¿Hay una edad adecuada para que los niños tengan su primer tablet?

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Seguro que en más de una ocasión habéis leído algún tweet o imagen en Facebook con una frase similar a esta: “Niños que aún no dicen papá y que ya dominan la tablet mejor que tú”. Y seguro que si eres padre has asentido e incluso sonreído porque es así, muchos bebés, muchos niños, dominan la tablet desde bien pequeños, elementos que se están haciendo cada vez más habituales en nuestras casas y cada vez más comunes como regalo de cumpleaños o en Navidad.

No es de extrañar, gracias a los bajos precios de las nuevas tablets puedes tener una nueva y de paso una para que tu hijo pueda ir descubriendo la tecnología, y de paso, que pueda estar quieto, tranquilo y estimulado (o eso dicen).

Ahora bien, ¿tenemos que sonreír con esa frase y aceptar que es así, que es inevitable, que los niños conviven con la tecnología y que no pueden quedarse atrás o deberíamos hacer autocrítica y afirmar que los niños pequeños no deberían poder jugar con una tablet? Vamos a intentar dar respuesta a esta pregunta para así, de paso, contestar la que da título a la entrada: ¿Hay una edad adecuada para que los niños tengan su primer tablet?

“Es inevitable, los niños han nacido en la era tecnológica”

Esto es lo que muchos pensamos siempre, que es inevitable. Cuando nosotros nacimos y crecimos lo más que había era la televisión y algunos ordenadores con los que podías echar unas partiditas, pero en este caso teníamos ya una edad. Más adelante aparecieron las primeras consolas, así que no se puede decir que nacimos con todo ello, sino solo con la televisión. Por entonces en casa había una, una para todos, y eso era una limitación obvia porque si había varios interesados en verla, los niños éramos solo uno más. Pero aquí no acaba todo. Aunque tuviéramos una televisión solo para nosotros, que no era el caso, la programación no era precisamente infantil, y solo había alguna franja en la que emitían dibujos o programas para niños, así que la oferta era lo bastante escasa en general como para que nos tuviéramos que buscar la diversión por otro lado.

Se podría decir que estábamos en la situación inversa a la actual: muchas pantallas, muchas pueden utilizarse de manera individual y la oferta parece inagotable, que ahora ven hasta los dibujos en streaming, gracias a programas como Clan, RBPlay o el mismo YouTube.

¿Es inevitable? No. En realidad no lo es. Basta con no comprar una tablet y así el niño no la utilizará. Y alguien no puede necesitar algo que no conoce. ¿Y cuándo la conozca? Pues ahí empiezan las dudas. ¿Se la negamos, se la compramos y controlamos el tiempo o se la compramos y que la use cuando quiera? Al daros tres opciones parece que la mejor es la intermedia, pero no tiene porqué ser así si el hecho de negarla va acompañado de una implicación importante de los padres en el tiempo de los hijos. Es un poco como lo de la tele. No todo el mundo tiene televisión, así que si le preguntas a unos padres qué hacen los niños para matar el tiempo, sin tele, suelen responder: jugar. Jugar entre ellos, con ellos, hacer excursiones, desarrollar aficiones, leer, buscar aventuras, desarrollar la imaginación, etc. La tele es un invento tecnológico de hace segundos si lo comparamos con la historia de la humanidad, así que la tablet, ni os cuento (¿cómo se divertirían los niños sin las pantallas? ¿Cómo lo harán allí donde no las tengan?).

A este respecto, la psicopedagoga Alma García nos cuenta lo siguiente:

Los peques no son como nosotros. Ya han nacido en este mundo y negárselo es poco realista, pero no dejan de ser elementos que fomentan la excitación mental y provocan que se distraigan de otros juegos donde “no se les da todo hecho”, como los de mesa o construcción, donde entran en juego otros elementos como usar de manera más abierta la motricidad y la vista (enfocar de cerca, de lejos, a medio plano…) cosa que no ocurre con una tablet y que es esencial para su futuro como alumnos.

¿A partir de cuándo es un buen momento para comprar una tablet?

Tablet y niños

La realidad es que no hay un momento perfecto para abrirles las puertas del mundo de las pantallas, sino más bien lo contrario: sí existe el momento antes del cual es mejor no hacerlo, y podemos pensar que son los dos años. Decimos dos años porque es la edad que la AAP (Asociación Americana de Pediatría) marca como el límite por debajo de la cual los niños no deberían tener acceso a las pantallas:

La television y otros medios (digitales) de entretenimiento deben ser evitados en bebés y niños menores de dos años. El cerebro del niño se desarrolla rápidamente durante estos primeros años, y los niños aprenden mejor de las interacciones con personas, no con pantallas.

