¿Por qué el streaming en música nunca acierta a la primera?

streaming-musical

Mucho ha cambiado el mundo del streaming musical desde el experimento Mbone protagonizado por la banda Severe Tire Damage hace 22 años. Cambios en forma de nombres que aparecen y otros que desaparecen y de un modelo cuyo desarrollo ha estado estrechamente ligado al desarrollo de internet, las conexiones de alta velocidad y capacidad y el nacimiento y crecimiento de las Redes Sociales.

El camino hasta llegar a la inmensa oferta actual ha estado plagado de dificultades, algunas propias del mismo modelo y sus características, y otras a causa de la competencia de otras tecnologías o de las empresas implicadas y su relación con el músico. De esto depende que el streaming aún no haya logrado imponerse ni satisfacer a todos los usuarios aunque en los últimos tiempos se perciba cierta tendencia al alza.

Veamos por qué.

La competencia del P2P y el querer ser propietario de la música que escuchamos

Fuente: Wikipedia

Fuente: Wikipedia

Casi en paralelo al desarrollo de las primeras herramientas streaming tuvo lugar el del concepto de las redes “peer to peer”, una tecnología que permitió al usuario intercambiar archivos alojados en su disco duro sin mayor intermediación que el uso de una aplicación instalada en su sistema operativo. La primera de estas aplicaciones generó uno de los primeros escándalos de internet, siendo Napster objetivo de denuncias por parte de bandas y grandes compañías discográficas al ver que sus contenidos eran distribuidos a través de la aplicación sin poder ejercer ningún control sobre ellos.

Domada Napster a través de múltiples procesos judiciales, el mp3 y el ansia de los usuarios por poseer miles de canciones en sus discos duros ya eran una realidad aceptada entonces, siendo ésta, quizás, una de las barreras más difíciles de superar por el streaming. La segunda oleada del P2P nos trajo a emule y los clientes torrent, aplicaciones con tecnologías distintas pero que reforzaron esa asunción de propiedad sobre el archivo digital y la materialidad que le hemos acabado dando a nuestra bilbioteca en nuestro disco duro, una asunción a la que muchos no han querido renunciar y que se antepone a la sensación de pagar por algo inmaterial que ejemplifica el streaming.

Ya algunas aplicaciones como Spotify permiten a sus usuarios premium descargar canciones de su catálogo para poder acceder offline a ellas. El problema está en que aún hoy sigue existiendo la posibilidad de obtener esas canciones gratuitamente gracias al P2P o la descarga directa.

El catálogo y sus problemas: es imposible contentar a todo el mundo

Consolidado ya el streaming como una realidad gracias a la presencia en el mercado de gigantes como Apple Music, Google Music o la exótica de otros como Tidal o el enigma de Pono, el debate en el modelo se ha trasladado de la competencia directa frente al P2P a la oferta de comodidad, disponibilidad y calidad en la reproducción sin abarrotar el disco duro del usuario.

La estrategia ha sido firmar acuerdos con las compañías discográficas más importantes a fin de poder explotar su catálogo, una posibilidad que ha permitido a compañías como Deezer, Rdio o Spotify ofertar una biblioteca que supera los 25 millones de canciones en cada uno de los casos, una cantidad que, en principio, debe satisfacer las exigencias de la mayoría de los usuarios.

Sin embargo tras esta inmensa cifra se esconden notables ausencias que han puesto freno a la llegada de usuarios o que han afectado a la experiencia de los ya existentes. La negativa, temporal o definitiva, de artistas de la talla de The Beatles, Pink Floyd o Metallica (o de los propietarios de sus derechos) son la punta del iceberg de un debate al respecto de la propiedad y explotación del catálogo de las grandes bandas, y hasta la solución del mismo los usuarios siguen recurriendo a otras alternativas, legales o no, para poder escuchar a sus bandas favoritas.

La calidad de la reproducción

Captura-de-pantalla-2015-08-26-a-la(s)-8.07.54

Donde si parecen haber aprendido la lección las compañías es en el terreno de la calidad de la reproducción. Mientras que a gran parte de los usuarios le es indiferente conceptos como bitrate o lossless, hay sectores que priman la experiencia como oyente sobre la posibilidad de acceder a millones de canciones que probablemente no escucharán en toda su vida.

