El océano Ártico ya no es ni frío ni oscuro y la vida se está aprovechando

Cada verano, cuando el sol se eleva sobre el horizonte ártico y el manto de hielo desaparece, la luz inunda las profundidades del océano. Con ella, la vida explota. Lo hace con tanta intensidad que puede verse desde el espacio. Con el cambio climático, el océano Ártico es un lugar cada vez menos frío y oscuro y sus dinámicas están cambiando.

Durante el pasado mes de julio, los satélites Terra y Aqua de la NASA captaron un boom en la presencia de fitoplancton en el mar de Barents, al norte de Noruega y Rusia. La presencia abundante de algas diatomeas hace que estas concentraciones repentinas de vida microscópica luzcan de color verde brillante desde la distancia.

Las llamadas floraciones de fitoplancton son habituales en la primavera y el verano árticos. Pero los análisis demuestran que cada vez son más habituales y no sabemos muy bien por qué. Varios estudios publicados recientemente se hacen eco de las nuevas dinámicas de los mares boreales. La desaparición del hielo, las nuevas fuentes de nutrientes y el ascenso de las temperaturas están espoleando la vida.

mapa sobre las floraciones de fitoplancton

Un océano más productivo

El cambio climático no es un fenómeno homogéneo. Afecta a todo el planeta, pero no a todas sus regiones por igual. En el Ártico, las temperaturas han aumentado más del doble de la media global. Durante lo que llevamos de 2020, el calor ha sido excepcional. Según los datos de la Organización Meteorológica Mundial, los termómetros han estado 5°C por encima de la media desde enero. Durante el mes de junio, registraron 10°C más altos de lo habitual.

En tierra, el calor se ha traducido una temporada de incendios excepcionalmente intensa y en la aparición de episodios asociados al derretimiento del permafrost, como los agujeros de la tundra siberiana ligados a explosiones de gases que se acumulan bajo la superficie. Mientras, en el océano, se ha disparado la productividad.

En ecología, se conoce como producción primaria aquellos procesos biológicos que transforman el carbono simple en materia orgánica. Por ejemplo, la absorción de CO2 como parte de la fotosíntesis. Es el punto de partida de la cadena trófica, desde donde empiezan a circular la de energía y los nutrientes. Es decir, de la producción primaria depende cuánta comida hay disponible para el resto de la cadena.

De acuerdo con un paper publicado por un equipo de investigadores de la Universidad de Standford en la revista ‘Science’, la producción primaria del Ártico ha aumentado un 57% entre 1998 y 2018. Este incremento se asoció en un principio al derretimiento del casquete polar y a periodos más prolongados sin hielo, lo cual permitía mayor incidencia de la luz solar en el agua.

Sin embargo, en los últimos años, la sopa de microorganismos que forman el fitoplancton se ha vuelto más densa, por lo que los autores señalan que, además de la luz y la temperatura, los nutrientes presentes en las aguas árticas también han tenido que aumentar en los últimos años. Lo que sí es seguro es que el Ártico se está convirtiendo en un océano más productivo. Y sus capacidades de absorber CO2 atmosférico para transformarlo en materia orgánica están aumentando.

el mar de Barents desde el satélite

El cambio empieza en las profundidades

En el océano Ártico, los organismos que forman el fitoplancton se enfrentan a dos grandes limitaciones. Es decir, hay dos elementos que controlan su crecimiento por encima de todo. Uno es la ausencia de luz solar, marcada tanto por las largas noches de invierno como por la presencia de hielo espeso que impide a la luz penetrar en el agua. El otro es la presencia de capas muy marcadas en el agua, que dificultan la llegada de nutrientes a la superficie.

El agua superficial del Ártico es una de las más dulces del mundo (dentro de los mares y océanos) debido al aporte abundante de ríos y al derretimiento del hielo. El agua dulce, más liviana, forma una capa que limita los intercambios verticales de nutrientes. Es decir, dificulta que la materia inorgánica de las profundidades, el alimento del fitoplancton, llegue a las capas más superficiales.

“La estratificación resultante limita […] la reposición, en la capa superficial, de nutrientes inorgánicos necesarios para el crecimiento de microalgas. En última instancia, este fenómeno limita la producción de biomasa en todos los niveles de la cadena alimentaria”, explica Marcel Babin, investigador polar de la Universidad Laval de Quebec, en otro artículo publicado en ‘Science’.

Así, de forma natural, el crecimiento del fitoplancton debería ser limitado, ya que los nutrientes de las profundidades deberían mantenerse alejados de la superficie. Sin embargo, esto no está pasando. Para Babin, una de las explicaciones más lógicas es que, ante la ausencia de una cubierta de hielo, el agua es más susceptible al poder de las fuerzas atmosféricas. Esto ayudaría a mezclar las capas y a elevar los nutrientes del fondo. Este fenómeno se incrementaría en las ‘fronteras’ del Ártico con el Atlántico y el Pacífico, donde la presencia de hielo es menos habitual.

En definitiva, tenemos claro que el Ártico es menos frío y menos oscuro que antes. Y también que la vida microscópica parece estar sacando partido a esta nueva situación, lo cual podría tener implicaciones en toda la cadena trófica y en la absorción de CO2 en el océano boreal. Eso sí, no tenemos ni idea (todavía) de cómo lo está haciendo.

Imágenes | Unsplash/Jennifer Latuperisa-Andresen, NASA, GSFC-NASA

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