El café es la bebida estrella de las mañanas para millones de personas. Lo tomamos casi por inercia para ponernos en marcha, confiando en ese primer sorbo como el empujón definitivo para no quedarnos dormidos mientras nos estamos limpiando los dientes. Sin embargo, lleva asociado un bajón de energía que muchos no logran entender.
Seguro que te ha pasado, en más de una ocasión, que a las pocas horas de tomarte esa taza ‘obligatoria’ para despertarte llega una sensación de cansancio repentino en el que la cabeza pesa, la atención cae en picado y sentimos que el café no ha hecho su efecto. Es el famoso bajón de energía, un fenómeno muy común que yo mismo desconocía y que tiene una explicación científica bastante clara.
¿Cómo funciona nuestro cuerpo ante el café?
La clave está en una molécula que genera nuestro propio cerebro que se denomina adenosina. A lo largo del día, según vamos acumulando horas despiertos y gastando energía, los niveles de adenosina en el organismo van aumentando. Lo que sucede es que esta sustancia es una de las que avisa al cerebro de que es hora de descansar y bajar el ritmo. Y aquí es donde entra en juego la cafeína.
Su estructura es prácticamente clavada a la de la adenosina, por lo que actúa como su contrapunto. Al tomar café, la cafeína viaja por el torrente sanguíneo hasta el cerebro para impedir que la adenosina actúe. La señal de cansancio se interrumpe y, en su lugar, nos sentimos más alerta, despejados y con una falsa sensación de energía renovada. Pero es eso, falsa. No te despierta, tu cuerpo cree que no está cansado.

Por eso mismo el cuerpo no deja de fabricar adenosina mientras la cafeína hace de escudo. La molécula del sueño se sigue acumulando mientras los efectos estimulantes del café duran, algo que suele ser entre tres y cinco horas dependiendo del metabolismo de cada persona.
Ahora, ¿qué pasa cuando el organismo termina de metabolizar la cafeína? Pues que toda esa cantidad de adenosina acumulada durante horas se abalanza de golpe sobre nuestro cerebro. Entonces, esa sensación de fatiga ya no entra poco a poco, sino como un elefante en una cacharrería. Y ese momento es ese bajón de energía que notas a media mañana, un cansancio acumulado que la cafeína del café ya no puede ocultar.
Por si fuera poco, si acompañamos el café con azúcar o bollería, sumamos a la ecuación un pico de glucosa seguido de un desplome de insulina, lo que multiplica el agotamiento que sentimos cuando todo el desayuno ya ha sido digerido.

Los expertos indican que, para evitar este efecto rebote no hace falta renunciar al café, ni mucho menos, sino cambiar la forma en que lo consumimos. Un truco muy eficaz consiste en esperar entre una y dos horas desde que nos levantamos antes de tomar la primera taza. Pero, claro, ¿vas a madrugar 2 horas para tomarte un simple café, o vas a aguantar sin café dos horas recién despierto?
Difícil decisión.