La llegada al mundo del streaming de competidores como Tidal (encabezado por Jay Z) o Pono (desarrollado bajo el apadrinamiento de Neil Young), ha abierto la puerta a planes premium donde se apuesta por la reproducción de archivos en alta fidelidad, con calidad superior a la del CD con el objetivo de satisfacer a los usuarios más exigentes. Estamos hablando de planes que superan los 20 euros mensuales en el caso de Tidal, pero que ofrecen una experiencia bastante alejada de los 192 kbps del acceso gratuito de Spotify o Xbox Music.

Sí, esta no es una petición del público mayoritario pues la forma de escuchar música ha cambiado radicalmente estos últimos años, pero las compañías han hecho bien en entender que el desarrollo del streaming no debe ir solo encaminado hacia la universalidad y versatilidad sino también hacia la calidad.

La batalla en las Redes Sociales

streaming

La estandarización de internet como herramienta para la comunicación y el entretenimiento ha cambiado radicalmente no ya sólo cómo nos acercamos a la música que nos gusta, sino cómo la escuchamos y cómo compartimos la experiencia con nuestros amigos. El streaming se ha movido muy inteligentemente en este campo mostrando su mayor potencial, pues de la posibilidad de estar conectado en cualquier sitio y a cualquier hora surgen multitud de oportunidades para interactuar con nuestra música favorita como coartada.

La creación de listas de reproducción, compartir canciones a través de nuestra red social favorita, insertar estas canciones en nuestro blog o página web, comentarlas o incluso recortarlas o modificarlas en este entorno es una posibilidad que hace diez años era una quimera, y el streaming ha sabido explotar a la perfección todas estas posibilidades.

Pero mientras que los usuarios siguen pidiendo libertad en la interacción, algunas compañías han intentado controlar este componente social limitándolo o redirigiéndolo a través del acuerdo con redes sociales como el existente entre Facebook y Spotify (y el debate que acaba de abrirse al respecto de las condiciones de uso de este último). La posibilidad sigue ahí y sigue siendo extremadamente potente, pero limitar la interacción es poner puertas al campo. A los usuarios no les gusta y a un modelo en entredicho como el streaming, no le hace ningún bien.

¿Qué opinan los músicos del streaming?

A muchos no les gusta. Es cierto que el streaming ofrece posibilidades interesantísimas de cara a la promoción y difusión del contenido de los artistas (Bandcamp se ha movido de forma muy inteligente en esta área), pero también lo es que ofrece una rentabilidad económica muy baja frente a la ya baja cifra de rendimiento que los músicos reciben tras la venta de un CD físico o de un mp3 a través de tiendas como iTunes.

La sensación para los músicos es que ellos son la parte más débil de la ecuación, que grandes compañías como Google o Apple amasan fortunas gracias a su trabajo recibiendo una porción muy pequeña de la tarta y perdiendo todo el control sobre su obra. Taylor Swift se negó a que su nuevo disco se distribuyera a través de Spotify y Neil Young ha llegado a declarar la guerra al streaming pues, según su opinión, la calidad de reproducción del servicio no hace justicia al esfuerzo realizado en el proceso de grabación.

El debate se centra en la calidad, el respeto a la obra original y los derechos del propietario y en el rendimiento económico del streaming. Y mientras, el público permanece al margen, con razones a favor y en contra de la apuesta del modelo.

Una tendencia positiva en los últimos tiempos

Pero a pesar de todas las dificultades en que se ha encontrado el modelo, el streaming va logrando, poco a poco, comenzar a estabilizarse como algo más que una simple alternativa de acceso y distribución musical.

Las cifras así lo demuestran, acelerándose un crecimiento de los ingresos del mercado digital que en 2014 alcanzó un 6.9% hasta llegar a los casi siete mil millones de dólares, logrando por primera vez competir de igual a igual a nivel de venta con los formatos físicos, cuyos márgenes no hacen sino reducirse desde hace 10 años.

Deezer y Spotify siguen siendo los mayores competidores del mercado (con un crecimiento que ha ido de los 4 millones de suscriptores en 2010 hasta los 41 del año pasado), pero la reciente apuesta de Apple o Google por el streaming demuestra que la batalla no ha hecho nada más que comenzar, y serán los usuarios los principales beneficiados.

Veremos si todo esto al final se traduce en algo más que cifras.

Etiquetas: