La antimateria parece sacada de una película de ciencia ficción, pero es algo muy real. Eso sí, pese a que es “algo” que existe y que los físicos llevan décadas produciendo y estudiando, definirlo no es nada sencillo.
Según indica uno de los medios científicos más prestigiosos del mundo, no se trata de una sustancia misteriosa, ni de un material carísimo, sino de una especie de “versión opuesta” de las partículas que forman todo lo que nos rodea. Su comportamiento es tan peculiar que, cuando materia y antimateria se encuentran, ambas pueden aniquilarse y transformar su masa en energía.
Ahora, la pregunta está en qué podemos hacer con esa capacidad energética, es decir, cuáles son sus aplicaciones reales, más allá de la ciencia ficción.
¿Cómo se consigue la antimateria?
Para entender qué es la antimateria hay que entender que prácticamente cada partícula elemental de la materia tiene una antipartícula. El electrón, por ejemplo, tiene al positrón, mientras que el protón tiene al antiprotón. Estas partículas tienen la misma masa que sus equivalentes, pero algunas propiedades, como la carga eléctrica, tienen el signo contrario.

De esta manera, la antimateria puede definirse como el conjunto de partículas que siguen las mismas reglas físicas con determinadas propiedades opuestas.
Desde la década de los 20 se han encontrado y producido muchas antipartículas, hasta llegar a 1995, cuando científicos del CERN consiguieron crear átomos de antihidrógeno.
Cuando una partícula entra en contacto con su antipartícula, ambas pueden aniquilarse y su masa se convierte en energía y otras partículas. Tal es su capacidad que la NASA ha estudiado conceptos de propulsión basados en antiprotones y señala que, sobre el papel, la energía asociada a la aniquilación supera ampliamente a la de los combustibles químicos.
El problema es que producir antimateria, almacenarla y utilizarla resulta extremadamente difícil y caro.
¿Para qué sirve?
Una de sus aplicaciones más conocidas está en la medicina. Los positrones se utilizan en la tomografía por emisión de positrones, más conocida como PET. En esta técnica se administra un radiofármaco que emite positrones y, cuando estos se encuentran con electrones del cuerpo, se producen procesos de aniquilación que generan señales detectables. A partir de ellas se obtiene una imagen funcional que permite estudiar determinadas enfermedades y el funcionamiento de tejidos.

Además, la antimateria es una herramienta para la física. Los laboratorios especializados permiten comparar partículas y antipartículas con una precisión enorme. Estas mediciones ayudan a comprobar teorías y, sobre todo, a estudiar una de las preguntas de la cosmología: por qué el universo observable está dominado por materia si en su origen debieron producirse materia y antimateria en cantidades muy similares.
La posibilidad de utilizar antimateria como combustible espacial es mucho más complicada y no pasa de una mera especulación. Sobre el papel, su capacidad energética sería extraordinaria y podría abrir la puerta a sistemas de propulsión avanzados. Pero convertir esa idea en una tecnología práctica exigiría resolver problemas de producción, almacenamiento, seguridad y eficiencia. Por eso, hablar de coches, centrales eléctricas o naves que funcionen con antimateria sería adelantarse demasiado.











