La verdad no siempre importa: no somos tan listos como creemos

¿Cuántas veces modificamos la primera impresión que tenemos sobre algo o alguien? ¿O cambiamos nuestras ideas políticas? ¿Cuántas veces al día reconocemos que nos equivocamos? Si eres un Homo sapiens, la respuesta es, probablemente, muy pocas o ninguna. Sin embargo, sí nos gusta escuchar los argumentos que apoyan nuestra forma de ver el mundo. Nos fascinan las opiniones que refrendan la nuestra. Buscamos información que nos diga que tenemos la razón. No es una cuestión de datos u objetividad. Es que no somos tan listos como creemos.

Un enigma llamado razón

Mucha gente cree que las vacunas provocan autismo. Sus argumentos son variopintos. Como consecuencia, deciden no vacunar a sus hijos. Da igual los datos que tengan delante. Da igual que vean el cambio en los patrones de mortalidad infantil antes y después de las primeras campañas de vacunación. En un momento decidieron, guiados por emociones, que ser antivacunas era parte de su relato del mundo, de su forma de entender nuestra sociedad. Del resto se ocupa nuestro cerebro. Llega a las conclusiones que quiere llegar (si no lo forzamos a lo contrario).

Las limitaciones de la razón humana empezaron a estudiarse en los 70. Hoy, cada vez menos investigadores de las ciencias cognitivas dudan de que no somos tan inteligentes como nos gusta creer. O, mejor, no somos tan razonables. Al menos, según la primera definición de ‘razón’ en el diccionario como ‘facultad de discurrir’.

Hugo Mercier es investigador en el instituto de ciencias cognitivas de Lion, Francia. Dan Sperber ocupa un rol similar en la universidad de Budapest. Ambos llevan años trabajando sobre una misma pregunta: ¿por qué y cómo razonamos los humanos? Acaban de publicar un libro, The Enigma of Reason, que resume parte de sus teorías. Resulta que la razón no era lo que nosotros pensábamos que era.

la razon humana en los animales

La razón evolucionó con el hombre

La razón es algo inherente al ser humano. Un proceso automático, rápido y habitualmente inconsciente. Nos lleva a tomar decisiones y da forma a nuestras creencias y pensamientos. Una vez los tenemos, nuestra mente consciente se encarga de racionalizarlo. Esta idea, defendida también por Daniel Kahneman en su libro Thinking, Fast and Slow, es de la que parten Mercier y Sperber para ir un poco más allá. Para ellos, la razón es un rasgo evolutivo que nos diferencia de otros animales, pero no porque nos ayude a resolver problemas complejos o ideas abstractas. El poder de la razón es otro.

Para Mercier y Sperber, la mayor ventaja de nuestra especie es la capacidad de cooperación. La organización de un grupo en base a unas ideas y objetivos es difícil de mantener. Así, la razón no habría aparecido para ayudarnos a interpretar datos o ser buenos en matemáticas, sino para resolver los problemas derivados de vivir en grupos que colaboran. La razón nos ayuda a argumentar y a comunicar para convencer a otros. A usar lo que nos rodea para justificar nuestra idea o estrategia.

De esta forma, es lógico pensar que los que mejor razonaban eran individuos de mayor éxito. Y así pasaban las características de la mente razonadora de generación en generación. Ahora vivimos en un mundo muy distinto del que vio nacer a los primeros humanos modernos. Pero la sociedad ha cambiado tan rápido que la evolución no le ha podido seguirle el ritmo. No está tan claro que la razón nos siga siendo igual de útil que en el pasado.

la duda en la razon humana

Hola, sesgos cognitivos

En nuestro día a día, nos relacionamos con gente en grupos relativamente homogéneos (social e ideológicamente hablando). También consumimos información, a través de los medios o las redes sociales, que tienden a refrendar la forma en que pensamos. Si somos antivacunas y leemos un artículo que habla del repunte del sarampión en Italia por la baja vacunación, correremos a buscar puntos débiles en la información y fallos de argumentación. Lo normal es que acabemos encontrando algo que nos ayude a respirar tranquilos y a reforzar nuestra opinión previa.

Este comportamiento, conocido como sesgo de confirmación, es una de las distorsiones más estudiadas de la mente humana. Es la tendencia a favorecer, buscar e interpretar la información que confirma las propias ideas. La lista de sesgos es larga y muchos de ellos son explotados conscientemente y de forma interesada. Los vendedores de teorías pseudo (o anti) científicas, como los defensores del movimiento antivacunas, son un ejemplo. En política y en los bulos y fake news que corren por la red también es algo común.

Curiosamente, el sesgo de confirmación funciona muy bien con nuestras propias creencias. Cuando se trata de desmontar los argumentos de los demás, trabaja en sentido contrario. Para Hugo Mercier, esto vuelve a tener que ver con las necesidades de los primeros humanos modernos. “Nuestros razonamientos son objetivos y exigentes cuando evaluamos los argumentos de los demás”, sostiene en un paper publicado recientemente en Cell.

La persuasión jiu-jitsu

Todo esto no quiere decir que no seamos capaces de pensar de forma más o menos objetiva. Solo que los caminos que recorre nuestro cerebro son, cuando menos, enrevesados. Durante la campaña de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, en 2016, Brendan Nyhan, Ethan Porter, Jason Reifler y Thomas Wood llevaron a cabo un estudio sobre el impacto de los datos sobre las opiniones políticas.

como funciona la razon humana

Resulta que los partidarios Donald Trump, en los que se centró el estudio, aceptaban, cuando se les ponía información contrastada delante, que el candidato había tergiversado la realidad en su favor. Vamos, aceptaban que mentía. Sin embargo, esto no tenía efecto en su posición política. Es más, en muchos casos incluso les servía a los participantes para estar más seguros sobre sus convicciones.

Decenas de estudios han observado el curioso caso de razonar sin pensar. De cómo los datos y la información objetiva no nos hacen cambiar de opinión. Pero hay una brecha en nuestros obcecados cerebros. Se llama emociones. Como no razonamos ni pensamos en base a datos, nuestros argumentos no pueden ser rebatidos con información objetiva. Sin embargo, es más fácil hacernos cambiar de opinión si se apela a nuestras emociones.

Desde la universidad de Queensland, Australia, han definido lo que llaman la “persuasión jiu-jitsu”. Al igual que en la técnica de lucha milenaria, para convencer a alguien de un argumento contrario a su forma de pensar tenemos que usar su propia fuerza. Adaptar este argumento para que encaje en su molde, para que cuadre en el relato que hace del mundo. Aprovecharse de las viejas técnicas razonadores que surgieron en África hace miles de años.

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