Elon Musk no es el único que persigue el ser humano 2.0

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Neil Harbisson tiene una antena en la cabeza que le permite oler colores. No es un guión de Hollywood, es historia viva. Este artista británico afincado en Nueva York fue reconocido, en 2004, como el primer cyborg de la historia. Es el primer ser humano con dispositivos cibernéticos integrados, dispositivos que le permiten percibir lo que sucede en los espectros de luz infrarroja y ultravioleta.

La ciencia ficción lleva décadas anticipando el cambio: la unión del hombre y la máquina, la venida de los robots inteligentes y la hiperconexión del mundo. En los libros de historia del futuro, cuando se ponga fecha al nacimiento de los cyborgs, se hablará de que todo empezó en nuestros días o incluso en algún punto del siglo XX. Casi todos los expertos coinciden, ya hemos entrado en la era del humano 2.0.

Más allá de la excentricidad del artista, el marcapasos lleva decenas de años mejorando la vida de los enfermos cardíacos, medimos en tiempo real todo lo que pasa en nuestro entorno con multitud de sensores y los smartphones son ya un apéndice del cuerpo que potencia nuestra inteligencia (o al menos el acceso al conocimiento). Pero lo mejor está por llegar.

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Los cyborgs de la próxima década

Elon Musk, conocido por los coches eléctricos, los cohetes reutilizables o el hyperloop, ha vuelto a sorprendernos con su nuevo proyecto para cambiar el mundo: Neuralink. A grandes rasgos, la idea es crear un dispositivo de inteligencia artificial que pueda funcionar en simbiosis con nuestro cerebro. Así, nunca seríamos superados por los robots. Entre otras cosas, Neuralink permitiría al ser humano 2.0 descargar sus pensamientos o comunicarse con las máquinas de forma telepática.

Sin embargo, Musk no es el único que persigue el sueño cyborg. Estos son algunos de los cambios que verás antes de lo que piensas. Cambios que llevan años en el laboratorio y que ya están al alcance de nuestras manos. Así se integrará la tecnología en el cuerpo humano durante los próximos 10 años.

Los exoesqueletos

En 2029, las máquinas lucharán por someter y esclavizar al género humano. Aunque el argumento de Terminator sigue perteneciendo a la ciencia ficción, si llegase a suceder, los exoesqueletos sin duda potenciarían nuestros cuerpos a niveles robóticos.

De momento, la investigación en esta especie de esqueletos externos robotizados busca sobre todo aplicaciones militares: súper soldados que sean más rápidos, más fuertes y más resistentes. Sin embargo, también existen ya dispositivos para usos civiles que pueden ayudar a personas de movilidad reducida o mejorar la seguridad y la salud de los trabajadores que se enfrentan a las tareas físicas más duras.

Los biochips

Desde la aparición de los microchips, se ha hablado de la posibilidad de integrar estos minúsculos dispositivos electrónicos en el cuerpo humano. Bueno, pues se acabó la charla, los biochips son totalmente reales. Y cada vez más gente los está probando.

Los llamados chips RFID, las siglas en inglés de identificación por radiofrecuencia, almacenan datos y no necesitan baterías, ya que responden a la llamada activa de aparatos externos que los leen. Ya son comunes en muchas de nuestras mascotas y en los próximos años se usarán más y más con humanos. Podrían suplantar nuestras tarjetas de crédito, los bonos de transporte público o las llaves de casa. Por ejemplo, la compañía sueca Epicenter ya ofrece a sus empleados la identificación voluntaria por microchip.

La visión aumentada

Los ojos biónicos también son reales. Mediante unas gafas conectadas a un implante electrónico en la retina, algunos enfermos afectados de degeneración macular han mejorado su visión en los últimos años. Pero, ¿por qué quedarse ahí? ¿Por qué no potenciar la visión humana hasta límites desconocidos?

Mediante dispositivos electrónicos externos e implantes, varias líneas de investigación trabajan para alcanzar habilidades propias de súper héroes como la visión telescópica. Además, distintos gigantes tecnológicos están desarrollando prototipos de lentillas smart para llevar la realidad aumentada al interior de nuestros párpados.

Impresión de órganos

Las impresoras 3D han supuesto, probablemente, el mayor avance tecnológico de los últimos años. Sus posibilidades parecen infinitas. Los laboratorios médicos ya han “imprimido” órganos como vejigas o vaginas, que han sido implantados con éxito en humanos.

El siguiente paso es diseñar y desarrollar órganos vitales como el corazón o los pulmones, una tecnología que podría poner fin a las largas listas de trasplantes y mejorar la vida de miles de humanos 2.0. Las previsiones más optimistas aseguran que en 2023 se conseguirá imprimir el primer hígado funcional.

Un entorno más inteligente y conectado

Contrario a lo que pueda parecer, el término humano 2.0 se refiere a mucho más que a cambiar el cuerpo del Homo sapiens mediante la tecnología. En los próximos años, nuestro entorno y herramientas aumentarán su inteligencia y sus capacidades de interconexión en una especie de Pandora electrónica.

Uno de los objetivos de Neurolink es que el ser humano no se vea superado por las máquinas cuando estas alcancen altos niveles de inteligencia e independencia. Proyectos como la Iniciativa 2045 creen que, en ese año, las máquinas alcanzarán la singularidad y podrán auto-replicarse en robots cada vez más inteligentes. Para sobrevivir, el ser humano tendrá que transferir su consciencia en una de estas máquinas, alcanzando así una especie de inmortalidad robótica.

Sin mirar tanto en el futuro, las pequeñas cosas están ya revolucionándose. El llamado Internet de las cosas está conectando todos los aparatos, vehículos e incluso nuestra ropa entre sí. Aunque todavía se encuentre en una fase incipiente, este constante diálogo entre aparatos y seres humanos abrirá nuevas puertas de control sobre nuestro entorno.

Coches que se comunican entre sí para evitar accidentes, neveras que piden comida cuando hace falta o zapatillas que miden nuestra ruta y nuestro gasto calórico se sumarán en los próximos años a los muchos objetos conectados que ya existen en la actualidad. Según las previsiones, en 2020 habrá más de 20.000 millones de cosas conectadas a Internet, comunicándose entre sí y con nosotros.

La inteligencia y la capacidad de crear comunicaciones complejas han acompañado al ser humano a lo largo de milenios de historia. Así que, en realidad, si lo observamos en perspectiva, todo esto no supone una nueva revolución. No es más que una vuelta de tuerca a las dos cosas que siempre se nos han dado mejor: pensar y hablar (o viceversa).

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