¿Hasta qué punto altera la música nuestros estados de ánimo?

musica

«La música amansa a las fieras». «Si escuchas música violenta te volverás violento». «Los fetos disfrutan más de Mozart y Vivaldi que del hard rock». Esta última es una frase del prestigioso psiquiatra canadiense Thomas Verny. Pero seguro has oído algo parecido.

La asociación música+estados de ánimo cuenta con gran tradición histórica. Antes del siglo V, cada nota poseía un acorde, no existían más variaciones. El tritono del séptimo acorde fue considerado disonancia durante toda la Edad Media, algo oscuro que evocaba al mismísimo Diablo.

Con el fin de evitarlo, los diferentes sistemas musicales trasladaban la formación de los acordes a otras notas. Y esto generaba monotonía auditiva, aburrimiento. La música necesitaba un cambio.

El pecado de tocar “mal”

Ese «Mi contra Fa» fue perseguido y castigado por la primera Inquisición, comparándolo con los ritos paganos o la brujería, entendiendo que convocaba al mal.

Hasta que Bach lo popularizó en su ‘Tocata y Fuga’, transformando este acorde maldito en ejercicio formal, y sentando las bases de la polifonía moderna, la cual había caído en desuso —pese a ser cultivada por compositores renacentistas como Johannes Ockeghem—.

Sumemos a esto el uso y creciente popularidad del contrapunto, responsabilidad también de Bach, Händel y otros maestros del siglo XVIII y ya tenemos un nuevo escenario armónico donde tonalidades simples pueden construir texturas con cientos de distintos matices. ¿Cuántas canciones se han creado a lo largo de la historia?

Miedo a lo desconocido

Huelga decir que todas estas imposiciones estéticas eran requisito obligatorio, un canon a cumplir si querías entrar en los circuitos de difusión comercial.

Pero una única realidad se impuso: la música no entiende de barreras. Igual que nuestro cerebro humano conserva una enorme plasticidad hasta bien entrados los 30 años, la música fue mutando y adscribiendo capas de historia a partir de esas sencillas siete notas.

Y tal vez la música que escuchemos no nos defina como personas, pero sí como usuarios: las Universidades de Jyväskylä y Helsinki, en Finlandia determinaron en una serie de investigaciones que existe una relación real entre la música que escuchamos y la actividad de nuestro córtex medial prefrontal, alterando —en beneficio o perjuicio— nuestra actitud natural frente a las circunstancias. ¿Tienes un carácter duro? Escucha punk.

El clamor de las trompetas

Es obvio que la música nos afecta, desde la primera nana que escuchamos por voz de nuestra madre hasta la misa que nos despide del mundo. Las gradas de un estadio lleno, apoyado por un ritmo tribal que evoca a las bandas militares en pleno frente de batalla, insuflando coraje y valor; los cánticos calmando la furia de dioses arcanos: sin música estaríamos solos.

Varias instituciones como la American Academy of Pediatrics (EE.UU) o la Facultad de Psicología BUAP (México) recurrieron al MMPI (Inventario Multifásico de Personalidad de Minnesota), un popular test usado en el campo de la salud mental, para determinar hasta qué punto la música alteraba la personalidad.

A través de fragmentos de 3 a 5 minutos, hasta los 47 minutos, se comprobó una tendencia común: tras la sesión de metal, rock y punk, los “pacientes” confirmaron una mejora en el bienestar. Una especie de liberación. Las músicas tranquilas en cambio eran meros ambientes, geniales para prestar atención a otras actividades y servir como herramienta en la concentración.

Apoyado por estudios de corte similar, otra investigación del Journal of Consumer Research concluyó que los oyentes prefieren escuchar música en consonancia con su estado emocional: si estás triste y escuchas música triste, ésta puede servir tanto como sustituto para ese estado de ánimo, como recurso empático para entender algo que nos es ajeno.

La música triste puede ayudar incluso en aquellas relaciones donde se está pasando por una mala racha. Al otro lado de la balanza, según científicos de la Universidad de Missouri, la contrapartida alegre mejora el humor natural, el estado de ánimo general y percepción. ¿Tal vez escuchemos distintos estilos como gratificación, para reafirmarnos?

Sinestesia musical

La música nos cala hasta lo más profundo de nosotros, toca nuestras fibras sensibles: un simple pasaje de acústica puede arrancarnos las lágrimas, unas frases rapeadas hacernos estallar en rabia o «sentir en las tripas» una línea de bajo que nos haga bailar de manera inconsciente.

Esta es la idea con la que se diseñó Basslet, un pequeño smartwatch que usa un motor háptico —como el de los mandos de las consolas— enviando vibraciones por nuestra piel, al ritmo de las canciones.

Este pequeño motor genera frecuencias desde los 10 Hz hasta los 250 Hz, traduciendo la acústica a través de la modulación. De esta manera se produce sinestesia, sintiendo de manera literal la música, similar a esas sensaciones buscadas por el Trance Vibrator del videojuego REZ.

¿Por qué es azul el lunes más triste del año?

Si has oído hablar del popular “blue monday” seguramente te preguntes: «¿por qué azul?». Esta fecha, promovida por Cliff Arnall, profesor del Centre for Lifelong Learning, hace referencia a un estado de ánimo de decaimiento y sensación de fracaso.

La fórmula mezcla deuda económica, sueldo, tiempo atmosférico, tiempo transcurrido desde Navidad y desde que abandonamos nuestros propósitos de año nuevo, necesidad de cambio o novedad y niveles de motivación para llevar a cabo esos cambios.

Y la fórmula, como es obvio, no deja de ser un ejercicio para hablar de nuestra permeabilidad emocional, una herencia de ese «feeling blue» anglosajón, de la lluvia que son lágrimas, según el viejo mito de Zeus.

Hace día de balada

En la música, estas asociaciones de colores van más allá: el rojo es común atribuirlo al power rock, el amarillo al pop británico (desde The Kinks a Blur), el verde al punk adolescente, aunque también al folk y el bluegrass, el negro al metal en toda su genealogía, el violeta a la música electrónica minimalista o el blanco a la música de cámara. Hay artistas que incluso han llevado esta teoría a su obra.

En Spotify están seguros de la conexión entre colores, clima y lo que sus usuarios reproducen, según análisis llevados a cabo por el equipo de Ian Anderson, uno de los principales investigadores de Spotify.

Tanto es así que, en exclusiva para navegadores con soporte 3D, han creado Climatune, un servicio desarrollado junto a Accuweather, con el que generan listas de reproducción según las condiciones climáticas de tu ciudad. Tras un año de estudios, y comparando los datos con 1.000 estaciones meteorológicas y más de 85.000 millones de reproducciones de los suscriptores, el servicio ha detectado que, efectivamente, a veces tenemos días azules.

Respondiendo a la pregunta original: la música puede cambiarnos. ¿Hasta qué punto? Hasta donde nos dejemos llevar.

Etiquetas: