Estas son todas las muertes que habrías sufrido sin tecnología

Con el auge de movimientos en contra del conocimiento científico consolidado como son los conocidos antivacunas se ha demostrado, de formas trágica, lo importante que es la tecnología en nuestra vida. No solo en su calidad, sino también a la hora de alargarla de forma artificial por encima de los 40 años.

Hace tan solo un siglo la esperanza de vida al nacer rondaba las cuatro décadas. Ahora supera con holgura los 80 años, prácticamente el doble. Esto no solo significa que, en promedio, vivimos más. También que morimos menos. ¿El culpable? La aplicación del conocimiento científico en forma de tecnología.

Infecciosos tropezones prehistóricos

Las pruebas de restos humanos que datan de hace cientos de miles de años nos confirman que, en el fondo, no hemos cambiado mucho. El ADN del ser humano no ha variado en decenas de miles de generaciones.

Es decir, que un humano nacido en el 80.000 a.C. podía llegar a vivir 100 años, lo que no significa que muchos lo consiguiesen. Es más, probablemente pocos consiguiesen llegar hasta los 50. Los huesos encontrados a menudo se datan muy por debajo de los 30, y con frecuencia son infantes.

Por las marcas encontradas en los huesos hemos descubierto que los accidentes y los ataques de depredadores fueron, en su momento, las causas más probables de muertes junto a las infecciones (a menudo derivadas de las causas anteriores) y los desastres naturales.

enfermedades graves y accidentes muertes

Resulta difícil sobrevivir sin tecnología avanzada, aunque esta sea una lanza para defenderte de los depredadores o paños limpios para atender a las mujeres tras el parto. En ellas, esta era una causa frecuente de muerte. También el hambre al tener que compartir el escaso alimento.

El hacinamiento del 10.000 a.C.

La tecnología, no obstante, ha incurrido a menudo en condiciones de vida poco saludables. La creación de las primeras ciudades gracias a la revolución agrícola del 10.000 a.C. hacía que el hambre disminuyese como causa probable de mortandad. Sin embargo, las epidemias eran frecuentes.

Por aquel entonces no lo sabían, pero las condiciones insalubres de no tener agua potable, fruto de vivir con animales, no tener retrete o compartir la casa (a menudo una sola habitación) con una veintena de personas, servían en bandeja de plata las condiciones ideales necesarias para virus y bacterias.

Algunos de los factores de hacinamiento aún siguen presentes en nuestra sociedad, como el transporte público o la escuela, pero ahora contamos con tecnología como nuevos métodos de higiene y vacunas.

La fiesta de la viruela, la gripe y la neumonía

El hacinamiento de arriba fue creciendo en intensidad desde el neolítico hasta bien entrado el siglo XVIII. Todos los estudios realizados confirman un aspecto chocante de la sociedad: durante este periodo la esperanza de vida cayó en picado. Por primera vez en la historia, vivimos menos que antes.

antigua roma hacinamiento

El crecimiento de ciudades sin alcantarillado dio lugar a todo tipo de patógenos. Hoy día el sarampión consiste en manchas en la piel y un picor pasajero. En su momento, el 10% de los niños fallecía debido a este virus.

Para la mentalidad del momento resultaba coherente perder a casi todos tus hermanos. Junto al sarampión estaban otras enfermedades: gripe, viruela, neumonía, tuberculosis, tifus, polio… el 50% de los niños no llegaba a la edad adulta, y cuando esto ocurría siempre podía ser víctima de un accidente.

Durante el imperio romano, caracterizado por técnicas de higiene nunca vistas hasta entonces, solo una de cada 1000 personas llegaba los 84 años de edad. Las vacunas y la medicina avanzada han logrado reducir la mortandad considerablemente.

Peste, hambre y guerras

A medida que avanzaba la época del Imperio Romano también lo hacía la creciente población. La higiene estaba mucho más normalizada de lo que pensamos, y por primera vez en la historia el factor más probable de muerte era verse atravesado por una espada (ellos) o parir (ellas).

Como dato curioso, el alistamiento en el ejército romano se realizaba entre los 18 y 20 años y duraba unos 25. Solo la mitad llegaban a jubilarse. La muerte en combate era frecuente, pero lo era más por las infecciones derivadas de heridas leves que hoy día tratamos con antibióticos e higiene.

En lugares excepcionalmente poblados, como Europa, las hambrunas debido a una mala cosecha resultaban frecuentes hasta el punto de que las guerras tenían a menudo su motivación en lograr más campos de cultivo. Si no lo conseguían, al menos “liberaban” cierta parte de la presión social. Los que morían en combate, vaya.

cosecha recoger muerte por hambre

Hoy la tecnología ha facilitado mucho la generación de alimentos. También el abaratamiento de la proteína, tanto animal como vegetal, y fibra. Muchas muertes del pasado no estaban directamente relacionadas con el hambre y sí con la malnutrición al basar nuestra dieta en cereales. Hoy, sin embargo, la tecnología ha hecho posible el cultivo de alimentos con una eficiencia de la que los romanos se sorprenderán.

Enfermedades de pulmón y sobrepeso

Es curioso ver cómo hemos logrado superar con éxito un gran número de enfermedades y condiciones miserables para la especie haciendo uso de tecnología. También darse cuenta de que esta con frecuencia no ha estado de nuestra parte.

Hoy todos sabemos que fumar acorta nuestra vida. También que los vehículos de combustión lo hacen en igual medida. Hubo un tiempo no muy lejano en que ambos conceptos se ponían en duda, a menudo desde las empresas que suministraban alegremente nicotina y plomo.

El sobrepeso ha supuesto un varapalo importante a la esperanza de vida, que podría ser algunos puntos más alta si en las sociedades privilegiadas tuviésemos más mesura. Aún así, la balanza se inclina del lado de la tecnología: pese a alguno de sus peligros, la esperanza de vida no ha dejado de subir.

las vacunas son necesarias

En los últimos cien años hemos multiplicado por dos la esperanza de vida al nacer, en buena medida debido a tres ingredientes indispensables:

  • las vacunas, que nos protegen frente a virus y bacterias patógenos;
  • mejoras notables en higiene;
  • cambios sociales como la lucha frente al tabaquismo, el alcohol o las profesiones de riesgo;
  • aumento de la prevención de la salud.

¿Hay límite a la esperanza de vida?

Según a qué profesional se pregunte, sí y no. De momento los datos empíricos indican que tenemos mucho margen de mejora. Especialmente si retrocedemos y dejamos de vacunarnos. A menudo perdemos de vista las consecuencias de dejar de lado la tecnología de la que dependemos.

Esta también nos mantiene pegados al sofá con más intensidad que antes, especialmente de antes de que se popularizase el sofá en el siglo XIX, y nos permite comer todo tipo de materiales que distan mucho de ser comida. El sedentarismo y la malnutrición por exceso están a la orden del día.

Pero esto son decisiones personales. La tecnología nos ha permitido mantener una calidad de vida y unos estándares de higiene y prevención de la salud nunca antes alcanzados. Salvo enfermedades graves o accidentes, cualquier nacido hoy día podrá superar los 100 años si mantiene unas pautas coherentes de vida saludable y moderación.

 

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