Por qué atraen tanto: teorías de la conspiración, de ayer, hoy y siempre

Ahora las llamamos fake news o noticias falsas. Pero la humanidad está plagada de estas historias inventadas. Algunas, las de mayor y más largo recorrido, pueden dar lugar a lo que conocemos como teorías de la conspiración. Corrientes de opinión que niegan las versiones oficiales, incluso científicas, para creer que hay una mano negra o unos intereses ocultos que están detrás de un suceso, muchas veces traumático. Aunque no siempre.

2020, un año plagado de conspiraciones

Una de las últimas teorías conspirativas es que el coronavirus es un invento de un laboratorio chino. O que está provocado por las redes 5G y que Bill Gates no está investigando la vacuna, sino que nos quiere introducir un chip a las personas para controlarnos.

Otras teorías conspirativas de largo recorrido ponen en duda que cayera realmente un avión en el Pentágono durante los atentados del 11-S y que la familia real saudí escapó en avión de Estados Unidos ese mismo día.

manifestación protesta letrero

Y, en pleno siglo XX, hay quien sigue dudando de que el hombre haya llegado realmente a la Luna, creyendo por el contrario que todo fue un montaje como los que se hacen en las películas y en la televisión.

Dudar o no dudar

Se calcula que entre el 20 y el 38 % de las noticias compartidas en las redes sociales son falsas. Así que si, de nuevo, ves un titular que relaciona el autismo con la vacuna de la difteria, tétanos y tos ferina o cualquier otra, desconfía.

Es cierto que a veces es difícil discernir si lo que estamos viendo con nuestros ojos es verdad o algo que podríamos considerar como noticias falsas. Porque muchas veces esta información llega en un formato que parece creíble.

Por ejemplo, la Inteligencia Artificial esta cada vez más avanzada y es capaz de incluso alterar los vídeos y las voces para hacernos creer que lo que vemos es cierto cuando, en realidad, no lo es.

Una teoría para cada grupo

Puede que sean una minoría, pero lo cierto es que una parte de la población «compra o ha comprado» una o más teorías de conspiración. Todas ellas siembran la desconfianza en nuestras instituciones gubernamentales y sociales. Y, en ese sentido, pueden llegar a suponer un impacto desestabilizador en la política y la sociedad.

Detrás de ellas hay factores psicológicos para hacerlas atractivas para tanta gente. Las personas creen en las teorías de la conspiración por tres razones. Primero, hacen que los creyentes se sientan bien consigo mismos y con los grupos a los que pertenecen. En segundo lugar, los ayudan a encontrar significado en un mundo confuso. Y tercero, llevan a los creyentes a sentirse seguros y en control.

Algunas personas, incluso, refuerzan su identidad social con las teorías de la conspiración a las que se adscriben, como en el caso de los neonazis y la creencia en una conspiración judía.

Sin embargo, otros se sienten atraídos por las teorías de la conspiración como una forma de afirmar su propia singularidad en una sociedad «conformista». Por ejemplo, las personas que creen que la Tierra es plana o que el Gobierno está controlado por lagartos del espacio exterior no obtienen ningún tipo de identidad social de sus creencias. Por el contrario, se ven a sí mismos como especiales porque están al tanto de conocimientos que los no creyentes no tienen o no están dispuestos a aceptar.

El ser maligno supremo

Todas las teorías de la conspiración tienen un conjunto de cualidades en común. Por ejemplo, todas ellas apuntan a un grupo específico que está conspirando para engañar o dañar a la sociedad: el Gobierno, los judíos, las compañías farmacéuticas, la gente lagarto, etc. Pero las teorías de la conspiración también señalan a un grupo separado de personas, los creyentes, que saben acerca de la conspiración y están activamente tratando de exponerla.

Aun así, aunque estas teorías de la conspiración pueden parecer bastante inofensivas, las consecuencias de estas creencias pueden ser mucho más dañinas de lo que se imagina. Aquellas relacionadas con las vacunas que causan el autismo han llevado a una fuerte reducción en su uso y a un aumento de las enfermedades que de otro modo se podrían prevenir. De hecho, teorías similares sobre la fluoración en el agua potable, el cambio climático y los tratamientos alternativos contra el cáncer han tenido consecuencias peligrosas, y a menudo trágicas, en los últimos años.

Sesgo de confirmación

Como decíamos antes, puede haber una teoría de la conspiración para cada grupo social. No en vano, el atractivo de las teorías de la conspiración puede surgir de una serie de sesgos cognitivos que caracterizan la forma en que procesamos la información.

El “sesgo de proporcionalidad”, nuestra tendencia innata a asumir que los grandes eventos tienen grandes causas, también puede explicar nuestra tendencia a aceptar conspiraciones. Esta es una de las razones por las que muchas personas se sentían incómodas con la idea de que el presidente John F. Kennedy fuera víctima de un pistolero solitario trastornado y les resultaba más fácil aceptar la teoría de que era víctima de una conspiración a gran escala.

Pero, sobre todo, entra en juego el conocido como el «sesgo de confirmación». Es el sesgo cognitivo más generalizado y un poderoso impulsor de la creencia en las conspiraciones. No nos engañemos: todos tenemos una inclinación natural a dar más peso a la evidencia que respalda lo que ya creemos. Así que, cuando encontramos una explicación a un fenómeno extraño que concuerda con nuestras creencias previas, tendemos a valorarlo más positivamente que cuando nos lleva la contraria.

En resumen, nadie es ajeno no solo a recibir estas teorías de la conspiración, sino a asumirlas o, al menos, a plantearlas como una posibilidad más.

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