A finales de la década de 1990, Internet era aún joven. Muchas de las plataformas y servicios que hoy conocemos estaban por crearse. En aquel momento, las conexiones eran ya solventes como para permitir compartir archivos y la descarga de los mismos desde diferentes fuentes. Y es ahí donde apareció Napster, porque los archivos de música ya eran digitales y el formato .mp3 comenzó a arrasar.
Fue en 1999 cuando un estudiante de solo 18 años llamado Shawn Fanning desarrolló Napster mientras estudiaba en la universidad. Su objetivo era facilitar el intercambio de archivos MP3 entre usuarios de Internet. Lo que no sabía en ese momento es que su programa removería los cimientos de la industria musical y cambiaría el panorama de Internet para siempre.
Napster y el intercambio de música
A comienzos de 2000, todo era esperanza. El nuevo milenio era como acariciar el futuro que se llevaba años vislumbrando. Parte de esa visión general estaba generada por la llegada de Internet, la mayor revolución desde el invento de la radio y la televisión.

Napster encajó perfectamente en ese momento. Su funcionamiento era muy sencillo, ya que el usuario solo tenía que instalar un programa en su ordenador, buscaba una canción y descargaba el archivo MP3 directamente desde el equipo de otra persona conectada a la red.
En Napster se podían encontrar canciones famosas, discos completos, actuaciones en directo, rarezas y temas descatalogados que resultaban casi imposibles de conseguir por otras vías. Para millones de personas, Napster fue la primera gran biblioteca musical de Internet.
La revolución tuvo un precio
El éxito fue inmediato. En pocos meses, la plataforma reunió a decenas de millones de usuarios y convirtió la descarga de música en un hábito cotidiano. Para los jóvenes era una forma nueva, rápida y gratuita de descubrir artistas. Para las discográficas, en cambio, suponía una amenaza directa.

La industria musical dependía de la venta de discos físicos. Cada canción descargada sin pagar era vista como una copia que no generaba ingresos para los artistas, compositores, productores y sellos. El conflicto no tardó en llegar a los tribunales.
El caso más sonado tuvo que ver con la banda Metallica, que denunció a Napster después de descubrir que una canción inédita suya circulaba por la plataforma antes de su publicación oficial. También hubo demandas de grandes compañías discográficas, que acusaron al servicio de facilitar la vulneración de los derechos de autor.
Napster defendía que no almacenaba las canciones en sus propios servidores, sino que conectaba a usuarios que compartían archivos entre sí. Es decir, el eterno debate que más tarde se abrió con otros programas, como fue el caso del eMule. Los tribunales consideraron que Napster sí tenía responsabilidad en ese intercambio.

El fin de Napster fue solo el comienzo de la era streaming
En 2001, Napster tuvo que bloquear el acceso a gran parte de su catálogo y su servicio original dejó de funcionar. La plataforma, tal y como la conocían sus usuarios, había desaparecido apenas dos años después de nacer.
Su cierre provocó el nacimiento de programas como Kazaa, eMule, LimeWire o BitTorrent, que intentaron mejorar el sistema y dificultar que una única empresa pudiera ser cerrada mediante una demanda. El sistema trató de pasarse al lado totalmente legal y otras empresas vieron su potencial. Es por ello que aparecieron las tiendas digitales, como iTunes, que permitían comprar canciones sueltas. Después llegaron los servicios de streaming, con Spotify, YouTube Music, Apple Music y otras plataformas.

Hoy pagamos una cuota mensual para acceder a millones de canciones desde el móvil. Es un modelo muy distinto, pero parte de una idea que Napster popularizó hace más de dos décadas. Lo que provocó Napster fue un cambio que aceleró la transición hacia lo digital y obligó a una industria gigante como la musical a adaptarse a Internet.