Así nos lo explica el psicólogo Alberto Soler, que hace unos días hablaba también del tema en su blog:

Cuanto más tiempo retrasemos la exposición mejor, pero se considera que existe una línea roja en los dos años de edad. Hasta ese momento hay que evitarlo de manera absoluta. Una vez pasamos ese umbral no es que se abra la veda, sino que debemos controlar que la exposición total combinada a todas las pantallas (tablets, ordenadores, televisión, móvil, etc.) no supere las dos horas diarias.

¡Dos años! ¡A esa edad la mayoría ya han jugado con ellas!, pensaréis. Y los datos parece decirnos que así es, pues un estudio muestra que a los 2 años el 74% de los niños ya ven la tele (y aún parece poco). ¡Pero si muchos niños de dos años ya usan la tablet como profesionales!, pensaréis también. Y es así… tienen tanta capacidad de aprendizaje que cualquier cosa que les pongas delante la aprenderán de manera más rápida que nosotros. Pero quizás es por eso que debemos ser especialmente cuidadosos, porque quizás sean como esponjas, quizás aprendan tan rápido, para otra cosa: los niños tienen una gran capacidad para aprender a vivir, para empaparse de su entorno y adaptarse cuanto antes mejor, pues eso le hará tener más probabilidades de sobrevivir en el mundo. No sé si lo más adecuado es que “malgasten” esas capacidades con una tablet en las manos. Y no, tampoco me estoy refiriendo a que aprovechemos que aprenden tanto para apuntarles a inglés o que les metamos fichas de aprendizaje o les pongamos delante un libro de ciencias económicas e ir engrosando su currículum, sino simplemente permitirles que aprendan del mundo en el que viven, que es precisamente el que sucede mientras muchos centran su atención en una pantalla.

Alma García, de hecho, es menos permisiva con la edad y recomienda que esperemos incluso más tiempo:

En realidad no hay ninguna prisa. La excusa de que “han de usarlo porque todos lo usan y será importante en el futuro” no es válida porque aunque no las usen hasta los 15 años, en dos días sabrán manejarla perfectamente. Muchos padres creen que están haciendo algo positivo, que les están estimulando, que les están “haciendo caso” al dejar una tablet en sus manos cuando en realidad no es así, están quitando tiempo de interactuar con ellos. No les daría tablet como mínimo hasta iniciada la primaria. De hecho, no les dejaría ni el móvil.

Y uno lee lo que ella dice y empieza a acordarse de Steve Jobs, que no dejaba que sus hijos usaran el iPad.

Pero… ¿y si el contenido es de calidad?

Porque claro, uno puede meterle a su hijo en la tablet cuatro juegos y YouTube y que el niño vaya abriendo vídeos, a cual peor, o ponerle vídeos y aplicaciones relativamente educativas, que le permitan ir aprendiendo colores, números, idiomas, situaciones… hay juegos muy divertidos en que los niños tienen que hacer de médico, salvando animales de sus problemas de salud, o juegos en los que hacen de comer, ponen la lavadora, van a comprar comida, etc.

Pues apliquemos entonces el sentido común: ¿es lo mismo ponerle al niño programas de televisión educativos, estimulantes y que le ayuden a aprender que las series de adolescentes del Disney Channel? Pues de igual modo, el contenido es determinante. Como dice Alberto Soler:

Se ha comprobado que si los contenidos a los que se exponen están bien diseñados y son adecuados a la edad del niño, los efectos negativos desaparecen e, incluso, se llegan a observar ciertos beneficios en áreas como habilidades prosociales, rendimiento académico o habilidades visoespaciales. Pero si el contenido no es adecuado, el efecto es claramente negativo.

Pese a ello, hay controversia en cuanto a si los efectos positivos que pueden tener son superiores a los que podríamos obtener por otras vías (materiales tradicionales como libros, manualidades, etc.) con menos riesgos asociados.

