Suena a película de terror de los años setenta, de esas en las que alguien viajaba al espacio y volvía en forma de masa extraterrestre. Pero, en esta ocasión, no se trata de ciencia ficción ni de un capricho científico, sino de una respuesta drástica ante un problema que llevamos décadas ignorando: nuestro cuerpo no está diseñado para el sobrevivir en el espacio profundo.
Por eso, enviar tejidos humanos vivos a la Luna es la única forma que tenemos de no mandar a los astronautas a una muerte segura o a un deterioro físico irreversible.
Chips orgánicos al espacio
Lo que realmente está viajando al espacio son los llamados «avatares». Pero no tiene nada que ver con la película de James Cameron.
Imagina dispositivos del tamaño de un mechero que albergan células humanas vivas. Estas células respiran, se alimentan y reaccionan exactamente igual que lo harían dentro de tu cuerpo. La misión Artemis II, a través del proyecto AVATAR, ha convertido estos chips en los sujeto de pruebas del siglo XXI. Son los primeros en recibir el impacto directo de lo que hay ahí fuera y servir de información al equipo de la misión.

El gran problema que tenemos a la hora de viajar al espacio es que la Tierra es un escudo perfecto. Su atmósfera y su campo magnético nos protegen de la radiación cósmica, una energía tan violenta que es capaz de despedazar las cadenas de nuestro ADN como si fueran hilos de seda. En la Luna, ese escudo no existe, de ahí la importancia de enviar estos tejidos. Gracias a ellos, los científicos pueden observar en tiempo real cómo las células mutan, cómo se inflaman y cómo el sistema inmunitario empieza a fallar sin necesidad de poner en riesgo la médula ósea de un astronauta real.
La microgravedad es el otro gran peligro del espacio para el ser humano. Allí, el cuerpo se vuelve «vago». Los músculos se deshacen y los huesos pierden densidad a una velocidad que asusta. Gracias a estos chips biológicos, la NASA puede estudiar por qué ocurre esto a nivel celular en forma de una especie de simulador médico de alta precisión que nos dice cuánto tiempo puede aguantar un ser humano en la superficie lunar antes de que su cuerpo empiece a dañarse de forma irremediable.
Pero claro, cada cuerpo reacciona de una forma distinta y por eso el proyecto permite crear chips con las células específicas de cada astronauta que va a viajar. Es decir, podemos saber cómo va a reaccionar el corazón de un piloto concreto a la radiación lunar antes de que despegue. Es un «avatar» biológico que recibe los golpes por él, permitiendo diseñar fármacos y protecciones a medida.
Gracias a este estudio científico, los responsables de la NASA están descubriendo mecanismos del sistema inmunitario y procesos de regeneración celular que en la Tierra tardarían décadas en ver, porque aquí la gravedad no permite observar de igual forma muchos de estos comportamientos.











