¿Tu profesor de universidad podría ser un niño?

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¿Alguien diría no a un Pablo Picasso de 15 años tras haber pitado La primera comunión (1895)? ¿O a un Beethoven de 11 años que ya componía y que a los 12 tenía sus tres primeras Sonatas para Piano WoO 47 (1792-1793) o su primer Concierto para Piano (1784)? La duda ofende viendo en lo que se convirtieron ambos grandes artistas con el paso de las décadas. Hoy todos presumiríamos gustosos de haber recibido clases de niños tan talentosos como los mencionados, solo que para ello tiene que llegar el prestigio, los años y el reconocimiento, por lo que la universidad les hubiese cerrado las puertas.

La velocidad del momento

Hoy este reconocimiento surge de forma más instantánea. El talento se globaliza a golpe de mechas que prenden en un medio digital y acaban viralizándose de Estados Unidos a India, pasando por España en apenas minutos, lo que lleve la traducción y adaptación antes de publicarse. Si aparecen niños de apenas 7 años que crean su primera aplicación para el móvil, como es el caso de la estadounidense Zora Ball, al instante sabremos que tiene un récord mundial como la programadora de videojuegos más joven de la historia. De la misma forma que a chavales de 14 años como Santiago Gonzalez se les etiqueta rápidamente como el “futuro Steve Jobs”.

“Si esto pasa es porque ese niño tiene una brillantez determinada”, nos comenta al respecto Enrique Dans, profesor en el IE Bussiness School. “Es algo que va a suceder. ¿Por qué no puede ocurrir que si aparece un Mozart dé clases de música en algún sitio a los 10 años? Tendría una serie de cosas que enseñar.”

Este talento también se encuentra en España, con jóvenes que rompen barreras a unas edades poco esperadas: “Yo ayer estaba loco intentando localizar a un chaval al que he visto que es de La Coruña”, señala Enrique Dans, “que había sido aceptado en el Programa de creatividad de la Raspberrry Pi Foundation. Me encantaría localizar a este chaval, lo he puesto en Twitter a ver si me contacta. Creo que debe tener entre 16 ó 17 años y lo han aceptado en este programa que conlleva una selección determinada. Me encantaría conocerlo y meterlo en una clase para que nos cuente cómo enfoca él su relación con la tecnología o qué se plantea entre la relación de hardware, software y diseño que son los componentes de un proyecto tecnológico”.

Los nuevos maestros de la tecnología

La llamada “Segunda generación digital” cuenta con el aliciente de haber nacido con la tecnología asimilada de forma natural. No necesitan adaptarse a ella, su vida gira en torno a la tecnología en todos los ámbitos, han pasado de usarla a ser sus propios creadores, adaptándola desde niños con una facilidad asombrosa.

Hace unos años podría sorprender la noticia de un niño como el estadounidense Thomas Suarez convirtiéndose en desarrollador de aplicaciones con tan solo 11 años, con su propia compañía, CarrotCorp. Hoy su caso ya tiene varias réplicas en distintas partes del mundo, lo cual no deja de ser apasionante. El propio Suarez protagonizó una de las conferencias para el evento TED (Tecnología, Entretenimiento y Diseño) donde compartió su visión.

Él mismo lanza la idea: “En este momento los estudiantes suelen conocer un poco más de tecnología que los profesores. ¡No muchos padres saben cómo hacer aplicaciones!”. Según él mismo, “a una gran cantidad de niños les gusta jugar a juegos, pero ahora muchos quieren hacerlos. Y es difícil, porque no muchos saben dónde ir a encontrar cómo hacer un programa. Cualquier estudiante de mi colegio puede venir y aprender cómo desarrollar una aplicación. Puedo compartir mi experiencia con otros.”

Si un niño de tan solo 12 años puede lograr este poder de conocimiento y desarrollo en un campo tan complejo, ¿por qué no darle la oportunidad de transmitir su visión al resto? Thomas Suarez, quien triunfó en un inicio gracias a una aplicación que se burlaba de Justin Bieber (Bustin Jieber), es una mente privilegiada que en un futuro apunta a aportar novedades interesantes en la tecnología. Ahora está centrado en un desarrollo que mejora la impresión 3D y aumenta hasta 10 veces la velocidad actual de otros modelos.

