¿Realmente podremos hacer turismo en el espacio?

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El 4 de octubre de 2004, la nave SpaceShipOne se hacía con los diez millones de dólares del premio Ansari X Prize. Éste consistía en el desarrollo de una nave tripulada reutilizable que pudiera volar a la frontera del espacio, es decir, a 100 kilómetros de altura de la superficie terrestre, regresar sana y salva y repetir el viaje dos semanas después. Participaron 26 equipos de todo el mundo, y el premio se lo terminó llevando Scaled Composites, responsables de SpaceShipOne. El avión estaba diseñado por un ingeniero reputado como Burt Rutan y financiado por Paul Allen. co-fundador de Microsoft.

Aquella hazaña impulsó todo tipo de artículos y de proyectos que afirmaban que, antes del final de la década, se podrían realizar vuelos turísticos al espacio, que reproducirían a grandes rasgos la ruta de SpaceShipOne y que podría acercar a un sector más amplio de la población la maravilla de ver la Tierra desde el borde mismo del espacio. No todo el mundo puede pagarse los entre 20 y 40 millones de dólares que costaba pasar una semana en la Estación Espacial Internacional.

¿Qué es el turismo espacial?

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Foto: NASA

Antes de entrar en materia, hay que puntualizar de qué estamos hablando cuando hablamos de turismo espacial. No nos referimos a aquellos millonarios que, entre 2001 y 2009, volaron a la Estación Espacial Internacional a bordo de naves rusas Soyuz. Hay una compañía, Space Adventures, que ofrece esa posibilidad a quien tenga los millones de dólares necesarios para pagarse el entrenamiento, el asiento en la cápsula y la estancia en la ISS, y que hasta publicita viajes alrededor de la Luna.

No, nos estamos refiriendo a lo que, en teoría, es la versión más popular, la de los vuelos suborbitales. Ésa era la opción con la que se trabajaba en el Ansari X Prize, y era el campo que abría el éxito de SpaceShipOne. Se denominan vuelos suborbitales porque, aunque superan la frontera de lo que se considera la frontera entre la atmósfera terrestre y el espacio (la línea de Kármán, a 100 km. de altitud), se quedan por debajo de las alturas a partir de las que una nave entra en órbita de nuestro planeta. Alan Shephard, por ejemplo, la segunda persona en ir al espacio después de Yuri Gagarin, alcanzó una altura máxima en su misión Freedom 7, en 1961, de 187,5 km.

Los turistas que se subieran a uno de los aviones suborbitales no tendrían que sufrir las mismas aceleraciones ni estar constreñidos en la misma cápsula de espacio muy reducido que Shephard o el propio Gagarin. Tendrían que recibir un mínimo entrenamiento para acostumbrar su cuerpo a la microgravedad que se experimenta al llegar al punto más alto de su vuelo, y tendrían también que llevar unos trajes presurizados, pero disfrutarían de más libertad de movimientos por la nave, que sería mucho más parecida a un avión.

Ocho minutos al espacio

¿Cómo sería uno de estos vuelos? Virgin Galactic, la compañía de Richard Branson, es la que más avanzados lleva los trabajos para iniciar un programa de vuelos suborbitales comerciales, así que podemos asumir el diseño de dichos vuelos como estándar. Herederos del legado de SpaceShipOne, los viajes de esta empresa se harían a bordo de una aeronave llevada a una altura de 50.000 pies (más de 1.500 metros de altura) por un avión nodriza. Una vez en ese punto, la aeronave es liberada y enciende sus motores para iniciar el ascenso hasta la frontera del espacio.

Este método de lanzamiento permite un gasto mucho menor de combustible que si se utilizara un cohete tradicional, que ofrecía un impulso mucho más inmediato. El transbordador espacial, por ejemplo, tardaba sólo ocho minutos en salir de la atmósfera terrestre. Un vuelo suborbital del estilo del de Virgin Galactic tardaría algo más, casi media hora, desde su despegue hasta su llegada al espacio, y una vez allí, pasaría unos minutos dejando que los tripulantes disfruten de la sensación de ingravidez y puedan observar con calma las vistas.

Después, se iniciaría el descenso hacia el puerto espacial, donde los viajeros recibirían varios recuerdos que acreditaran su condición de nuevos “astronautas”. Virgin Galactic, de hecho, tiene sus propias instalaciones en Nuevo México, llamadas Spaceport America, desde las que lanzar sus vuelos suborbitales. El precio inicial es de 250.000 dólares, y la idea es que, conforme dichos vuelos se popularicen y se hagan más comunes, su precio vaya bajando, de manera similar a cómo ocurrió con los aviones comerciales tradicionales. Sin embargo, el primero de esos vuelos parece que nunca termina de llegar.

¿Cuándo podremos volar al espacio?

Virgin Galactic pretendía haber iniciado sus operaciones comerciales el año pasado, pero un grave accidente de SpaceShipTwo, su avión suborbital, durante un vuelo de prueba les obligó a replantearse el programa, de momento sin fecha concreta de arranque de esos vuelos. La tecnología es compleja, en especial en lo que se refiere al combustible utilizado para el lanzamiento y al método de propulsión, que se intenta que no sea demasiado caro para no subir el precio de los billetes.

La NASA ha experimentado vuelos hipersónicos con motores scramjet, que utilizan el aire del exterior del vehículo para generar la combustión necesaria, y varias empresas privadas se han unido a Virgin Galactic en el esfuerzo (o casi podemos decir “la carrera”) por abrir el espacio al público menos millonario que los que volaron a la ISS durante la década de los 2000. Estas empresas, además, tienen contratos con la NASA para construir cargueros automáticos que llevan provisiones a la estación espacial, abriendo aún más las operaciones espaciales a la privatización.

De SpaceShipTwo a Dragon

Foto: Astrium/MasterImage

Foto: Astrium/MasterImage

La compañía de Richard Branson puede ser la que se lleva más atención mediática, pero hay bastantes proyectos en desarrollo de aviones espaciales para hacer vuelos suborbitales comerciales. Astrium (dentro del consorcio europeo Airbus) tiene su Spaceplane, del que se afirma que volará a 3.000 km/h y podrá utilizarse también para realizar actividades científicas; XCOR trabaja en una aeronave bautizada como Lynx, y luego hay dos compañías que han ganado contratos de la NASA para construir cápsulas tripuladas para llevar astronautas profesionales más allá de los 100 km. de altura y hasta la ISS.

Dentro de la división de Espacio Comercial de la agencia estadounidense, Boeing, por ejemplo, tiene la nave CST-100, mientras SpaceX lleva muy avanzada Dragon v2, una modificación de su carguero Dragon que la empresa afirma que revolucionará el acceso al espacio. De momento, sin embargo, ninguna de esas dos cápsulas está pensada para llevar turistas al espacio. Para eso habrá que esperar a que se hagan realidad esos aviones suborbitales que siempre parecen estar a tres años de empezar sus vuelos. El sueño del espacio aún sigue siendo eso, un sueño.

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