El crowdfunding quiere pagarte tu matrícula para la universidad

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¿Os acordáis de la serie ‘Doctor en Alaska’, o ‘Northern Exposure’, como era su título original? Su protagonista, Joel Fleischman, había pedido un crédito al estado de Alaska para poder estudiar medicina en la universidad de Columbia, en Nueva York, y cuando terminó la carrera, llegó la hora de devolver ese crédito. ¿La forma de hacerlo? Irse a trabajar durante cuatro años como médico a Cicely, Alaska.

Esto es la premisa de una serie de televisión, pero recoge una realidad muy habitual en Estados Unidos y que cada vez se extiende más, por ejemplo, a Europa, donde están reduciéndose las becas universitarias y sustituyéndose con programas de créditos bancarios. Si a eso se le añade la subida en las tasas universitarias, encontramos a amplios sectores de la población que, de repente, tienen muy complicado el acceso a una educación superior. Y ahí entra un nuevo factor: el crowdfunding.

¿Qué es el crowdfunding?

El crowdfunding, crowdsourcing o como se ha traducido en español, micromecenazgo, es una forma de financiación de proyectos de lo más diverso que se basa en que un gran número de personas aporte una cantidad relativamente pequeña de dinero. Esas personas pasan a ser mecenas de ese proyecto, los inversores que han conseguido que tenga el dinero necesario para ponerse en marcha.

Aunque se popularizó tal y como lo conocemos ahora a mediados de la década pasada, esta manera de financiarse era habitual, por ejemplo, en el siglo XIX para levantar determinadas estatuas o monumentos. La Estatua de la Libertad, por ejemplo, se construyó gracias a 160.000 donaciones conseguidas a través de la campaña de un periódico neoyorquino y, en 1997, los fans de la banda de metal Marillion donaron unos 60.000 dólares, para pagar su gira estadounidense, mediante una campaña por internet.

Uno de los ejemplos recientes más significativos de la capacidad de movilización de estas iniciativas de micromecenazgo se vio en 2013, cuando los fans de la serie ‘Veronica Mars’ donaron más de dos millones de dólares (el objetivo inicial de su campaña a través de Kickstarter) en menos de 24 horas. La cifra final cuando se cerró la iniciativa, un mes después, superaba los cinco millones.

La brecha social de las tasas

El crowdfunding ha tenido éxito aplicado a las artes, que cada vez tienen más dificultades para encontrar financiación si no demuestran a los inversores que pueden reportar beneficios, así que, ¿por qué no puede aplicarse a labores sociales como ayudar a estudiantes que quieran ir a la universidad, pero que no puedan pagar las tasas? En España, por ejemplo, el diario Cinco Días apuntaba el año pasado que el coste medio de las matrículas de grado había subido 540 euros en dos años, y que aquellos que no pudieran beneficiarse de los descuentos por haber obtenido matrículas de honor podrían tener que pagar 1.400 euros.

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Estas subidas de las tasas (hay que tener en cuenta que en España se paga por crédito matriculado) aumenta la brecha entre quienes pueden pagarse una educación superior y los que no. El Observatorio de Estudios Universitarios publicó en 2014 un estudio en el que se apuntaba, por ejemplo, que las tasas universitarias en la Comunidad de Madrid habían subido un 68% desde el curso 2010/11, y que, en relación con el nivel adquisitivo de la población, España era el sexto país con las matrículas de grados más caras.

Dorothee Stapelfeldt, senadora de ciencia por Hamburgo (Alemania), afirmaba el año pasado a la revista Forbes que “las tasas son socialmente injustas. Sobre todo, desaniman de estudiar a jóvenes que no tienen una tradición académica en su familia”. En el norte de Europa, bastantes países han eliminado las tasas para sus universitarios (sí se las cobran a los estudiantes extranjeros), y es en otros lugares, como Francia, Reino Unido o España, donde están planteándose otras iniciativas que faciliten el acceso a la universidad a un sector más amplio de la población.

