Seguro que al mirar las especificaciones de un móvil, un televisor o un monitor te has cruzado con términos como 60 Hz, 90 Hz o 120 Hz. Muchas marcas usan estas cifras como su gran reclamo de venta, prometiendo una fluidez espectacular. Pero, ¿qué significan realmente estos números en el uso diario y hasta qué punto tu ojo nota la diferencia?
Para entenderlo de forma muy sencilla, piensa en los hercios (que es lo que significan las siglas Hz) como el número de fotos que una pantalla es capaz de mostrarte en un solo segundo. Una pantalla estándar de 60 Hz cambia de imagen 60 veces cada segundo. Si subimos a 120 Hz, esa misma pantalla refresca la imagen 120 veces en ese mismo segundo. Cuantas más fotos por segundo veas, más suave y continuo parecerá cualquier movimiento. Y esa suavidad es la clave de todo esto.
Para visualizarlo mejor, imagina aquellos pequeños libros de dibujos en los que pasabas las páginas rápidamente con el pulgar para ver una animación. Si el libro tiene 60 páginas, la animación se ve bien y entiendes la acción. Pero si el mismo movimiento se dibuja en 120 páginas y las pasas a la misma velocidad, el gesto del personaje se vuelve infinitamente más fluido, natural y realista. Eso es exactamente lo que hacen los hercios en tu pantalla.

¿De verdad se nota la diferencia en el día a día?
La respuesta corta es sí, pero depende mucho de lo que estés haciendo.
Dónde más se percibe este salto es al deslizar el dedo por el móvil para leer contenidos, al desplazarte por redes sociales o al moverte por los menús del sistema. En una pantalla de 60 Hz, cuando haces un desplazamiento rápido, las letras y las imágenes tienden a emborronarse levemente hasta que el movimiento se detiene. En cambio, en una pantalla de 120 Hz, el texto se mantiene mucho más claro durante el movimiento, dándote la sensación de que el dispositivo responde al instante y sin tirones.
De hecho, cuanto más vas a notar esta diferencia es cuando ya has probado una tasa de refresco superior. Es decir, si pasas de 60 a 90 Hz, puede que no notes muchos cambios, pero sí pasas de 90 Hz a 60 Hz, sí que vas a notar que algo ‘chirría‘ y que antes se veía mejor.

Esto es mucho más evidente en el mundo de los videojuegos, donde el cambio es radical. En juegos de carreras o de disparos, donde la acción es frenética y cada fracción de segundo cuenta, contar con más hercios te permite reaccionar antes y ver con precisión todo lo que ocurre en la escena.
Sin embargo, hay situaciones donde los hercios extra no sirven de nada. Si estás viendo una película o una serie en plataformas como Netflix, la inmensa mayoría del contenido está grabado a 24 o 30 fotogramas por segundo. Por muchos hercios que tenga tu panel, la imagen no se verá más fluida porque la propia fuente no tiene más información que ofrecer.
Además, piensa que, a más HZ, más consumo de energía. Hacer que una pantalla trabaje al doble de velocidad exige un esfuerzo extra al procesador y a la batería. Por suerte, hoy en día casi todos los dispositivos cuentan con frecuencia de refresco adaptable, lo que significa que el equipo sube a 120 Hz cuando mueves los menús y baja automáticamente a 1 Hz o 10 Hz cuando estás leyendo una foto fija, protegiendo así la autonomía.