“No veo ningún problema en que de repente aparezca un alumno que maneje una herramienta fantásticamente bien o tenga unos conocimientos determinados o una preparación o inspiración que pueda utilizarla para ayudar a otros”, señala Enrique Dans.

Rompiendo con el cliché desde el prestigio

El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) se ha destacado a lo largo de los años por ser una referencia entre las universidades privadas estadounidenses y a nivel mundial. La institución, fundada en 1861 rompió con el tabú de la edad hace muchos años. El prestigioso filósofo Saul Kripke estuvo impartiendo un curso de postgrado sobre lógica durante su segundo año en Harvard, cuando solo contaba con 19 años.

Aunque el record del mundo esté en manos de Michael Kearney al convertirse en profesor universitario con tan solo 17 años. Con 10 años el niño prodigio estadounidense tenía su primer por la Universidad de Alabama y siete más tarde se graduaba en la Universidad Vanderbilt. Con 21 años ya tenía cuatro títulos y con 22 su doctorado en química. Él es el más joven en graduarse en una universidad según el Libro Guiness de los récords, con 10 años.

Hoy en día el MIT sigue siendo una referencia al no mirar el carné de identidad de sus profesores o personas invitadas para alguna conferencia. Por ahí han pasado Quin Etnyre de tan solo 13 años o Kelvin Doe con 15. Quin Etnyre aprovecha su tiempo libre para impartir clases en el MIT. Él se destacó por el desarrollo de herramientas para que los niños pudiesen programar y tiene como objetivo que la tecnología pueda revolucionar la educación dentro de la clase, haciéndola más divertida.

¿La estructura es el problema?

Estos niños se encuentran con que pueden tener el conocimiento y las habilidades de afrontar un mismo punto desde distintos enfoques que podrían enseñar a los mayores, pero con el rechazo de los círculos habituales en los que se ha impartido el saber a través de titulaciones. “Yo creo que en una universidad de calidad un niño no podría dar clase”, según Vanesa Daza Fernández, Subdirectora del Departamento de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones de la Universidad Pompeu Fabra.

La universidad se encuentra con un primer sesgo: el título. “Para impartir clases en la universidad”, añade Vanesa Daza, “un tanto por ciento muy elevado de la gente tiene que tener como mínimo una titulación, sin esta no es posible impartir clases en una universidad como la Pompeu Fabra; además, casi todo el mundo tiene un doctorado detrás. Hay casos contados que son una excepción. Asignaturas que se consideran que tiene un valor especial la gente con una experiencia profesional, como por ejemplo asignaturas de emprendeduría o gestión, donde se quiere a alguien que sea justamente eso: más emprendedor que teórico sobre el asunto”.

Aunque el segundo escollo se centra en la lógica: la supuesta inmadurez de un niño a una edad tan temprana. “Para impartir una clase primero tienes que tener una madurez determinada, aparte de los conocimientos, que se presuponen”, comenta Arantza Mugica Arrien, Vicedecana Facultad de Ingeniería de Deusto. “Me extrañaría que un niño de 14 años pueda tener una madurez suficiente como para impartir clases. No entro en su nivel de conocimiento”.

Estos niños que desarrollan un conocimiento más avanzado que los adultos también han podido demostrar que sus dotes para defenderlo en público pueden estar al mismo nivel. Solo hay que ver el ejemplo de Thomas Suarez o las dotes comunicativas de Sylvia Super-Awesome, una niña a la que hasta el presidente Obama le ha dicho que “hace un gran trabajo” al divulgar la ciencia en su propio programa en YouTube, donde le ayuda su padre. Sylvia Todd, como así se llama, empezó a trastear con estos temas con 7 años y ahora con 13 ya ha dado sus propias charlas en distintos sitios (TEDx incluido), además de ser miembro en Constructing Modern Knowledge, un instituto donde intervienen distintos perfiles reconocidos dentro del campo de la educación tecnológica.

