Los zascas de la ciencia a los genes “puros” son dignos de ver

Soy blanco, vivo rodeado de blancos en un país rico que domina otras partes del mundo, donde no viven blancos. Conclusión: yo y los míos somos mejores. Cae de cajón. Este pensamiento, simplista y simplificado, sobrevive todavía en un mundo donde la información es más accesible que nunca. Donde multitud de estudios han demostrado que las razas no son tal y que lo que nuestros ojos vean y nuestros cerebros piensen, a lo largo de 70 años de vida, no vale para sacar conclusiones a escala evolutiva.

Aun así, las teorías de supremacía genética, y especialmente blanca, sobreviven. De espaldas a la ciencia, las explicaciones y razonamientos son entre graciosos y preocupantes. ¿Cómo que no soy blanco? Eso es porque existe una conspiración extraterrestre para hacerme creer lo contrario. Es broma, más o menos, pero vamos con el problema en sí.

El zasca a los genes puros

Te raspas la boca, extraes una muestra de ADN y en pocos días conoces tu origen genético. Las técnicas de análisis de ADN han evolucionado mucho en los últimos años. Así, los llamados análisis GAT (genetic ancestry tests) se han popularizado entre aquellos que quieren conocer el pasado que está escrito en sus genes.

“He usado el test de 23andme. Resulta que soy 100% europeo. Sobre todo, irlandés y británico, con algo de escandinavo. Lo que me esperaba, pero está bien haberlo confirmado”. Así presumía el usuario AltRightyThen, en septiembre de 2016, en el foro supremacista Stormfront. Como él, muchos buscaron confirmar su teoría del poder de los genes blancos con un test de ADN. El zasca que se llevaron fue épico.

Los datos están extraídos de un estudio que acaban de publicar Aaron Panofsky y Joan Donovan. En él, analizaron los 153 posts en Stormfront que desvelaban resultados de pruebas genéticas. Reacciones positivas, como la de AltRigthyThen, había 53. El resto no encontraron lo que se esperaban.

Cartel de campaña racista en Estados Unidos

¿Qué es un GAT?

Un genetic ancestry test, o GAT, es un test de ADN que busca esclarecer la ascendencia de una determinada persona a nivel genético. El examen busca patrones de variación de ADN que pueden proporcionar pistas sobre los antepasados de una persona. Según la plataforma Genetics Home Reference, de la biblioteca nacional de medicina de Estados Unidos, existen tres técnicas ampliamente extendidas para lograr este resultado.

  • Análisis del cromosoma Y. Las variaciones o mutaciones en el cromosoma Y se pasan exclusivamente de padre hijo y permiten seguir la ascendencia por el linaje masculino.
  • Análisis del ADN mitocondrial. Este tipo de ADN forma parte de la mitocondria y se encuentra fuera del núcleo celular. Lo tienen ambos sexos, pero es la madre la única que se lo transmite a su descendencia.
  • Análisis de polimorfismo de nucleótido único. Estas pruebas evalúan un gran número de variaciones en el genoma completo de una persona. Es el preferido por los supremacistas, ya que sus resultados, que se obtienen por comparación con otras pruebas almacenadas en bases de datos, revelan porcentajes de ascendencia por países o continentes.

¿Es posible ser genéticamente español?

¿O quizá deberíamos preguntarnos qué es ser español? Un asunto quizá demasiado espinoso, mejor volvamos a la genética y a los supremacistas. Cada laboratorio tiene sus técnicas para determinar el origen de determinados genes. Además, hablamos de un origen puramente geográfico que se remonta a antes de nuestras fronteras (políticas) actuales. Cuando tus ancestros poblaban el valle del Ebro, ni se llamaba Ebro, ni se llamaba España.

Además, hay que tener en cuenta que el ir y venir de distintos grupos étnicos, sus luchas, sus treguas y sus mezclas han moldeado un mapa genético del ser humano muy diverso. Lo que hoy identificamos como propio y puro no es más que un batiburrillo de genes de medio planeta. Y esa es la respuesta que no les gustó a los supremacistas de Stormfront.

Este test es una patraña

Al 65% de los supremacistas del foro, que resultaron no ser tan blancos como esperaban, les invadió la frustración. La culpa, claro, no era de sus ideas preconcebidas del mundo. No, eran el mundo y la ciencia los que estaban equivocados.

“Cuando un sujeto se sometía a un test GAT, los resultados podían ser buenos o malos. A veces eran del tipo, ‘bueno, pensaba que era irlandés, pero en realidad soy noruego, por lo que todavía soy blanco’, pero si las noticias eran malas significaba que la herencia genética era, por ejemplo, de los pueblos de Oriente Medio”, explica el coautor del estudio Aaron Panofsky. “Y aquí es donde se pone interesante”.

Así justificaban los supremacistas de Stormfront lo injustificable, según los autores del estudio:

  • Rechazar las pruebas genéticas. El conocimiento de la historia familiar valía más que la prueba de ADN. Islandia es el país con el mejor registro genealógico del planeta, ya que fue poblado de forma tardía por poblaciones vikingas que ya contaban con escritura. Aun así, sus registros más antiguos se remontan 1.000 años en la historia. La mayoría de árboles genealógicos empiezan a fallar a partir de la cuarta o quinta generación. Mientras, las pruebas GAT prometen precisión hasta 1.500 años atrás. Y las mismas técnicas de análisis de ADN se han utilizado para seguir el rastro de poblaciones hasta la prehistoria.
  • El test del espejo. O, básicamente, da igual lo que diga la ciencia, si yo me veo blanco es que soy blanco. Punto final.
  • La teoría de la conspiración. Según sus partidarios, las compañías que hacen este tipo de pruebas son propiedad de otras razas o etnias (sobre todo, judíos) y por tanto no son fiables ya que buscan manipular la realidad.
  • La democracia genética. Algunos aceptaban los “restos” de otras etnias en su ADN, pero presumían de una mayoría blanca. Como si los genes fuesen un parlamento.

Marcha del Ku Kux Klan en Washington D.C. en 1928 / US Gov, Wikimedia Commons

Así, para sorpresa de Panofsky y Donovan, ningún miembro del foro fue rechazado por su origen genético. Unidos en la locura de la supremacía, los foreros se apoyaban entre sí denostando la ciencia y poniendo su ideología por encima de cualquier razón. Todo para llegar siempre a la misma conclusión: yo y los míos somos mejores. Da igual lo que nos haya enseñado la historia, da igual lo que nos quiera decir (a gritos) la ciencia.