La contaminación atmosférica tiene más consecuencias de las que esperabas

En los últimos años la contaminación atmosférica ha puesto en vilo a todas las naciones, empresas y ciudadanos. Parece que ya nadie niega el grave problema, pero tampoco parece que se ataje.

Las emisiones de gases invernadero que provocan el calentamiento atmosférico y finalmente el cambio climático son conocidas. Pero en este artículo mencionamos algunas consecuencias que no esperabas. Y son importantes.

Vivir en una ciudad contaminada es malo para tus hijos

Desde que empezó a estudiarse el efecto en niños la contaminación atmosférica se ha sospechado que esta no puede ofrecer nada positivo. Ni para niños no nacidos (fetos en formación) ni para nuestros hijos. Ahora se sabe que es perjudicial, y cuánto. Les afecta a nivel cognitivo.

En un estudio titulado ‘Exposición a la contaminación del aire durante la vida fetal, la morfología cerebral y la función cognitiva en niños en edad escolar’ lo ha confirmado. Es como si los niños nacidos en ambientes contaminados hubiesen fumado, y eso ha cambiado la química de su desarrollo.

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En el estudio se puede leer, tal cual, que genera “problemas de salud mental como el comportamiento adictivo y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad”. El estudio se ha hecho con 783 niños y niñas de Holanda y ha durado más de una década.

Estos datos no se publican para generar alarmismo social, sino para concienciar. Todos tenemos niños cerca. Un hijo, un sobrino, un nieto. Conocer cómo les afecta la contaminación ambiental nos ayuda a tomar mejores decisiones, como contratar un servicio de energía 100% renovable.

Del mismo modo, otro estudio titulado ‘Estudio de asociación de genoma completo de la función de atención en una muestra de niños basada en la población’ demostró que vivir en entornos verdes ayuda al correcto desarrollo de los más pequeños. Si en tu localidad se vota plantar o no más árboles, di sí.

Nos estamos quedando sin patrimonio histórico

Seguramente hayas oído hablar de la lluvia ácida. Este fenómeno barrió centroeuropa a finales del siglo pasado, pero no nos hemos librado de él. Las emisiones de los vehículos diésel o las calderas de gas liberan demasiados componentes a la atmósfera.

Estos se transforman en ácidos fuertes que, aunque muy disueltos, acaban por erosionar estatuas y monumentos. Estudios sobre la Columna de Trajano (Roma) lo demostraron hace ya más de varias décadas. Catedrales, templos y arte urbano se disuelven año tras año. El proceso es lento y se puede detener.

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Las ciudades, especialmente las más grandes, sufren la llamada “inversión térmica” (abajo). Este fenómeno hace que el aire frío quede atrapado en una bóveda sobre la ciudad. Se la suele llamar “boina” y se ve desde lejos. El problema es que esto aumenta la cantidad de contaminantes por km3.

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Como todo, tiene solución, y esta pasa por una movilidad urbana no dependientes de emisiones. Por ejemplo, el uso de vehículos eléctricos o, si el dinero supone un problema, el transporte público. Cada vez que usas uno de estos sistemas, evitas emisiones de COx o NxOy.

El coste sanitario de la contaminación

Muchos ciudadanos se preguntan por qué los gobiernos de medio mundo destinan tantos recursos a los vehículos eléctricos o energía renovable con lo caro que resulta. Aunque es cierto que el coste es abultado, el ahorro futuro será aún mayor. Su mayor impacto será el sistema sanitario.

El aire “puro” no existe ni siquiera en la naturaleza, y si no prueba a llevar a un alérgico a las gramíneas al campo. Pero la contaminación atmosférica no hace ningún bien a nuestros pulmones. Sabemos que causa enfermedades pulmonares tanto leves (asma, irritación) como graves (cánceres).

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Resulta obvio que nadie quiere tener una enfermedad pulmonar, pero el menos interesado es un sistema de gobierno que ofrece asistencia sanitaria universal. El problema de estas enfermedades no es su gravedad (que también) sino que son crónicas. El asma, por ejemplo, suele curarse en la pubertad, o ser crónica. Eso significa que gastarán recursos durante toda la vida del paciente.

La solución estatal es la ayuda y apoyo a proyectos que eviten verter contaminantes atmosféricos. La Comisión Europea, por ejemplo, dispone de muchos orientados a esta meta: Turbocam, Eldrive o Urban Farmers son tres proyectos en el área de energía, movilidad y cultivo, respectivamente.

Nos quedamos sin permafrost, y es malo

Si vives en la estepa rusa ya te has enterado. Pero si no, probablemente la palabra permafrost no te diga nada. Ni sus problemas recientes. El permafrost es un tipo de suelo helado con varias capas, una de ellas metano congelado hace milenios. Cuando la atmósfera se calienta y el suelo deshiela, sale metano.

Esto es malo por muchos motivos. Muchos edificios rusos, canadienses, alasqueños y chinos ya están en peligro. Hay ciudades enteras levantadas sobre el permafrost. Centrales de energía, carreteras, vías de tren… todo tipo de servicios que en una década se hundirán en el cieno. No pinta bien para ellos.

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Tampoco en salud, ya que se han descubierto varias cepas de enfermedades antiguas liberadas. En Yamalia (Rusia) el ántrax se había eliminado en 1941. En 2016 un niño de 12 años moría por esta enfermedad. No nos conviene que el permafrost se deshiele porque el metano reaviva el calentamiento.

Como siempre, tenemos alternativas. Por ejemplo, el usar la bomba de calor del aparato de aire acondicionado en lugar de la caldera; y si tenemos algo de dinero ahorrado pasarnos a la aerotermia. Todos podemos hacer pequeños esfuerzos diarios para minimizar el impacto.

No todos los esfuerzos todo el tiempo, pero sí pequeños cambios graduales que, en definitiva, nos ayudarán a nosotros mismos en el futuro. Si la próxima vez que compremos un coche adquirimos un eléctrico, nuestros hijos tendrán una vida más saludable, sus impuestos sanitarios irán allí donde hacen falta y el arte se conservará más milenios, entre otros.

 

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