Estos ejemplos podrían ser excepciones a la regla. “Habrá uno o dos casos en el mundo, pero en general no va a pasar esto”, comenta Vanesa Daza. “Incluso con 18 ó 20 años. Ya si nos vamos a gente más pequeña, en torno a los 14 años, por muy frikis que puedan ser, por decirlo de alguna de manera, el grado de madurez que tienen a la hora de explicar las cosas no es suficiente para enfrentarse a una audiencia”.

¿Y si la estructura de la universidad actual podría ser el otro problema? “No vería a un chaval tan joven en la universidad actual”, comenta Enrique Dans. “El problema es la estructura. Cambiarla es muy complicado. Llevamos muchos años formando una estructura en la cual el profesor no tiene algunas limitaciones, puede hacer lo que le dé la gana, incluso no aparecer en clase o no pasar encuestas de valoración a los alumnos, pero tiene su plaza guardada porque es catedrático y ‘a mí no me toca nadie’. Es un sistema tan absurdo que tiende a generar un entorno en el que esto no puede ocurrir”.

En el presente puede que no haya el sitio buscado, pero a futuro, y siguiendo los cauces marcados, estos niños podrían tener su oportunidad al igual que el resto: “Si esa persona tiene la formación y el perfil adecuado para ser docente, además de la vocación”, aporta Arantza Mugica, “que es clave, sí que podrá acabar siendo docente en una universidad, pero con 14 años no sería posible dar una clase a nivel reglado”.

Impartir clases no, seminarios sí

La universidad es un ámbito profesional donde la preparación tiene que ser máxima. No solo en los conocimientos, sino también en las distintas facetas que apuntan nuestros profesores, como la madurez y la habilidad para transmitir las enseñanzas. Las excepciones de estos niños privilegiados son eso mismo: excepciones y casos especiales, que sirven para plantearse ciertos cambios y ruptura de barreras en un ámbito demasiado anquilosado, pero no generalizaciones.

“Por mucho que sea muy especialista en la materia lo máximo es que podría darte un seminario explicando algo en concreto”, según Vanesa Daza. “Sería dar una charla para explicar su experiencia o para animar a los alumnos, el resto no. Impartir docencia ya es algo más diferente”.

Misma idea a la que suma Arantza Mugica: “Un niño así podría hacer una sesión para enseñar a los alumnos a usar una herramienta determinada como algo experimental”.

“Que en 10 ó 15 años aparezca un crío tan joven en clase de entrada es difícil, pero también es difícil que dé una clase bien”, apunta Enrique Dans. Las clases son una liga mayor, los seminarios y otro tipo de ponencias sí que cuentan con mayor beneplácito. Y en todo caso, la figura del profesor experto serviría de guía al niño. “Yo llevo invitados a mis clases pero no me inhibo, no le dejo dar mis clases”, continúa Dans. “Yo oriento que empiece aquí y termine allí, superviso lo que quiero que cubra, que no se ande por las ramas en otros temas, le ayudo con la participación si veo que es adecuado hacerlo, no tiene porqué gestionar este tema, no es un profesional de la metodología educativa. La interacción en clase es bueno que la siga manejando a quien le pagan por ello”.

¿Y qué autoridad tendría un niño tan joven en una clase universitaria? “Me chocaría ver a una persona de 15 años estaría impartiendo clase a un grupo de personas con 20 años”, aporta Arantza Mugica Arrien. “No es cuestión de autoridad. Hay que tener una forma de dirigirte a la gente”.

“Este es un tema que evoluciona”, según Enrique Dans. Lo que hoy vemos como una realidad extraña mañana podría ser algo común: “Del mismo modo, los usos y las costumbres sociales evolucionan. Este mismo razonamiento, si lo hubiésemos hecho hace un tiempo, hubiésemos dicho ‘pero hombre, ¿cómo el profesor va a imponer respeto si no pega?’. Ahora esto ya ni se nos ocurre. La cuestión es que esto es una deriva social”.

Al final todo es un proceso de cambio y de evolución, pero sin dejar de lado la lógica y la propia vida, con sus propias limitaciones. “La naturaleza tiene que seguir su curso, comenta Arantza Mugica. “Evidentemente tenemos muchas cosas que aprender de los niños, pero a nivel de conocimientos, aunque pueda ser una persona muy especializada en un tema o sea superdotada, pero tanto como para impartir una asignatura no lo creo”.

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