Las gafas de realidad virtual no van a cambiar la educación, van a crear una nueva que todos querremos probar

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Las gafas de realidad aumentada (VR) llevan pisando fuerte unos años, pero da la impresión de que no terminan de despegar en el ámbito doméstico. Aunque algunas personas las usamos para trastear con ellas, raro es el caso del que las usa de manera habitual. ¿Será su entorno de aplicación uno más dogmático?

Quizá las VR formen parte del día a día de nuestros estudiantes en el futuro.

La enseñanza moderna

No es ningún secreto que la enseñanza moderna es casi idéntica al modelo de 1860 a finales de la revolución industrial:

  • al sistema entran alumnos, clasificados por edades;
  • profesores, clasificados por materia y especialización en una edad de alumnos;
  • materias en forma de libro y papel;
  • y salen alumnos con muchos datos en la cabeza pero sin demasiada experiencia.

Aula

Aula. Fuente: Escuela TAI

Ha sido así los últimos 150 años, pero esto tiene visos de cambiar. Ahora mismo, para que el proceso al que hemos llamado enseñanza se lleve a término hay que conjugar los factores alumno, profesor, textos y aula, todo unido. Basta que falte uno de ellos para que el modelo educativo deje de funcionar.

Además, el modelo no permite desvíos en el horario de los estudiantes. Dado que son necesarios muchos factores en un mismo espacio y tiempo, la enseñanza ha evolucionado mediante un calendario cerrado que no permite movilidad para el alumno: el horario es el que es, el profesor es el que es, el libro es el que es.

Las gafas VR en la enseñanza moderna

Planteemos el ejemplo de dos estudiantes con pasiones muy marcadas. Por la literatura (Joaquín) y por la matemática (María), ambos de 15 años y pertenecientes al mismo aula en el mismo colegio. Ocurre que aunque María está mucho más avanzada que el resto de la clase en cuanto a matemática, no la está permitido acceder a nuevo contenido. Y se aburre en el aula.

Por el otro lado, Joaquín es incapaz de seguir el medio nivel en esa asignatura, y es en literatura donde aventaja al resto de su clase. Estos casos ocurren constantemente, dado que ningún alumno avanza al mismo ritmo que el otro. El problema para ambos es que no pueden asistir a aulas de diferentes niveles, a la vez. Un problema, hasta ahora.

A día de hoy, la tecnología nos permite aulas en remoto a las que cada alumno entra según su nivel y materia que, incluso, pueden descentralizarse en cuanto a horario. Desde las grabaciones a las emisiones en directo pasando por las tutorías a distancia, tenemos al alcance de nuestra mano un modelo educativo diferente y en línea con nuestro siglo.

Educación en entornos inmersivos

Para adaptarse a un entorno internacional que se apoye en las innovaciones, muchas empresas, asociaciones e instituciones están buscando el modo de hacer inmersiva la educación. Esto, que llegó al ejército estadounidense hace años mediante los primeros simuladores aéreos, ya puede verse en empresas españolas como In Media Studio, orientadas a la enseñanza.

Imagina lo que puede suponer para un estudiante de biología el poder entrar en un mundo subacuático simulado donde observar el movimiento real de los bancos de peces, o hasta dónde avanza el coral. Eso ya es posible con el programa Inmersive Worlds, en el que esta compañía une la condensación del contenido de los libros en un formato 360º.

Imax

Proyección 3D en una sala IMAX. Fuente: NASA

Si hace años a los más pequeños nos sorprendían los proyectores 3D del IMAX, ahora la tecnología se ha miniaturizado para darle una sala de cine IMAX a cada alumno. Pero una sala de cine de la que ellos son dueños de la acción del personaje.

Gracias a ello no es necesaria un aula física, un profesor o un horario. Lo único que se requiere es que el alumno desee aprender y acceda al contenido VR. Según Jose Luis, CEO de Inmersive Worlds, estos proyectos son «contenedores gigantes donde podemos crear una experiencia inmersiva en la que aprender explorando».

Conjugar realidad virtual y realidad aumentada

La realidad virtual y la educación inmersiva son la condensación de una serie de pasos previos, como ha sido el añadir a la realidad varias capas de datos útiles. Algo que se ve fácilmente en un mapa web: sobre la imagen real de satélite aparecen calles, monumentos, rutas, e incluso horarios e información relacionada con el punto seleccionado.

El Retiro de Madrid, desde el cielo

Captura del Parque del Retiro (Madrid) con Google Maps

El software mencionado, mediante el cual un profesor que lleva a sus alumnos bajo el mar, usa a su vez una plataforma de captación de datos para ayudarle a dar la clase y añadirlos como capa extra en su monitor. Datos como los niveles de atención, conocer los alumnos que se están escaqueando, las dudas en tiempo real, o los logros de los equipos formados.

Es en esta fracción de la realidad virtual donde España es pionera. Ya cuando se pensaba que las Google Glass serían la panacea de la enseñanza, la Universidad Carlos III se puso a trabajar en modelos para guiar a los profesores, tanto durante las clases inmersivas como aquellas tradicionales.

Hoy día las tecnologías de visionado 3D, de realidad aumentada y realidad virtual se conjugan en las llamadas gafas VR, siendo complejo decir dónde acaba una tecnología y empieza otra.

Estudiar será más asequible que nunca

En un nivel que conjuga la educación superior, la realidad virtual y una reducción masiva de costes, están los laboratorios y aulas especializadas virtuales. Podemos poner el ejemplo que ya adelantó Michael Bodekaer en su ponencia en TED.

Imaginemos que somos estudiantes de ingeniería química con los limitados recursos de una universidad pública. En ella, un mismo laboratorio presta servicio a medio centenar de grupos, cada uno formado a su vez por varias centenas de alumnos. Como ejemplo, un taller de soldadura para ingenieros o un laboratorio de secuenciación de genoma para biólogos.

De modo que a principio de año se reparten los recursos (tiempo y material) de ese laboratorio entre los alumnos. Este pronto se da cuenta de que de las cinco o seis horas al curso que pasará en el laboratorio tan solo podrá practicar dos o tres, dado que comparte mesa con un par de alumnos más de su misma clase. Es decir, los recursos son escasos, el material es costoso.

Sin embargo, un laboratorio que cuesta millones mantener puede reducirse a una aplicación a la que el alumno accede cuando tiene tiempo. Sin colas, sin desgaste de material, y sin un gasto a la universidad más que la adquisición puntual de la aplicación, que amortizará con el uso de entre miles y millones de usuarios. Tal y como ocurre en universidades web como Coursera.

El mundo ha avanzado en 50 años más que en toda la historia de la humanidad gracias a que muchos accedieron a la alfabetización y a que unos pocos consiguieron una educación científica superior. Ahora cabe preguntarse dónde estaremos dentro de 50 años cuando a cinco años vista cualquiera podrá tener un laboratorio en su teléfono.

Imagen de portada | Wren Handman

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