¿De verdad es incompatible jugar con la tecnología y los columpios?

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La dualidad lejos de ser negativa es beneficiosa. Cuantas más opciones haya, más rico será el crecimiento y el desarrollo de las personas. Aún así, el debate eterno en torno a la utilidad y beneficio de la tecnología en los más pequeños sigue teniendo la contrarréplica en quienes mantienen una postura a favor del constante contacto con el medio ambiente en vez de jugar con las últimas novedades que llegan a tablets, smartphones o portátiles. El desarrollo busca abrir frentes y proponer nuevos retos, no incompatibilidades. Tecnología y aire libre son una pareja indispensable en la vida de los niños. Un buen uso de ambas actividades fortalecerá a las nuevas generaciones que un día de estos verán este enfrentamiento como algo sinsentido.

Dos expertos en la materia, Andrés Mohorte y Armando Bastida, establecen cuáles son los puntos fuertes sobre la tecnología y el ocio de toda la vida según sus criterios.

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Periodista. Desde el punto de vista académico, especializado tanto en historia como en deporte. Desde el punto de vista práctico, especializado en música. Desde el punto de vista cotidiano, especializado en un sinfín de materias con poco en común tras largas horas perdidas en los confines de Internet: infraestructuras, geografía, industria pesada, lenguas minoritarias, política internacional, etcétera. @Mohorte

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Mi nombre es Armando, soy enfermero y trabajo en un Centro de Atención Primaria, en el que trabajo en el servicio de pediatría. Tengo tres hijos, Jon, de 9 años, Aran, de 6, y Guim, que llegó en marzo del 2012. Desde que Jon nació mi vida ha cambiado profundamente. Mi escala de valores entró en la centrifugadora y lo que antes estaba arriba, ahora está abajo. Disfruto aprendiendo con y DE los niños, y disfruto explicándolo a quien le gusta escuchar (o leer). @Armando_Bastida

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Los niños se divierten más con la tecnología más moderna

Es lógico. Los videojuegos actuales, sumados a las infinitas posibilidades que ofrecen los dispositivos portátiles como los teléfonos móviles o las tabletas, son un vivero de ideas originales y atrevidas. Esto tiene varios efectos positivos: por un lado, los niños se enfrentan de forma constante a nuevos retos que estimulan sus capacidades cognitivas (hay miles de videojuegos); por otro, la posibilidad de diseñar aparatos tecnológicos cada vez más sofisticados permite incorporar nuevas herramientas lúdicas y de aprendizaje adaptadas a las posibilidades de cada chaval.

Hay estudios al respecto. En este, por ejemplo, se argumenta que la interactividad del videojuego, en el que el niño siempre tiene que estar alerta participando en los distintos retos que proponen las consolas, crea situaciones de constante competitividad y desafío a resolver por parte de los jugadores. Ambos son elementos claves para explicar por qué la experiencia de los niños y adolescentes con los videojuegos es tan satisfactoria. Es difícil aburrirte cuando siempre estás obligado a superarte.

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Hay vida fuera de la pantalla

La tecnología moderna es más golosa, más llamativa y supone una diversión más rápida y directa. Esto quiere decir que en un momento los tienes atentos a la pantalla, controlados y haciendo poco ruido. A los padres esto les va bien, pero claro, no es un modo adecuado de crecer, desarrollarte y aprender de la vida el quedarte pegado a una pantalla porque dejas de hacer cosas tan importantes como el compartir tiempo y espacio con otros niños, hablar, gritar, inventar juegos, etc., por no hablar del ejercicio indirecto.

Si sales a la calle ya te estás moviendo, si juegas con tus amigos, acabas corriendo, en el parque, jugando a pillar, a la pelota, con la goma elástica, una comba,… las nuevas tecnologías están contribuyendo claramente a la epidemia de obesidad infantil actual, como podemos ver en una revisión de estudios que concluyó, ya en el 2006, que a más horas de tecnología, más riesgo de obesidad.

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La facilidad para jugar a cualquier hora vs tener que desplazarse a fuera

Pensemos en las largas horas que un niño puede pasar en un coche viajando por una autovía. La posibilidad de tener al alcance de su mano una multitud de herramientas para entretenerse es estupenda. Lo mismo cuando, como este verano, hace mucho calor o mucho frío en la calle: la tecnología siempre le permite estar entretenido en cualquier momento y lugar, al margen de las circunstancias externas. No depende únicamente de factores ajenos para divertirse.

Por otro lado, pensemos que no todos los niños tienen la oportunidad de salir a la calle en un entorno saludable y encontrarse con su grupo de amigos con seguridad. Muchos niños viven en condiciones no ideales, en entornos urbanos masificados y repletos de edificios de cemento, con diversos problemas sociales aparejados que pueden observar en la esquina de su manzana. Para ellos, encontrar un parque o actividades alternativas de ocio lejos de sus casas implica desplazamientos y cierta atención que quizá sus padres no puedan proveerles. Desde este punto de vista, los videojuegos le permiten encontrar una actividad ociosa enriquecedora.

