Miremos donde miremos, el universo está regido por una fuerza invisible, que es la gravedad. Cuanto más masivo es un objeto, más gravedad tiene y más influencia ejerce sobre aquello que está a su alrededor. Explicado de forma sencilla, es la causa por la que la Tierra y el resto de planetas realizan una danza constante alrededor del Sol.
Cuando comenzamos a desarrollar tecnología con sondas para enviar a otros mundos, nos dimos cuenta de que la primera gran barrera para salir de la Tierra está en vencer su gravedad. La velocidad de escape debe ser la adecuada para que el cohete no vuelva a la Tierra y pueda salir con seguridad.
Pero dentro de nuestra evolución tecnológica, debemos ser conscientes de que escapar de la Tierra, del Sol y de la Vía Láctea son tres problemas completamente distintos.
Cada vez que ampliamos la escala, la dificultad aumenta de forma brutal. No basta con construir un cohete más grande: hay que superar la gravedad de objetos cada vez más masivos y transportar una cantidad de energía que crece hasta alcanzar cifras difíciles de imaginar.

Tecnología y fuerza para escapar de la Tierra
Salir de la Tierra es el primer gran obstáculo. Para alcanzar una órbita estable, una nave necesita una velocidad enorme y, para escapar completamente de la gravedad terrestre, debe superar aproximadamente los 11,2 kilómetros por segundo.
Los cohetes actuales pueden hacerlo gracias a una combinación de combustible químico, varias etapas y maniobras de asistencia gravitatoria. Pero escapar de la Tierra no significa escapar del Sistema Solar. La Tierra gira alrededor de la estrella a unos 30 kilómetros por segundo, y la nave conserva buena parte de ese movimiento.
Para abandonar el Sistema Solar, tiene que alcanzar una trayectoria que supere la velocidad necesaria para escapar de la gravedad solar.
Escapar del sol
La velocidad de escape del Sol a la distancia de la Tierra es de unos 42 kilómetros por segundo. Una nave que parte desde nuestro planeta ya posee una velocidad orbital de aproximadamente 30 kilómetros por segundo, pero necesita ganar energía adicional para dejar de estar ligada al Sol.

Las Voyager lo han conseguido, aunque no porque sus motores las hayan acelerado continuamente. Utilizaron sobrevuelos de planetas gigantes, especialmente Júpiter y Saturno, para robar una pequeña cantidad de energía orbital y aumentar su velocidad.
Pero según lo que creemos saber, la frontera gravitatoria del sistema llega mucho más lejos, hasta la nube de Oort, una zona de restos de la formación del Sistema Solar. La nube de Oort podría extenderse hasta 100.000 unidades astronómicas, con una unidad astronómica equivalente a la distancia entre la Tierra y el Sol.
A la velocidad de la Voyager 1, la sonda tardará cientos de años en alcanzar las zonas interiores de la nube de Oort y decenas de miles de años en atravesarla completamente.

Salir de la Vía Láctea es otra historia
En el caso de que el futuro de la humanidad sea el de convertirse en una especie interestelar e intergaláctica, tendremos sí o sí que salir de nuestra galaxia. Eso hoy en día nos parece algo imposible, pero quién sabe si algún día dejará de serlo.
La Vía Láctea tiene unos 100.000 años luz de diámetro y el Sistema Solar está situado a unos 26.000 años luz del centro galáctico. El Sol y todos los planetas orbitan el centro de la galaxia a una velocidad de unos 250 kilómetros por segundo. Para escapar de la gravedad de la Vía Láctea desde nuestra posición, habría que alcanzar aproximadamente 550 kilómetros por segundo respecto al entorno galáctico.
Eso significa añadir cientos de kilómetros por segundo a la velocidad que ya tenemos por participar en el movimiento de la galaxia. La nave tendría que recorrer decenas de miles de años luz para abandonar el disco galáctico. Incluso viajando a una fracción importante de la velocidad de la luz, el trayecto duraría miles o decenas de miles de años.

Con los pies en la tierra
Si pensamos en “corto plazo”, la primera misión interestelar humana probablemente no intentará sacarnos de la galaxia. Lo más realista sería enviar pequeñas sondas a otra estrella cercana, como es el caso de Alfa Centauri (4 años luz de distancia).
El proyecto Breakthrough Starshot ha propuesto usar velas ultraligeras impulsadas por una red de láseres para alcanzar hasta un 20% de la velocidad de la luz. En teoría, una sonda diminuta podría llegar a Alfa Centauri en unas décadas.
También hay un proyecto reciente que pretende enviar una sonda a Alfa Centauri por solo 15 millones de dólares, pero tardará 77.000 años en llegar. El proyecto, denominado Fermi Explorer, pretende lanzar una pequeña sonda hacia Alfa Centauri a precio low-cost, pero a costa de que nadie vivo pueda verlo hecho realidad.











