Ya sabemos por qué el agujero de la capa de ozono no se cierra (y es una malísima noticia)

No solo no conseguimos un acuerdo global para frenar la crisis climática. Sino que los pocos pactos mundiales que se han logrado en la historia no se respetan. El protocolo de Montreal, que oficialmente prohíbe el uso de los CFC que causan la destrucción de la capa de ozono, ha sido violado.

Desde 2012, las emisiones de estos gases han vuelto a aumentar. Y un estudio publicado en Nature señala la fabricación de materiales aislantes en las provincias chinas de Shandong y Hebei como principal culpable. Mientras, el agujero existente sobre la Antártida volvió a acercarse a sus valores máximos en 2018. Así no vamos a cerrarlo.

30 años de un acuerdo histórico

La Tierra viene con protecciones naturales de serie. Su campo magnético nos protege de los rayos cósmicos que destruirían la atmósfera. Y la capa de ozono ejerce de filtro ultravioleta, evitando que la vida terrestre sea sometida a radiaciones demasiado elevadas. Nosotros nos empeñamos en dinamitarlas.

Durante los años 80, varios estudios señalaron que el manto de protección ultravioleta era cada vez menos denso. Además, un agujero había aparecido sobre la capa de ozono en la Antártida. Y estaba creciendo. En busca urgente de respuestas, pronto se encontraron algunos de los principales culpables. Se denominaron sustancias que agotan la capa de ozono (SAO, por sus siglas en inglés).

Los clorofluorocarbonos o CFC, unos compuestos muy estables en superficie, pero altamente reactivos con el ozono en las capas altas de la atmósfera, se convirtieron en el enemigo número uno. Aunque había otros, como halones o el metilcloroformo. Entonces, los CFC se utilizaban principalmente como aislantes en edificios, neveras y congeladores.

CFC en las neveras

En una decisión sin precedentes y tras varios años de negociaciones, el planeta se puso de acuerdo para eliminar la producción de las SAO. En 1987 se firmaba el protocolo de Montreal. Un acuerdo histórico que ha logrado eliminar más del 98% de las SAO controladas (las no controladas son otra historia). Todavía queda trabajo por hacer, pero la producción de estas sustancias ha caído en picado y la destrucción de la capa de ozono se logró frenar allá por los inicios del siglo XXI.

Un repunte en las emisiones

Como consecuencia del protocolo de Montreal, existen protocolos de control de emisiones permanentes. En un estudio publicado el año pasado en Nature, un equipo de científicos del observatorio Mauna Loa en Hawái fue el primero en dar la voz de alarma. Desde 2012, las emisiones del CFC-11 habían vuelto a aumentar. Un compuesto cuya producción mundial se suponía nula ya en 2006.

Un nuevo grupo de investigadores (formado por químicos, oceanógrafos, geógrafos y físicos), liderado por algunos de esos científicos del Mauna Loa, se marcó el objetivo de encontrar la fuente de esas emisiones. Utilizando datos del sistema global de monitoreo de aerosoles, detectaron que las mayores concentraciones habían sido captadas por las estaciones de Gosan (Corea del Sur) y Hateruma (Japón).

Tras observar las dinámicas atmosféricas, han logrado localizar el origen de 7.000 de las 13.000 toneladas de CFC-11 emitidas cada año. En un nuevo estudio, publicado también en Nature, señala que el compuesto se está produciendo en pequeñas fábricas de las provincias chinas de Shandong y Hebei, en el este del país. Probablemente, como parte de la espuma aislante de frigoríficos y edificios.

evolución del agujero

¿Y el agujero de la capa de ozono?

Si dejásemos de emitir gases de efecto invernadero por completo, el planeta seguiría calentándose durante décadas. Lo mismo sucede con el ozono. Dejar de producir compuestos no significa eliminarlos de la atmósfera. A finales de 2018, el agujero de la capa de ozono seguía presente y con un tamaño superior a la media. Fue el año con el decimotercer mayor tamaño de las últimas cuatro décadas.

La buena noticia es que ha dejado de aumentar. De hecho, los expertos del Earth Observatory de la NASA señalan que es más pequeño que en los 2000 y que, si hubiésemos seguidos emitiendo SOA al ritmo al que lo hacíamos en los 80, su tamaño sería mucho mayor.

El protocolo de Montreal había logrado la sustitución, casi completa, de los CFC por los hidrofluorocarbonos o HFC (similares, pero mucho menos reactivos). El pasado mes de enero entró en vigor la enmienda Kigali, el siguiente paso en el protocolo, con el objetivo de eliminar los HFC antes de mitad de siglo. Pero mientras el curso oficial de los hechos continúa, la batalla contra los CFC parece lejos de haberse ganado.

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