¿Daremos el salto de la tecnología inanimada a la tecnología biológica?

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Durante la mayor parte del tiempo en el que ha existido la vida, esta ha sido puramente orgánica (basada en el carbono). Sin embargo, en laboratorios de todo el mundo se persigue la llamada vida del silicio o vida robótica, y si es posible algún estado de conciencia inteligente.

Los humanos hemos tardado millones de años en evolucionar hasta donde estamos, pero somos una herramienta eficiente para generar programación (base de las inteligencias artificiales), y es posible que en el futuro convivamos con las IAs… o seamos IAs.

¿El mejor procesador es el cerebro? Silicio vs biología

A día de hoy muchos de los robots más avanzados –como el Robot o el Pepper, entre otros– no son capaces de andar porque la computación necesaria para dar varios pasos requiere un consumo energético desmesurado. Así como un procesador enorme que emitiría demasiado calor o generaría un ruido constante Frente a esto, un niño humano puede caminar sin problema usando un cerebro pequeño de alta eficiencia energética.

Sin embargo, si a ese mismo niño le colocamos delante de un documento con varios millones de cantidades y le pedimos la media aritmética de todas ellas, es posible que haga uso de su capacidad para salir corriendo. Frente a la computación de grandes volúmenes de datos, el cerebro del robot gana.

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En otras palabras, existe una diferencia fundamental (además de la obvia en los materiales) entre el diseño de un procesador y la evolución del cerebro humano, y da la impresión de que ambos cubren espectros diferenciados de cómputo. Se complementan entre sí, vaya.

Los humanos ganamos en las tareas a las que estamos habituados, como caminar, orientarnos, comer, hablar, comprender, mentir; mientras que los robots nos ganan en las tareas de procesamiento de grandes datos estructurados, como el análisis de una base de datos en pocos segundos para obtener métricas o el crackeo de un código.

Cerebros con silicio

En el imaginario de ciencia ficción los cerebros ampliados siempre han estado ahí, bien como complemento a la memoria, para guardar desde datos a recuerdos; como ampliación del cálculo, ese cálculo masivo que fallaba en los humanos; como backup de memoria RAM o secundaria, para hacer más de una tarea a la vez; o como puenteo a habilidades perdidas: recuperación de la vista, puente neuronal para tetrapléjicos, control motor…

Es en este último ámbito donde la ciencia tiene algo que decir sin entrar en las fantasías de la ficción, y ya se están llevando a cabo experimentos que devuelven parcialmente el tacto a personas con graves daños en la columna mediante la inclusión de un chip en el cerebro.

Del mismo modo, hace ya varios años que se implantó el primer chip de memoria con recuerdos de otro ser vivo, en este caso una rata de laboratorio. Sabemos que es posible almacenar y transferir datos del silicio al cerebro, aunque habrá que investigar mucho más.

El problema, por supuesto, es que seguimos sin saber demasiado de cómo funciona el cerebro. Pero un humano ampliado con las capacidades en computación de –tiremos por lo bajo– un smartphone moderno sería un gran adelanto evolucionista.

Silicio con neuronas

A pesar de que parece de ciencia ficción, el proceso inverso al anterior (incluir células neuronales en chips de silicio) se vislumbra como una opción interesante para hacer que los robots aprendan en lugar de programarles toda la información desde cero.

Se piensa ayudará mucho a que realicen esas tareas simples para los humanos pero tremendamente complejas para ellos. Por ejemplo, mantener el equilibrio o moverse en un entorno tridimensional con relativa fluidez, algo que el robot Gordon, que aprendía con sus células de rata trasplantadas, podía hacer ya en 2008.

La tecnología ha avanzado bastante desde entonces, y el catedrático de Cibernética Kevin Warwick tiene mucho que ver en ello. Warwick se dedica –entre otros muchos proyectos– a enseñar a las células cerebrales a resolver problemas estando estas colocadas dentro de una bandeja y separadas de cualquier cerebro.

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Kevin Warwick. Fuente: Roger Dekker

Los cerebros serán mitad orgánicos y mitad cibernéticos

Si nosotros avanzamos mediante la vía ciborg hacia los robots, y estos avanzan con células orgánicas hacia nosotros, ¿nos encontraremos en un punto medio?

Grandes genios de la prospectiva como Hans Moravec aseguran que sí. De hecho, él acuñó la paradoja que lleva su nombre y con la que hemos abierto el artículo: «es fácil comparativamente conseguir que las computadoras muestren capacidades similares a las de un humano adulto en tests de inteligencia, y difícil o imposible lograr que posean las habilidades perceptivas y motrices de un bebé de un año».

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Representación de la paradoja de Moravec. Fuente: Fundación Telefónica

No en vano Dan Simmons llamó moravecs a una raza ficticia de seres sintientes que desde luego no resultan muy humanos pero que tampoco pueden clasificarse como robots, siendo un término intermedio o un estadio diferente de vida.

Aunque todavía quedarán –si se cumplen estas predicciones– muchos siglos para que algo parecido surja, lo cierto es que los avances a día de hoy en transhumanismo (por necesidad y enfermedades en un principio) y en IA (probablemente por curiosidad) parecen colapsar en un estadio mixto.

La pregunta que muchos nos hacemos es sobre cómo se conformará la tecnología biológica. Se ha visto hace poco que los primeros soft robots o robots blandos funcionan con (y son) energía química y un conjunto de chips. También hemos visto cómo las células de rata son capaces de aprenderse caminos y guiar robots procesando información.

¿Veremos en el futuro cómo la conducción autónoma depende de unas pocas células cerebrales clonadas? ¿o quizá esta tecnología solo se use en toros mecánicos o en tractores? ¿O quizá solo en nosotros mismos?

Cerebros mixtos, a mitad entre el carbono y el silicio, y pensamientos mixtos. Tiempo al tiempo.

 

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Imágenes | iStock/Pitju, Pete Linforth

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