¿Puede quererte un ordenador?

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– Siri, ¿Has estado enamorada alguna vez?

– Yo no diría tanto, pero tuve fuertes sentimientos por una app una vez.

Seguramente, Siri, cuando le preguntamos por su vida amorosa y nos responde eso, nos está vacilando. Seguramente, son un par de decenas líneas de código en algún servidor cerca de Mountain View. Seguramente, una idea de un desarrollador ingenioso que, previendo que juguetearíamos aburridos con el asistente virtual, quiso incluir una broma inocente. No sería raro, hay más. Pero ¿y si no lo es?

En los últimos años, cada vez vemos más películas que nos hablan de gente “sintiendo cosas” por un ordenador. No es que sea algo nuevo, pero Her o Un amigo para Frank están, como diría Richard Rorty, educando nuestra imaginación moral para ayudarnos a convivir con esos seres extraños, virtuales y construidos. Va llegando la hora de hacernos la pregunta contraria, ¿podría querernos un ordenador?

¿Puede un robot sentir cosas?

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En 1978, Daniel Dennett, uno de los filósofos de la mente más importantes del siglo, escribió “¿Puede un ordenador sentir dolor?” y tras analizar la cuestión se respondía que no, que hay ciertos estados que son demasiado complejos, desordenados y confusos como para poder ser programables.

No es una opinión aislada. David Havas, director del Laboratory for Language and Emotion de la Universidad de Wisconsin-Whitewater decía queno se puede construir un ordendor sin cuerpo que sienta amor. Aunque tratando de replicar esa emoción, pueden producirse aparatos maravillosos nunca podrá lograrse el mismo resultado“.

La idea de que necesitamos cuerpo para sentir emociones se ha generalizado los últimos años porque los estudios de ‘Embodied Cognition‘ han resaltado la importancia del cuerpo en el el procesamiento cognitivo. Pero algunos expertos, como Matthew Fulkerson, profesor de la Universidad de California San Diego, sostienen que una representación virtual del cuerpo que simule el sistema neuro-endocrino sería suficiente. “Una máquina, en realidad, no tiene que poseer todas las características del amor para ser tratado como si tuviera pensamientos, deseos y sentimientos reales“, comenta Fulkerson.

Amor a medias

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Fania Pascal contaba una anécdota sobre Wittgenstein que siempre me hace dudar sobre si el filósofo austriaco no era en realidad parte del reparto de Big Band Theory.

Me habían operado de las amígdalas y me encontraba en el Evelyn Nursing Home sintiendo pena de mí misma. Wittgenstein vino a visitarme. Yo dije con voz ronca: “Me siento como un perro al que acaban de atropellar”. Él se disgustó: “Tú no sabes cómo se siente un perro que acaba de ser atropellado”.

Vale, Wittgenstein era especialito. El resto de los mortales aceptaríamos la licencia de Pascal. Y la contraria, que las mascotas tienen sentimientos. Es evidente que las emociones y sentimientos de los animales domésticos son totalmente diferentes a los nuestros; pero, en general, no tenemos problema en decir que están contentos, tristes o incluso, y prometo que lo he escuchado, enamorados. No nos importa tanto si sienten del todo, con que sientan lo suficiente nos basta. Es previsible, como recuerda Fulkerson, que eso pase con las máquinas.

Dennett lleva razón en que el amor humano es algo muy sofisticado. No estamos hablando del apego etológico (los patitos siguiendo a la madre pata), estamos hablando de estructuras emocionales en constante cambio para equilibrar las interacciones sociales en entornos muy complejos. Es lógico que a los filósofos les cueste concebir de qué manera podría existir un entorno tan rico como para hacer que un ordenador pueda aprender a amar. Aunque también es verdad que en 1978, internet era una niña de diez años jugando en el patio de la base americana donde trabajaba su papá. Ahora está llena de amor, de lo que algunas llaman amor cuando quieren decir otra cosa y de un montón de gente interactuando entre ellos. Con el “cuerpo virtual” de Fulkerson y tres o cuatro APIs de redes sociales, la posibilidad del ‘machine loving’ es real. Será raro y no acabaremos de entenderlo, pero todos seremos el Romeo o la Julieta de algo. Si no lo estamos siendo ya.

El azar y la necesidad

Déjenme dar un pequeño rodeo: Hay una charla de Patrick Lin en la que habla sobre el dilema ético que plantea la programación de los coches autónomos:

Si condujéramos el automóvil en modo manual, de cualquier forma que quisiéramos reaccionar [en caso de un choque inminente, con posible escapatoria hacia derecha o izquierda] se entendería sólo como eso, una reacción y no una decisión deliberada. Sería un movimiento de pánico instintivo sin premeditación o malicia.

Pero si un programador tuviera que asignar al auto hacer un movimiento, dadas las condiciones que pueden presentarse en el futuro, bueno, eso se parece más a homicidio premeditado (porque) los accidentes pueden suceder y sucederán, y cuando sucedan, los resultados pueden determinarse con meses o años de antelación por programadores.

Mucho menos dramático, pero en el amor se da el mismo dilema. A priori, tendemos a pensar que tras cada interacción habrá un programador deshojando la margarita: ahora lo quiere, ahora no lo quiere. Y eso es un problema. Las primeras técnicas de terapia de pareja incluían instrucciones como “besa a tu pareja una vez al día”, “salid a cenar una vez a la semana”, “llámala un par de veces al día”. Fueron, aquí entre nosotros, un fracaso: no queremos que nos quieran por una ‘norma’ o una ‘regla’.

Si nos fijamos en Her, Samantha, el asistente virtual interpretado por Scarlett Johanson, es distinta. Como dice Brandom Kein, no ejecuta determinadas subrutinas: su amor crece, se desarrolla. Se enamora: siente pasión, fascinación, cariño; bugs en el estómago. 

Imágenes | Betsy Weber

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