El estudiante “financiado”

¿Quiénes son, por tanto, las personas que pueden acceder a estos proyectos de crowdfunding? Wishbone, por ejemplo, explica que encuentra a estudiantes de instituto con escasos ingresos económicos a los que ayuda a seguir programas educativos estivales a través del micromecenazgo, y los donantes reciben información sobre cómo le ha ido académicamente a ese estudiante al que han apoyado. Lo habitual es que encontremos a chicos y chicas que han sido aceptados en programas pre-universitarios por sus buenas notas, pero que no tienen dinero para pagarlos.

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En Francia, este modelo de financiación está atrayendo bastante atención, y en páginas como Eduklab se alojan proyectos de lo más variado, desde semestres estudiando en el extranjero hasta doctorados. Como en toda web de crowdfunding, los donantes reciben recompensas, desde camisetas a cartas de agradecimiento a, como decíamos antes, la posibilidad de seguir la evolución académica del estudiante al que han ayudado.

Pero el alcance del micromecenazgo aplicado a la educación no queda aquí. Hay iniciativas, como Adopt a classroom, que permite que lo que los mecenas paguen no sea tanto una carrera universitaria, sino el material necesario para dar algunas clases en colegios e institutos que se han visto muy sacudidos por recortes en financiación. Esto permite que los profesores compren online lo que les haga falta para sus clases sin tener que poner dinero de su bolsillo.

El crowdfunding está al alza

La popularidad de esta financiación colectiva de proyectos que, de otras maneras, no podrían ver la luz tiene, seguramente, la culpa de que cada vez más estudiantes recurran a ella para pagar sus estudios. Casos como el de la película ‘El cosmonauta’ dieron a conocer el crowdfunding en España y pueden haber ayudado a que este mercado, en general, creciera en nuestro país de 29 millones de euros en 2013, a 62 al año siguiente. Son datos de un estudio de la Universidad de Cambridge sobre la implantación de la finaciación alternativa en Europa, y en ese aumento hay que incluir también las iniciativas educativas.

De hecho, algunas universidades españolas han puesto en marcha sus propios programas de micromecenazgo. La Universidad de Valencia puso en marcha Uniempren, por ejemplo, aunque está más orientado a ayudar a los recién graduados a montar sus propias empresas, y la Universidad Politécnica de Cataluña ha utilizado la web Goteo para financiar proyectos de investigación de sus alumnos. Otros centros, como la Pompeu Fabra o la Universidad de Valladolid, convalidan créditos a los estudiantes que hayan realizado trabajos de cooperación y voluntariado.

Otras formas de financiarse

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Es cierto que el crowdfunding para pagar la matrícula está más extendido en Estados Unidos porque, allí, un estudiante puede tener que pagar más de 22.000 euros de matrícula y la única manera de hacerlo es pedir un préstamo al banco que después tiene que devolver, con sus correspondientes intereses. Hay quien empieza a recurrir en Europa a préstamos entre particulares, que tienen condiciones más ventajosas que el que puede ofrecer una entidad bancaria.

Lendico, por ejemplo, es una compañía online que se dedica precisamente a eso. Tú les solicitas un préstamo, ellos estudian su viabilidad y lo publican en su web en busca de inversores, que pueden aportar la cantidad de dinero que quieran y a los que se les devuelve ese dinero en plazos flexibles y con un menor tipo de interés que el de un banco. Alessandro Bracco, director general de la sede española de Lendico, explicaba a Cinco Días que “en España, los préstamos por estudios solo representan entre un 3% y un 5% del total. En EE UU, en cambio, son la segunda categoría más importante, solo por detrás de créditos para el consumo”.

El resumen es que si eres estudiante universitario, no cumples los requisitos para que te den una beca y no tienes suficiente dinero para pagar la matrícula, tienes tres opciones: pedir un crédito al banco, solicitar un préstamo P2P o recurrir al crowdfunding. En las dos primeras opciones, hay condiciones para devolver el dinero (más o menos flexibles), mientras en la tercera  se depende más de la buena voluntad de la gente y de la responsabilidad del estudiante, de cuyo rendimiento académico no sólo va a estar pendiente su madre. Así, a lo mejor, no tiene que irse a trabajar a Alaska para devolver su préstamo universitario.

Imagen | Medialab Prado, Simon Cunningham

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