la primera interpretación pública del instrumento, afirmó que era “uno de los mayores logros del espíritu humano”. Para producir su característica música que recordaba a un piano (similar al del órgano Hammond) usaba una rueda tonal electromagnética, ofreciendo hasta 7 octavas, 36 notas por octava.

Si os parece un artefacto demasiado aparatoso para simular a un piano, no habéis visto nada: el segundo modelo, el Mark II, pesaba doscientas toneladas. Lo sorprendente, frente a un piano, es que podía retransmitir su música a grandes distancias a través de las redes telefónicas. Con todo, la aparatosidad y complejidad del instrumento se captura en esta exhaustiva descripción de Zoe Cormier en su libro La ciencia del placer:

La unidad central del Mark II tenía casi veinte metros de longitud y diez paneles equipados con más de doscientos interruptores. Cada nota era producida por un complejo equipo de generadores eléctricos, capaces de producir en total hasta 14.000 vatios de energía. Era necesario que dos músicos lo tocaran y, cuando el motor se ralentizaba, que lo hicieran funcionar a mano. A causa de su extraordinario peso, se necesitó una flota de barcos para transportarlo desde su lugar de construcción en Baltimore hasta un teatro del Rialto de Nueva York.

Ninguno de los prototipos del telarmonio existe en la actualidad, ni tampoco se ha encontrado alguna grabación con dicho instrumento. Pero lo que parece innegable es que, si bien en un dispositivo que cabe en nuestro bolsillo entran miles de canciones en mp3, en 1893 se necesitaba un generador del tamaño de un niño solamente para reproducir una nota.

El diseño de Cahill logró, además de imitar el piano, hacer lo propio com la flauta, el fagot, el clarinete y el violonchelo. Todo gracias a la electricidad. El verdadero interés de Cahill, sin embargo, no pasaba tanto por revolucionar el mundo de la ingeniería como ganar una fortuna sustituyendo a los músicos de restaurante, que en aquella época eran muy caros de mantener: sus sueldos estaban entre los más altos de la industria. Su idea utópica es que dos personas ejecutaran su instrumento eléctrico y enviaran la música a distancia a cientos de cafeterías, salones comedor y teatros.

Sin embargo, todas estas aspiraciones se fueron haciendo añicos. En 1914, el negocio se declaró en bancarrota: el tamaño de la máquina era demasiado grande para su mantenimiento, a menudo producía interferencias en el hilo telefónico en otros usuarios que sencillamente querían conversar y, sobre todo, el telarmonio sonaba muy mal.

La computadora cantante

El telarmonio fue una de las mayores extravagancias de la historia de la música y, por extensión, de la ingeniería, pero sus bases fueron importantes para el desarrollo posterior de otros sintetizadores más modernos, y posteriormente lo que fue la primera canción interpretada por un ordenador.

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El 15 de enero de 1962, IBM presentó la computadora 7094, diseñada para ser utilizada en aplicaciones científico-tecnológicas. Su tamaño era considerable, y costaba más de tres millones de dólares. Sin embargo, alcanzaría el estrellato popular por convertirse en el primer ordenador en interpretar una canción, y siendo así también la primera máquina sobre la que se consiguió crear y modular una voz sintética. La voz fue programada por John Kelly y Carol Lochbaum y el acompañamiento fue programado por Max Mathews.

A continuación podéis escuchar su interpretación:

Arthur C. Clarke vio la demostración de IBM e, inspirado por ella, usó la canción para que el ordenador HAL9000, de Una odisea en el espacio, la cantara tristemente a medida que la desconectaban. A continuación podéis ver la secuencia que Stanley Kubrick, el director de la adaptación cinematográfica, incluyó en la película, conservando la canción:

A pesar de todo, no hemos de desmerecer el logro que un poco antes se llevó a cabo. Entre 1950 y 1951, la CSIRAC, un prototipo de computadora creada en Australia en 1949, fue usada para reproducir música. Esa composición nunca fue grabada, pero ha sido reconstruida con exactitud. Y los más puristas en la historia de la informática afirman que la primera grabación original de una canción interpretada por un ordenador tuvo lugar en 1951. La grabación original se encuentra en el National Sound Archive en la British Library, en Londres, y fue interpretada por un Ferranti Mark I, también conocido como el Computador Electrónico de Manchester. Aquí la podéis escuchar en mp3.

Enseguida la reconoceréis: es el himno nacional británico. Después suena la canción de cuna Baa Baa Black Sheep y, finalmente, In the Moon, de Glenn Miller.

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Crear música era posible porque el computador tenía un comando para emitir sonidos que podían ser modificados en su frecuencia. Los temas fueron programados por Christopher Strachey, uno de los padres del radar. Tal y como cuenta Jack Copeland en su libro Alan Turing, pionero de la información, Strachey leyó un manual de programación de Turing, lo dejaron a solas con la consola del ordenador, en el Manchester Computing Machine Laboratory, y a la mañana siguiente, cuando Turing regresó, se encontró el programa simulador de Strachey:

Strachey había desatado la locura, y enseguida se escribieron más programas. La BBC oyó hablar del ordenador musical y envió a un presentador del programa de radio Children´s Hour al que todos llamaban Auntie con un equipo de grabación para cubrir la historia.

 

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