El mundo de la tecnología móvil vive obsesionado con las palabras que suenan a ciencia ficción o a lujo exclusivo. En los últimos años, un material ha logrado capturar la atención de los usuarios por encima del resto, especialmente en el sector de los relojes inteligentes de gama alta y en las lentes de las cámaras de los smartphones: el cristal de zafiro.
Comercializado como el blindaje definitivo, la promesa de las marcas es tan atractiva como contundente. Te están vendiendo un dispositivo cuya pantalla es, en teoría, prácticamente inmortal y totalmente inmune a los arañazos del día a día. ¿Cuánto de verdad hay en estas afirmaciones?
Sí, es muy duro, pero no irrompible
Para hablar de este famoso material, tenemos que acudir a la conocida escala de dureza de Mohs, un sistema que mide la resistencia de los materiales a ser rayados en una escala de uno a diez. Mientras que el vidrio convencional que visten la mayoría de los teléfonos se sitúa en un nivel de dureza de entre cinco y seis, el zafiro puro alcanza un impresionante nivel nueve, ubicándose justo por debajo del diamante, el auténtico 10 en la escala de Mohs.
Pero claro, no vamos a fabricar ni un reloj ni un smartphone con diamante, a menos que quieras pagar una millonada por él. En su lugar, podemos usar el cristal de zafiro, un material muy resistente que evita que unas llaves, la arena de la playa o el roce con una pared de hormigón dejen la más mínima marca en la superficie de tu teléfono o smartwatch.

Para saber si es tan, pero tan duro, podemos recurrir a los análisis independientes de resistencia de materiales y ensayos de laboratorio, como los estudios de torsión y dureza óptica aplicados a la tecnología de consumo. Por ejemplo, el canal de JerryRigEverything, el famoso ‘torturador’ de dispositivos, ha demostrado que casi cualquier dispositivo equipado con lentes de zafiro o similar no es tan resistente.
Concretamente, comienzan a mostrar arañazos permanentes en el nivel seis de la escala de Mohs, exactamente igual que el vidrio templado común que cuesta una fracción de su precio.
¿Cómo es posible este retroceso?
La explicación se encuentra en los procesos de fabricación y en los costes que les supone a los fabricantes dar vida a un nuevo terminal.
Producir zafiro sintético puro en láminas delgadas del tamaño de la pantalla de un teléfono o de un reloj inteligente es un proceso sumamente caro y complejo. Para abaratar costes, la industria recurre de forma habitual a soluciones híbridas o compuestos que combinan una base de vidrio convencional con una finísima capa exterior de zafiro. El problema es que este revestimiento, aunque le sirve a la marca para presumir de nombre, es tan delgado que carece de la resistencia estructural necesaria para ofrecer la dureza del mineral puro, convirtiendo la etiqueta de zafiro en una estrategia comercial antes que en una ventaja física real.
Además, hay un punto en contra de este material, ya que carece por completo de la flexibilidad y la capacidad de absorción de energía que los desarrolladores de vidrio elástico, como los laboratorios de Corning, han logrado implantar en sus compuestos de última generación.
El resultado, paradójicamente, es que una pantalla de zafiro resistirá mejor los microarañazos del bolsillo, pero estallará en mil pedazos con muchísima más facilidad ante una caída accidental contra el suelo.