O lo que es lo mismo, pese a que muchos juegos aportan beneficios a los niños y les pueden ayudar en muchas cosas, a la hora de compararlos con la vida real la tablet podría salir perdiendo. ¿Nos gusta el juego en el que hace de comer? ¿Y por qué no cocinamos con él? Porque hay cubiertos y utensilios de cocina para niños y si te sientas con ellos seguro que disfrutan tocando la comida, cortándola, poniéndola en la cazuela y viendo cómo cambia de color y sabor, cómo se combina con otros ingredientes y cómo sabe el resultado final. ¿Nos gusta el juego en el que cura a los demás? Podemos jugar a médicos con él, o puede jugar con otros niños. ¿Nos gusta que juegue a poner la lavadora, que saque la ropa, que la doble? Pues que la ponga en casa, que nos ayude a juntar los calcetines, a seleccionar la ropa de color y blanco, etc. ¿Nos gusta ese en el que va a la frutería a comprar? Pues ponle un guante de plástico, aunque le vaya enorme, y a coger frutas y verduras… así verá que hay utilizar toda la mano para agarrar una y que no basta con tocarla con la punta del dedo, como sucede en su pantalla.

El problema no es tanto lo que ofrecen, sino lo que dejan de ofrecer

Si el contenido es de calidad, como decimos, su uso puede ser válido siempre que hablemos de una edad superior a los dos años. Pero el uso, igualmente, tiene que estar limitado en el tiempo. A mí lo de poner límites a estas cosas siempre me ha dado mucho miedo, porque es bastante habitual que queramos más aquello que nos limitan o no nos permiten hacer, pero es que si no se hace se corre el riesgo de que el uso sea totalmente excesivo y los niños se pierdan todo aquello que una tablet no ofrece. Para ello, basta con que el límite sea claro y que no vaya asociado a otras cosas. Si se decide que media hora al día es media hora pase lo que pase (bueno, siempre hay cierta flexibilidad, a lo que me refiero es a no andar negociando con el tiempo a modo de premio o castigo). Si se decide una hora, pues una hora. Si se deciden dos horas, pues dos (dos horas sería el máximo diario entre tablet, televisión, ordenador, móvil y toda pantalla “viviente”).

Como dice Alma García:

Lo ideal es pautar su uso a unos horarios y situaciones concretas y explicar que tú haces lo mismo con ella (la tablet). Además, no ligarla a otros eventos del día a día (“si haces los deberes te dejo la tablet”) ni utilizarla como recompensa (“si te acabas la comida podrás jugar a la tablet media hora más”), porque entonces la convertimos en un privilegio. Hay que hablar de ella como quien habla de la merienda, la tele, el paseo del fin de semana o la bicicleta. Una cosa más con su tiempo delimitado.

Porque al fin y al cabo, cuando un niño dice “me voy al parque a jugar” toda madre de ahora y de antes dice “vale, un rato, que tienes que hacer los deberes” o “espera, primero haz los deberes y luego vas… y ven a las ocho que te tienes que duchar”. Hasta el juego libre tiene límites temporales, como lo tiene la hora del patio en el colegio, que cuando las profesoras avisan hay que volver a clase.

En cuanto a lo que deja de ofrecer, una tablet es tan golosa, es tan coloreada, tan divertida, tan estimulante y atrapa a los niños de tal manera que es muy fácil que pasen demasiado tiempo con ella. Y entonces hablamos de carencias. Darle un potito, un tarrito de bebé a un niño, de vez en cuando, si la calidad de los ingredientes es buena, no afectará demasiado a su salud. Alimentarle mayormente de tarritos ya no es tan aconsejable. Pues con esto pasa lo mismo: para un rato, vale. Para mucho rato, ya no vale tanto, porque se pierden muchas otras cosas.

Alberto Soler nos lo cuenta así:

El tiempo empleado con una tablet u otros medios digitales es tiempo que se resta de otras actividades: relación directa con iguales, ejercicio, juego libre y potenciación de la imaginación, contacto con la naturaleza, etc., que sí han probado tener un efecto claramente positivo en el desarrollo del niño. De entre todos estos efectos, limitar el tiempo de interacción con los padres y el intercambio verbal con ellos es el que tiene peores efectos a largo plazo, pudiendo llegar a producir retrasos en el desarrollo del lenguaje.

¿Retrasos en el lenguaje?

Así es. Tal y como leemos en este estudio, los niños menores de 12 meses que ven la televisión durante más de 2 horas al día tienen 6 veces más probabilidades de desarrollar problemas del lenguaje.

En un momento de la historia en el que parece más importante la inteligencia emocional y la capacidad de ser un buen comunicador, empático y asertivo, que la inteligencia tal y como la conocemos desde siempre (el “qué niño más listo”), parece evidente que lo que tenemos que seguir fomentando son las relaciones con otros niños, con nosotros, el juego libre, la lectura, el juego simbólico y el ir descubriendo qué sucede en el mundo, en su entorno, en el día a día. ¿La tablet? Un juguete más, un momento de divertimento, un recurso. O eso debería ser.

Fotos | Hernán Piñera, Steve Slater (Flickr)

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