Es uno de los gestos más repetidos por los usuarios de smartphones en todo el mundo y, realmente, no se sabe muy bien por qué. Existe una creencia profundamente arraigada de que, al limpiar el carrusel de apps recientes, estamos liberando memoria RAM y, por extensión, ahorrando batería. Sin embargo, hacer esto, lejos de ayudar, entorpece el buen funcionamiento del sistema operativo.
La realidad es que, en pleno 2026, cerrar aplicaciones no ahorra energía. Y, para que lo entiendas, debes comprender qué sucede realmente cuando salimos de una app.
En los teléfonos actuales, cuando dejas de usar una aplicación y vuelves a la pantalla de inicio, esa herramienta no se queda «encendida» consumiendo recursos de forma indiscriminada. El sistema operativo la congela. Se queda almacenada en la memoria RAM en un estado de bajo consumo, lista para ser recuperada instantáneamente si decides volver a ella.
La ventaja de tener las apps ahí guardadas es que el procesador no tiene que trabajar para cargarlas desde cero. Si cierras la aplicación de forma forzosa, estás obligando al sistema a borrar esos datos de la RAM. Cuando vuelvas a abrir esa misma app minutos después, el procesador deberá realizar un esfuerzo extra, lo que supone un pico de consumo de energía mucho mayor que si simplemente la hubieras dejado en pausa.

¿Por qué pensamos lo contrario?
Este mito no surgió de la nada, sino que se remonta a los primeros años de la informática y los albores de los smartphones. En los sistemas operativos de escritorio antiguos, como las versiones iniciales de Windows, los programas sí se ejecutaban de forma lineal y constante. Si tenías diez programas abiertos, el procesador se repartía entre ellos, y cerrarlos liberaba recursos de manera inmediata y necesaria para que el sistema no se colapsara.
Cuando llegaron los primeros teléfonos inteligentes con Android, la gestión de la multitarea era similar a la de aquellos ordenadores, por lo que sí que es cierto que algunas aplicaciones podían quedarse «colgadas» consumiendo ciclos de CPU en segundo plano de manera descontrolada.
Si ya peinas canas, seguro que recuerdas algunas apps denominadas «task killers«, cuya única función era cerrar procesos automáticamente. Durante un tiempo, estas herramientas fueron útiles, y de ahí caló la idea en el imaginario colectivo de que «limpiar» el teléfono era sinónimo de optimización.

Con el paso de los años, Android ha evolucionado para que el propio sistema sea el que decida qué aplicaciones cerrar. Hoy en día, si el sistema necesita memoria RAM para un juego exigente, él mismo se encarga de eliminar de la memoria la aplicación de noticias que abriste por la mañana sin que tú tengas que intervenir.
Cerrar las apps es contraproducente
Además del gasto energético que supone el arranque en frío de una aplicación, cerrar apps constantemente puede afectar a la fluidez del terminal. Al vaciar la multitarea, estás forzando al sistema operativo a gestionar excepciones de forma manual. Esto puede provocar pequeños retardos o «lag» cuando intentas moverte entre tareas, ya que el sistema tiene que iniciar de nuevo lo que acabas de finalizar.
Solo existe un escenario donde cerrar una aplicación es recomendable: cuando la app ha dejado de funcionar correctamente, se ha quedado congelada o presenta un error de ejecución.











