Vivimos en una sociedad exquisitamente dependiente de la tecnología. Y por ese motivo, cuando algo falla o esa tecnología no está disponible, notamos los efectos. Imagina por un momento que Internet dejase de estar disponible en todo el mundo. Vivir sin Internet era normal hace 40 años, pero es absolutamente impensable a día de hoy.
Pero dentro del pánico que puede generar enfrentarse a la falta de tecnología o a un fallo masivo, el llamado “efecto 2000” se lleva la palma. Fue vaticinado durante años como un cataclismo que acabaría con empresas enteras y que dejaría ordenadores de todo el mundo inservibles. Nada más lejos de la realidad.
¿Qué fue el efecto 2000?
El cambio de milenio estuvo rodeado de entusiasmo y optimismo, porque sonaba a futuro y a una humanidad más avanzada que nunca. Pero también había ciertas profecías y algunos malos augurios, desastres y otras historias alrededor del año 2000.

Pero entre tanta historia, surgió una que parecía tener algo de lógica. A medida que terminaban los años 90, comenzó a correr la teoría del efecto 2000. Durante décadas, muchos sistemas informáticos almacenaban los años con solo dos cifras. Por ejemplo, 1998 se guardaba como “98” y 1999 como “99”. El problema surgía al llegar el año 2000. Cuando el reloj pasara de 1999 a 2000, muchos programas interpretarían “00” como 1900 en lugar de 2000.
Se comenzó a debatir sobre las consecuencias de esto. Muchos expertos comenzaron a lanzar advertencias y temían que ordenadores de bancos, hospitales, centrales eléctricas, aerolíneas y administraciones públicas cometieran errores masivos al procesar fechas y se provocase un caos informático masivo.
Esta información fue aderezada con un catastrofismo que auguraba apagones eléctricos, caída de sistemas bancarios, fallos en aviones, colapso de telecomunicaciones e incluso problemas en instalaciones militares.

El llamado efecto 2000 fue portada de revistas y objeto de debate en radios y televisiones durante años. El miedo generado hizo que muchas personas llegasen a almacenar agua, alimentos, dinero en efectivo e incluso generadores eléctricos por temor a una interrupción prolongada de servicios.
¿Qué pasó realmente?
El hecho de alertar a tiempo y que el problema raíz tuviera cierta lógica hizo que miles de programadores revisaran y corrigieran millones de líneas de código para evitar que los sistemas fallaran al llegar el nuevo milenio. Y llegaron las uvas y las campanadas de la noche del 31 de diciembre de 1999.
Recuerdo las bromas sobre que todo se iba a apagar al dar las doce de la noche y comenzar el año 2000. Nada más lejos de la realidad. Llegó el 1 de enero de 2000 y el desastre nunca ocurrió. Todo siguió funcionando con normalidad y el temido efecto 2000 nunca se produjo.

Bien es cierto que sí aparecieron algunos fallos menores. Hubo registros de errores en algunas bases de datos, máquinas expendedoras, sistemas administrativos y algunos dispositivos electrónicos, pero nada parecido al colapso anunciado. En España, se detectaron problemas menores en dos centrales nucleares, en alguna gasolinera y en el sistema de recogida de datos de tráfico. También fallaron algunos parquímetros, que rechazaban los tickets de coches aparcados antes de medianoche.
¿Por qué no fue la catástrofe anunciada?
La razón de evitar el colapso anunciado fue el trabajo preventivo que se realizó durante años. Como hemos comentado, las consecuencias de la inacción sí podrían haber sido catastróficas, pero empresas, gobiernos y organismos internacionales invirtieron miles de millones de dólares para corregir los sistemas vulnerables antes de la fecha límite.










