El verdadero impacto que vestir a la moda tiene en el medio ambiente

Movimientos como #Quién hizo mi ropa o tragedias como el derrumbe del Plaza Rana en Bangladesh han conseguido que muchos compradores alrededor del mundo analicen cuidadosamente las etiquetas de las prendas antes de comprarlas. Preocupados, sobre todo, por el impacto social que puede tener su decisión.

Sin embargo, se habla menos de las consecuencias que la industria de la moda tiene en el medio ambiente, a pesar de tratarse de de la segunda más contaminante del mundo según la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD). Datos publicados recientemente denuncian la poca relación que existe entre lo que pagamos por la ropa y su coste real.

Prendas muy poco sostenibles

Según datos de la ONU, la industria de la moda produce más emisiones de carbono que todos los vuelos y envíos marítimos internacionales juntos. En total, la producción de moda y calzado genera el 8% de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial. Cifras globales que, aunque relevantes, no consiguen darnos una imagen real del problema.

Probemos ahora con un ejemplo más concreto que podemos encontrar en nuestro propio armario: para fabricar un solo pantalón vaquero son necesarios 7.500 litros de agua. Es decir, el equivalente a lo que bebemos a lo largo de unos siete años. La industria de la moda utiliza cada año 93.500 millones de metros cúbicos de agua para fabricar prendas y complementos, un volumen que bastaría para satisfacer las necesidades de cinco millones de personas. En otras palabras, un tercio de la población de Somalia, uno de los países en los que más afecta la sequía a nivel mundial.

Los pantalones vaqueros ejemplifican bien la relación que existe entre moda y medio ambiente.

Esta industria es responsable del 20% del desperdicio total de agua en el planeta. Pero los problemas no se quedan ahí: cada año se tiran al mar medio millón de toneladas de microfibras en forma de textiles. A nivel de contaminación, equivale a tres millones de barriles de petróleo. Un problema que puede agravarse durante los próximos años, debido a que la calidad muchas prendas es cada vez peor y se desechan más a menudo.

La cultura del desperdicio

El modelo imperante anima comprar, usar y desechar. El informe ‘The State of Fashion 2019’ de la consultora McKinsey señala que, según una encuesta realizada en Reino Unido, una de cada tres mujeres británicas jóvenes considera “viejas” las prendas tras haberlas usado una o dos veces. De media, hoy compramos un 60% más de ropa que hace 15 años. Sin embargo, nos quedamos con las prendas la mitad de tiempo.

En total, la producción de prendas de vestir se duplicó entre el año 2000 y el 2014. Algo que, según denuncia la ONU, es responsable de numerosos efectos negativos a nivel social, económico y ambiental. “Si continuamos trabajando con el enfoque de negocios actual, las emisiones de gases contaminantes de esta industria aumentarán casi un 50% para 2030”, advierte Elisa Tonda, jefa de la Unidad de Consumo y Producción del Programa de la ONU para el Medio Ambiente (PNUMA).

Tanto a nivel social como ambiental, uno de los continentes más castigados es Asia. Allí se concentran grandes fábricas de confección que mantienen a sus trabajadores, en ocasiones, en condiciones de esclavitud. Fábricas que además dependen en gran medida del carbón y el gas natural para generar la energía que necesitan.

Acciones que llegan de arriba

Aunque hay pequeños (y grandes) gestos que podemos realizar como consumidores, la verdadera solución pasa por la acción institucional y gubernamental para limitar las malas prácticas de las empresas. En marzo de 2019 se creó la Alianza de la ONU para una Moda Sostenible, a través de la que la ONU busca dar un giro al rumbo que ha tomado la industria de la moda, reduciendo sus impactos negativos en el medio ambiente y la sociedad.

Entre sus acciones destacan las de promover la colaboración activa entre diferentes actores, el intercambio de conocimientos y la difusión, fundamental para concienciar a la sociedad de la magnitud de este problema.

“Hay una presión real para comprar y no hay un freno para disminuir la producción y el consumo excesivos. Precisamos mejores etiquetados para que la gente sepa lo que compra, necesitamos un impuesto o una prohibición de las fibras sintéticas que causan daños ambientales graves y que contribuyen a la crisis de los microplásticos”, declaró la ambientalista británica Elle L durante el lanzamiento de la Alianza de la ONU para una Moda Sostenible el pasado mes de marzo en Nairobi.

Gestos importantes

La conclusión de Elle L fue muy clara: “Necesitamos un cambio de mentalidad sobre la producción y el consumo excesivos”. Una idea que ya ha calado fondo en una pequeña pero influyente parte de la población. Según el informe ‘The State of Fashion 2019’ de la consultora McKinsey, los jóvenes están más interesados en la ropa sostenible que los consumidores de más edad.

Comprar menos cantidad, centrar el gasto en creaciones locales y fabricadas de forma sostenible y, sobre todo, reciclar correctamente los tejidos son algunas de las soluciones que pueden marcar una diferencia. Durante los últimos años han surgido en España iniciativas como la de The Goood Shop, una tienda online que solo comercializa productos fabricados de forma transparente y responsable. Sus creadores se encargan, personalmente, de comprobar que todos los artículos que venden son resultado de buenas prácticas.

Cada día más personas se unen al movimiento a favor de una moda más sostenible. Sin embargo y según datos de la ONU, cada segundo se entierra o quema una cantidad de textiles equivalente a la carga de un camión de basura. Otro de los datos que ponen de manifiesto que no podemos esperar mucho más.

Imágenes | Unsplash/Tamara Bellis, Unsplash/Ricardo Gomez Angel

 

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