Los microcréditos funcionan y la tecnología ha unido al mundo para lograr un cambio

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En 1996 nació una de las primeras monedas digitales del mundo: se llamama E-gold y estaba respaldada por el oro.  Desde entonces han nacido muchas otras monedas virtuales, pero en 2009 nació de la mano de Satoshi Nakamoto la más usada actualmente: el bitcoin.

Lo que pone en evidencia el bitcoin, así como otras monedas o sistemas de pagos que solo existen en el mundo de los ceros y unos, como PayPal, es el poder de la tecnología para forjar confianza entre semejantes, estableciento consenso entre todos los nodos que forman la red.

Pero lo más importante es que estas redes peer-to-peer aplicadas con la tecnología permiten crear un sistema económico descentralizado y no dependiente de gobiernos o bancos.

Internet y sus puertas de acceso al mismo, como pudiera ser un smartphone, permiten de este modo poner en contacto a la gente como nunca antes en la historia, y ello favorece la no dependencia a los bancos y los Estados, pudiendo realizar transacciones o solicitar créditos de igual a igual.

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El banco de los pobres

Este empoderamiento de los ciudadanos y sus economías está permitiendo la creación de bancos para pobres. El caso que está teniendo lugar en Bangladés es paradigmático en ese sentido gracias a Muhammad Yunus.

Yunus nació en el seno de una familia musulmana en el pequeño pueblo de Bathua, en Chittatong (Bangladés), y estudió Economía en la Universidad de Dhaka, obteniendo una beca Fulbright para estudiar el doctorado en la Universidad Vanderbilt, en Estados Unidos. Cuando Yunus regresó a su país, tomó rápidamente conciencia de que la tecnología podría ayudar a subsanar la hambruna que asolaba al país, uno de los más pobres y poblados del mundo.

El enfoque de Yunus fue sortear a las entidades bancarias, porque los bancos persiguen la obtención de beneficios y no les resulta en consecuencia seductor el realizar pequeños préstamo a devolver a cómodos plazos a los habitantes que querían iniciar alguna actividad económica.

Así nació Grameen Bank, una entidad enfocada a proporcionar microcréditos a los más pobres, fundamentalmente mujeres (el colectivo más marginado de Bangladés). Los créditos de esta entidad son solidarios, sin garantías, avales, ni contratos. El éxito del modelo ha permido que se copie en más de cien países de todo el mundo. Tal y como abunda en ello Juan Martínez-Barea en su libro El mundo que viene:

Este banco para pobres ha beneficiado a más de ocho millones de personas, el 96% de ellas mujeres, a las que se les ha prestado, sin avales ni contratos, más de 11.350 millones de dólares. Más del 95% de los préstamos se devuelven. El éxito del Grameen Bank le ha permitido adentrarse en muchas otras áreas, creando todo un abanico de empresas que ofrecen servicios a los más pobres y necesitados: becas de estudio para los hijos de los más pobres, capital riesgo para crear empresas, instalaciones solares para llevar electricidad a los rincones más abandonados, telefonía móvil, etc.

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Empoderamiento móvil

Si Grameen Bank ha demostrado hasta qué punto los microcréditos pueden ayudar a los países más pobres, el peer-to-peer favorecido por las telecomunicaciones ha multiplicado por mil sus efectos.

Lo usos aún rudimentarios de estas nuevas tecnologías de las telecomunicación son, por ejemplo, los de Zambia, donde los campesinos usan el teléfono móvil para comprar semillas y fertilizantes. Y en Kenia, KAZI 560, una agencia de contratación, emplea móviles para conectar a trabajadores potenciales con empleadores potenciales.

M-Pesa (M de móvil y Pesa, dinero en swahili) es un servicio de transferencia bancaria de dinero a través de móvil desarrollado por Safaricom, el operador más importante de Kenia. Con un simple SMS, un keniata puede enviar dinero desde su móvil a otro móvil keniata. Según el Banco Central de Kenia, el valor de las transacciones móviles en 2014 fueron de 25.000 millones de dólares en 911 millones de transacciones.

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Sin embargo, el caso que ejemplifica mejor el poder de la tecnología para conectar personas, incluso en un ámbito tan delicado como el de la economía, es Kiva.

Lo que hace Kiva es poner en contacto a personas de países pobres que necesitan cantidades pequeñas de dinero para abrir o mantener su negocio con colaboradores de países más ricos. Como lo describe Yochai Benkler en El pingüino y el Leviatán: «Kiva lo logra proporcionando información para humanizar los receptores». El prestamista elige a un solicitante en la página de Internet de Kiva y luego procede a depositar el dinero mediante Paypal (también a través de Internet).

Quienes necesitan el crédito deben publicar una foto y un breve texto explicando quiénes son y para qué necesitan ese dinero. Quien realiza el préstamo, pues, puede ver en qué se invierte su dinero, los efectos que genera. Establece un lazo. Y, además, habitualmente recupera la inversión. Tal y como lo explica Peter H. Diamandis en su libro Abundancia:

A principios de 2009 la página había crecido hasta 180.000 empresarios miembros que recibían un millón de dólares de préstamos «a la semana». En febrero de 2011, se realizaba un préstamo Kiva cada diecisiete segundos, por un total de más de 977 millones de dólares. Aunque los tipos de interés de Kiva no existen, su ratio de devolución de los préstamos está por encima del 98 por ciento.

Ése es el poder de la tecnología en su máxima expresión: ha digitalizado el dinero, ha escamoteado las tramas burocráticas y los intereses crematísticos, y ha puesto en contacto a personas de diferentes continentes para realizar algo en común.

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