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Sociabilización en familia

Puedo entender que en algunos momentos el ocio tecnológico sea visto como una solución, y sobre todo si tenemos en cuenta que los niños de hoy en día rara vez bajan a la calle solos. En otros tiempos sí, pero ahora los padres no se atreven y van con los niños allí donde puedan jugar y correr. Como los horarios y obligaciones de los padres son cada vez más estrictos, el tiempo libre para ir a jugar con el niño es menor, y acaba en casa enchufado a la maquinita.

Si encima es verano y hace calor, que a nadie le apetece salir, ni te cuento. Pues igual vale la pena quedar con otros padres y madres para que de algún modo los niños puedan salir y tengan al menos a un adulto que pueda hacerse cargo de ellos. Y si hace calor, una guerra de agua, con globos o pistolas de agua, o una tarde en la piscina, seguro que les hará olvidar por completo que en casa tienen una consola o tablet muerta de risa.

Además, cuando un niño hace amigos, cuando tiene a unos mejores amigos, no tiene problema ir donde sea a la hora que sea para jugar con él.

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Es un miedo solo de los padres

Lo es, y a menudo está fundado en un alarmismo excesivo fruto de una lógica brecha generacional. Nuestros padres no tuvieron una infancia nativa en Internet o en otros elementos tecnológicos y digitales. Y por tanto les asusta que sus hijos pasen tantas (cuando en realidad suelen ser “más”) horas delante de una pantalla. En realidad, se trata simplemente de saber llevar el juego con moderación, no tanto del juego en sí. El reto al que se enfrentan los padres es el mismo que hace años, sólo cambian las herramientas.

De hecho, una de las claves es no caer en el alarmismo y comprender los nuevos hábitos lúdicos de la infancia, como explican diversos pedagogos y expertos en la materia. Es cierto que hay que tener cuidado con las pantallas porque pueden suponer una fuente de adicción para los niños, pero no lo es que el mero de hecho de encontrar entretenimiento diario en un videojuego implique adicción o un problema por parte de nuestros hijos. Al igual que en otros aspectos de la vida, lo relevante es conocer los hábitos del niño, moderarlos y saber administrarlos con inteligencia. El tiempo de ocio en la infancia se puede repartir en muy distintas tareas. Hace tres generaciones los padres estaban igualmente alarmados por la televisión y sus efectos sobre los niños. Hoy son los smartphones.

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Prepararse para el futuro

Pese a que los videojuegos pueden ayudar a los niños en muchos sentidos, no dejan de ser un estilo de juego y ocio que afecta al desarrollo social y emocional de los niños, como se comentó hace unos meses en la revista Pediatrics. Al pasar mucho tiempo ante la pantalla pierden un tiempo que bien podrían estar compartiendo con otros niños inventando juegos, explicando sus inquietudes, sufriendo problemas entre sí, encontrando soluciones, etc., vamos, lo que es la vida para un niño, que no deja de ser una preparación y un conseguir herramientas y tablas para el futuro. Herramientas que reciben el nombre de inteligencia emocional, que es la capacidad de una persona de conocer y saber expresar sus emociones de manera equilibrada, ser capaz de entender también las emociones de los demás y comportarnos en base a esa capacidad. No, no es una cuestión solo de miedo por parte de los padres, es una realidad que está afectando a nuestros hijos de un modo que aún tenemos que acabar de descubrir. Digamos que es como un gigantesco experimento social cuya evaluación aún no se ha realizado en profundidad.

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La sociabilización jugando es más real en la calle vs online

Aunque es innegable que se socializa más y mejor en la calle que frente a una pantalla, muchos juegos incorporan foros y chats y modos de juego en grupo. Además, compartir una afición te permite conocer a gente con la que quizá tengas más en común, acudes a las redes, a webs de Internet donde entras en contacto con personas interesadas en lo mismo, etcétera. Los adultos lo hacemos constantemente por Twitter o Facebook, por ejemplo. Desde ese punto de vista, no se trata tanto de un problema específico de los más pequeños sino de nuevos hábitos que están cambiando los roles sociales, las amistades y la forma de interrelaciones con nuestro entorno, que ya no es el universo pequeño y cerrado de antaño sino que se ha expandido de forma exponencial.

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La relación cara a cara

Es cierto que hay videojuegos multijugador y que puedes incluso comunicarte con los compañeros, pero no deja de ser una comunicación completamente limitada. No es lo mismo escribir algo que expresar algo, porque escribir no es lo mismo que hablar, y hablar bien, saber decir las cosas, comunicar, es en cierto modo un arte. Un arte que se aprende y que debe ir combinado de una comunicación no verbal (gestos, miradas, etc.) que acompañen a la palabra.

Es como comparar el hablar las cosas importantes por el móvil, vía WhatsApp, con hablar directamente con la persona. Los tiempos están cambiando y hoy en día muchos jóvenes se enamoran, se dicen las cosas relevantes y hasta acaban sus relaciones por el móvil (no son los únicos, muchos adultos lo hacen también). Se pierden ciertos valores.

