remake vs originales videojuegos

Por qué los remakes de videojuegos clásicos están triunfando

Tengo 40 años y reconozco que paso más tiempo navegando por las pantallas de inicio de mis consolas que jugando de verdad. Enciendo la máquina, recorro un catálogo infinito con cientos de títulos en el servicio de suscripción de turno y, al cabo de cuarenta minutos de indecisión, termino apagando el mando. ¿Me he hecho mayor o es que los juegos modernos ya no son como antes?

Pues parece ser que no soy el único, o eso parece cuando veo que, semana tras semana,  la industria anuncia un nuevo remake de un clásico. En ese momento dudo entre sumarme a las quejas habituales sobre la falta de ideas o recibir el remake con los brazos abiertos.

La verdad es que, para quienes peinamos canas y nos criamos con una Master System 2 o una Nintendo 64, estas revisiones no son un simple ejercicio de cinismo comercial, sino un refugio seguro frente al agotador panorama del videojuego moderno.

La nostalgia toma el mando

En mi infancia y adolescencia las cosas funcionaban de otra manera. Tenías el juego de tu cumpleaños, el de Reyes y, con suerte, alguno que te prestaba un amigo del colegio. Ese catálogo tan reducido te obligaba a exprimir cada cartucho al máximo, sacando provecho a cada peseta invertida. Sí, pesetas.

Primer plano del villano Nemesis con aspecto amenazante bajo una luz cálida en una escena de Resident Evil 3 Remake.
El diseño de Nemesis en Resident Evil 3 Remake muestra detalles realistas en su piel y en el equipamiento táctico que porta.

Si un título era difícil, aprendías a dominarlo a base de paciencia, reflejos y pura memoria muscular, no lo dejabas aparcado en un rincón y pasabas al siguiente.

Además, en aquellas épocas no existían las partidas guardadas automáticamente cada treinta segundos ni los mapas infestados de iconos para llevarte de la mano (verdad, Wolverine?). Tampoco sufríamos la plaga de los Quick Time Events, esa mecánica perezosa donde el juego te pide pulsar un botón en pantalla para simular una espectacularidad que no has construido tú. Si querías ver el final en los 8, 16 o 64 bits, tenías que ganártelo a pulso.

Hoy en día, las grandes producciones parecen diseñadas con el miedo atroz a que el jugador se frustre o se pierda. Nos bombardean con tutoriales condescendientes durante las tres primeras horas, narrativas infladas artificialmente y mundos abiertos gigantescos pero desprovistos de alma que te exigen invertir un tiempo que, realmente, no tienes. Muchos títulos actuales se sienten más como una lista de tareas pendientes o un segundo trabajo que como una auténtica vía de escape.

Y es aquí donde encaja la clave del éxito de los remakes. Una revisión bien ejecutada rescata un diseño de niveles brillante, una jugabilidad directa y un ritmo ágil, aplicándoles la capa técnica que nuestras retinas exigen hoy. Nos devuelve exactamente a las sensaciones que guardamos en el recuerdo, pero filtradas por el prisma del confort moderno y sin las asperezas del control de antaño.

Zack Fair en primer plano con la Espada Mortal, junto a Cloud Strife y Sephiroth bajo un cielo azul.
Zack Fair, Cloud Strife y Sephiroth, figuras centrales en la cronología de Crisis Core -Final Fantasy VII-.

A nuestra edad, golpeados por las responsabilidades laborales, la familia y el cansancio acumulado al final del día, el tiempo libre es un bien escaso. No podemos permitirnos el lujo de arriesgar tiempo y dinero en propuestas de 80 horas llenas de relleno. El remake de un clásico que ya conocemos nos garantiza que las pocas horas de las que disponemos van a estar invertidas en diversión directa y sin rodeos. Que podremos disfrutar de aquello que nos encantaba hace 30 años.

Y eso es algo que las compañías han comprendido a la perfección. Saben que poseemos el poder adquisitivo que no teníamos a los diez años y que estamos dispuestos a pagar por recuperar una porción de nuestra juventud. Nos venden nostalgia, sí, pero nos la entregan envuelta en un envoltorio impecable que justifica el pasar por caja una vez más.

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