Cuando el móvil de mamá o papá es el juguete del niño

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Firma invitada: Armando Bastida.

Llega un día en que, como padre o madre, te ves en una situación de esas en que lo último que quieres o necesitas es que tu hijo moleste a los que están alrededor. La situación puedes escogerla tú, porque seguro que te has visto más de una vez en una de ellas.

Le explicas alguna historia, le cuentas algún cuento, juegas un poquito, pero llega el momento en que empieza a cansarse de estar ahí y, a falta de mejores ideas, acabas por meter mano al bolsillo o el bolso para buscar el móvil. Ese día tu hijo descubre una pequeña ventana a otro mundo y ese día es el principio de una relación en que, podría suceder, el móvil de papá o mamá se acaba convirtiendo en el juguete del niño.

Los primeros juegos

Al principio es algo ocasional, simplemente le vas abriendo alguno de los juegos casuales que instalaste hace un tiempo para que toque un poco, descubra el funcionamiento, se entretenga y hasta pase algún nivel.

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Pero pasa el tiempo, el móvil funciona muy bien como “silenciador” y empieza a suceder que el niño, como si de una droga psicológica se tratara, te lo empieza a reclamar cada vez antes. Sí, sí, es él quien lo pide. Tú recuerdas que al principio se conformaba y entretenía contigo, pero te das cuenta rápidamente de que desde que le diste libre acceso a tu móvil ya no es una cuestión de ofrecérselo cuando no queda alternativa, es que él ya sabe que lo llevas encima y te lo pide, o te lo coge.

Los siguientes juegos

Entonces ves que tus juegos empiezan a parecerle aburridos y, todos flaqueamos alguna vez o bien aparece nuestro niño y gamberro interior, nos vemos de repente en la tienda de aplicaciones buscando juegos adaptados a la edad de nuestro hijo. Le descargamos alguno y ¡hasta los metemos en una carpeta con su nombre!

Acabas también por meter en esa carpeta la aplicación YouTube, donde pronto te verás suscrito a canales llenos de vídeos infantiles que parece que te persiguen (ya no sólo están en la tele de casa, en tu ordenador o en la Tablet, ahora también en el móvil).

Así es. Tu móvil contiene ya una carpeta con el nombre de tu hijo, donde podrá encontrar juegos adaptados a su edad para que no te ande tocando lo que no tiene que tocar y para que pueda pasárselo pipa con tu (su) juguete.

Adiós, batería, adiós

Y la consecuencia de todo ello es que pronto te das cuenta de que cada vez que le dejas el móvil a tu hijo, el porcentaje de batería disminuye una barbaridad. Tú, con lo maniático que eres con el tema de la batería, siempre sufriendo porque piensas que el día debería acabar, al menos, con un 15 o 20% de batería, por si hubiera que hacer o recibir una llamada de urgencia, te das cuenta de que le faltan aún varias horas al día y de que el móvil se acerca peligrosamente, si no se ha sobrepasado, ese 20% límite.

Sudor frío, malestar, dónde podría yo ahora enchufar el cargador y al llegar a casa una búsqueda en internet para hacerte con una batería externa de dos millones de mAh que llevar siempre encima, cargada, para no sufrir por ello.

Ese día te das cuenta de que tu móvil ha sido prácticamente monopolizado por tu hijo, lleno de aplicaciones infantiles, de vídeos infantiles y de huellas infantiles en la pantalla. Ese día te unes al club de los padres con un móvil prestado (“es de mi hijo, pero me lo presta a ratos”) y ese día te das cuenta de que eso no puede ser.

Cómo evitar que nuestro móvil sea el juguete de nuestros hijos

Para no llegar a ese punto lo que hay que hacer es evitar pasar de una etapa a la otra. Rememoramos la escena y vamos al principio de los tiempos, a ese día en que le dimos acceso porque no se nos ocurrió otra cosa. Si sabemos que estaremos mucho rato con él y que habrá que entretenerle debemos llevar preparado todo lo posible e indispensable para hacerlo sin que hagamos uso del móvil. No es cuestión de parecer el hombre orquesta ni Papá Noel a primera hora del trabajo, pero podemos llevar algún juguete o cuento para ayudarnos en la tarea. Si no, llevar memorizados algunos juegos, canciones o tirar de creatividad para entretenerle. Cuanto más juguemos con nuestro hijo, menos necesitará la pantalla.

En caso de que al final accedamos y no controlemos la primera etapa (intentadlo, de verdad, pensad “¿cómo lo hacían nuestros padres, que no tenían móvil?”), debemos controlar la segunda: no descarguéis juegos para ellos. Que juegue a los que tienes y, si se cansa, a otra cosa mariposa. “No hay más, hijo, es lo que tienen los móviles, que son aburridos a más no poder. Mírame a mí, cientos de miles de aplicaciones disponibles y sólo uso el Feisbu, el Guasa, el Correo y el GPS para no llevarte a la fiesta de cumpleaños del niño que no es”.

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Si no hemos sido capaces de controlarnos, si el niño ya tiene el YouTube lleno de Caillous, Doras, Pepas Pigs y Pocoyós, y se pasa el día jugando a sus juegos, entonces lo tienes crudo, pero no imposible. Un niño siempre prefiere jugar con sus padres antes que meter los ojos en una pantalla, a menos que seas más aburrido que la música de los ascensores. Cúrratelo, pide ayuda, lee libros con juegos infantiles, lee tú cuentos para poderlos explicar a tu hijo. Sé un padre (o madre) divertido y comunicativo y juega con tu hijo y/o cuéntale historias, de las buenas, imaginativas, divertidas, de las que atrapan. A los niños les encanta la magia, lo increíble, lo asombroso. ¿No has leído a Roald Dahl? Pues empieza por ahí. Te dará grandes historias y muchas ideas. Y otros días, simplemente, dedícale tiempo, no lo vayas a sobre estimular y acabe pensando que el mundo real es uno lleno de criaturas imaginarias.

Vamos, que en resumen, el móvil no deja de ser ese aparato al que el niño recurre cuando se aburre, porque no ve nada mejor que hacer. En nuestra mano está el ayudarle a que encuentre ese “algo mejor que hacer”, y si al principio le cuesta encontrarlo, que es normal, vale más que seamos nosotros los que iniciemos los juegos y los hagamos posibles. Así, el niño jugará mucho más con nosotros y mucho menos a la diversión artificial de una pantalla (¡que se come nuestra preciada batería!).

Fotos | Jenny Downing, Bondesgaarde, David Owen

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