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Los videojuegos solo son ocio, no aprendizaje

Como ya hemos visto, es una afirmación incorrecta. Los videojuegos cada vez más tienen un obvio componente de aprendizaje. Aunque sólo sea involuntario o desarrolle otros sentidos (como el espacial, por ejemplo), no se debe entender jugar a la Xbox (o a cualquier otra consola) como una forma de gastar neuronas inútilmente. Es un ejercicio mental muy activo que requiere de inteligencia, precisión y concentración. En ocasiones, de hecho, es incluso demasiado difícil, algo que quizá penaliza el proceso de aprendizaje de los jugadores menos avezados, pero sus beneficios como “máquinas de aprendizaje” son indudables en muchísimos casos.

Por supuesto, hay “buenos” y “malos” videojuegos en ese sentido, y no todos tienen las mismas virtudes educativas. El ocio también juega un papel importante porque, bueno, al fin y al cabo es ocio, pero no es nada que no se pueda reprochar a la televisión, a la radio, a las revistas o incluso a los libros. De nuevo, se trata de saber seleccionar la clase de entretenimiento y de ocio que somos capaces de ofrecer a nuestros hijos, pero no negar la mayor de un universo amplísimo.

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El grupo que ayuda

Como he comentado más arriba, con los videojuegos sí se pueden aprender cosas, pero es tanto lo que se puede aprender en la calle que no puedo dejar de explicar las bondades de salir de casa.

Si hablamos de parques, las relaciones entre niños se enriquecen porque tienen que aprender a establecer acuerdos y pactos. No hay columpios para todos, así que los niños aprenden a turnarse. Cuando además comparten espacio, deben decidir cómo usarlos y ellos mismos llegan a crear normas para, durante ese rato, no hacerse daño. Normas como que el tobogán es para bajar pero no para subir, normas como la de no empujar si estás detrás de un niño al que le cuesta más subir, etc. Podría decirse que es un pequeño entrenamiento para la convivencia.

Si damos un paso más y hablamos de niños que van al bosque o a la montaña, las posibilidades se multiplican. Queda atrás la negociación de los parques porque allí hay árboles para todos y entonces añadimos el trabajo en grupo, la cooperación para lograr un objetivo común, con niños cogiendo materiales para crear una casita, una cabaña o un pequeño puente que cruce un riachuelo, o para jugar juntos a ser Indiana Jones (o Tadeo Jones), y explorar sitios nuevos, caminos desconocidos y conocer, valorar y respetar la naturaleza.

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Adaptarse a una sociedad tecnológica

Caminamos cada vez más (estamos en ella) hacia una sociedad plenamente digital, de modo que es muy positivo que los niños cada vez entren en contacto a edades más tempranas con la tecnología. Si domina nuestras vidas (laborales, culturales, sociales), imaginemos hasta qué punto va a hacerlo en las suyas. ¿O acaso podemos pensar en qué sería de un niño no-nativo digital dentro de cuarenta años? Un trabajador menos competitivo, ni más ni menos. Es la teoría que sugiere este libro, donde se exploran los múltiples beneficios de cara al futuro de un aprendizaje temprano de la tecnología. Las dinámicas de uso de las herramientas tecnológicas se aprenden con mayor facilidad, como casi todo en esta vida, cuando uno es pequeño, de modo que, si sabemos que el futuro va a estar repleto de tecnología, sería absurdo plantear que la tecnología no estuviera presente en sus vidas durante el presente, durante su infancia.

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El equilibrio es la clave

No hablo de sacar a los niños de la ciudad y meterlos a vivir en el campo, alejados de cualquier novedad tecnológica, sino de buscar un equilibrio o, en todo caso, crear un desequilibrio donde pesen más las relaciones interpersonales que la relación “niño-máquina”. Nosotros, los padres, ya vivimos en una era de la comunicación a través de la pantalla y es inevitable que ellos la lleven incluso a un próximo nivel. Pronto tendrán teléfono, tablet y se comunicarán como hacemos nosotros, acabando también presas de las redes sociales y, en cierto modo, esclavos del hablar por hablar y de la espera de esa notificación que calme la sed de ser valorado y aceptado como amigo, incluso por gente que no conoces físicamente (científicos de la Universidad Libre de Berlín explicaron en 2013 que los “Me gusta” activan el centro del placer de nuestro cerebro, que actúan de recompensa, de igual modo que lo hacen el sexo o las drogas).

No lo podemos evitar, no les podemos abstraer de la era tecnológica, pero sí podemos hacer que cuando llegue ese momento conozcan el mundo exterior, sepan relacionarse cara a cara con cualquier persona (y no me refiero a hablar, que eso lo sabemos hacer todos, sino a seguir el código de conducta universal) y sientan las ganas y la necesidad de ver de nuevo, de vez en cuando, la naturaleza; esos ríos, lagos, árboles y montañas que conocieron de pequeños y que luego vuelvan al mundanal ruido de las pantallas, los botones y la estresante y a la vez sedentaria vida tecnológica con un poco de tranquilidad y recarga de pilas con el oxígeno y la vida del mundo exterior.

Fotos | Hernán Piñera, Katshuito Nojiri, Pbkweee, Kevin Colvin

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