Biohackers de garaje, ¿curanderos al calor de CRISPR?

Están entre nosotros. Tienen un dedo índice imantado. O un sensor en el pecho que les permite sentir el campo electromagnético de la Tierra. Los hay bioluminiscentes y capaces de oler los colores. No es la última entrega de la saga de X-men. Son personas reales que han alterado su cuerpo mediante la tecnología. Ahora, las nuevas terapias genéticas, como el CRISPR, les están permitiendo dar un paso más. Ellos son los biochakers: ¿científicos o curanderos?

Puede que nos suene raro, que pensemos que son un puñado de nerds. Pero hablamos de gente formada en universidades líderes. De empresas que ganan dinero vendiendo kits para hackear el cuerpo humano. El biohacking es un terreno pantanoso. Es un movimiento para expandir las fronteras de la investigación y, al mismo tiempo, una práctica llena de riesgos inasumibles y de chamanes que prometen cosas imposibles.

Un do it yourself en plan genético

“Alguien se va a terminar haciendo daño”. Josiah Zayner se retractaba así, hace poco, de haber fomentado la autoedición del ADN. Es una de las caras más visibles del mundo del biohacking. Este doctor en biofísica por la Universidad de Chicago es conocido por inyectarse tratamientos genéticos para reforzar su musculatura. Pero no es el único. El do it yourself (DIY) genético esconde multitud de nombres e iniciativas, como la Body Hacking Con que se celebra cada año en Texas.

“Con especial atención en el DIY para el cuidado de la salud y otros hackeos corporales, la conferencia reúne desde expertos de la industria hasta los curiosos y los recién llegados”, señalan en la web de este evento. Entre ellos estaba, el pasado mes de febrero, Aaron Traywick. Otro de los rostros conocidos de este movimiento se subía al escenario de la conferencia para inyectarse un tratamiento genético contra el herpes que no estaba aprobado.

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Traywick era también el CEO de Ascendance, una compañía que prometía terapias genéticas que cualquiera podría desarrollar en su casa y que podrían llegar a inmunizarnos del VIH. Hablamos en pasado, porque Traywick, a sus 28 años, fue encontrado muerto a finales de abril en Washington. Por el momento, no han trascendido las causas de su fallecimiento. Aunque en la comunidad biohacker abundan las teorías de la conspiración, la realidad es que no existen pruebas de que su espectáculo con el tratamiento del herpes y su muerte estén conectadas.

Una cara de ciencia abierta

Como hacker genético, Aaron Traywick era también uno de los representantes del movimiento transhumanista y del movimiento grinder. Los límites de ambos con el biohacking no están precisamente bien definidos. Pero todos persiguen la idea de alterar los sistemas vivos con el objetivo de explorar sus capacidades y crear nuevas funciones. Esto se puede alcanzar mediante la integración de dispositivos tecnológicos, como los ciborgs con los que arrancaba este artículo, o a través de la autoedición genética.

Otra de las características de estos tres movimientos es la lucha porque este tipo de experimentación trascienda los laboratorios y las instituciones académicas. Es decir, lo que se conoce como ciencia de garaje. Esto no significa que sus representantes estén desligados de la academia. De hecho, uno de los grandes eventos de biohacking como movimiento, el Bio Summit, se desarrolla bajo el paraguas del Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT).

“La capacidad de la humanidad para alterar la vida es real y requiere del compromiso de la comunidad. La iniciativa Community Biotechnology busca desarrollar herramientas y tecnologías para permitir la participación más amplia posible en biotecnología. Nuestros proyectos incluyen la creación de hardware de bajo costo o infraestructura para compartir conocimiento”, señalan desde el grupo del MIT que lidera esta iniciativa.

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Y otra de riesgos contra la salud

Así que, en principio, tenemos un grupo de científicos que quiere expandir las fronteras de la investigación genética y biotecnológica. Es cierto que la capacidad está ahí. De hecho, sabemos que mediante la tecnología CRISPR, cuyos fundamentos sentó el microbiólogo español Francis Mójica, se puede alterar, a priori, casi cualquier tipo de genoma. En laboratorio se ha probado ya con multitud de especies microscópicas, plantas y animales.

Además, hace poco, una investigación del Wall Street Journal señaló que varios hospitales y universidades de China llevan más de dos años investigando terapias genéticas en humanos elaboradas con tecnologías CRISPR. Entre otras cosas, estas terapias podrían curar varios tipos de cáncer y el SIDA. Pero lo cierto es que, a día de hoy, las regulaciones son estrictas al respecto. Y ninguna línea de investigación ha mostrado evidencias claras de los resultados de la edición genética en humanos. A día de hoy, claro.

Y si las universidades no se ponen de acuerdo, como para llevar CRISPR a los garajes. Por eso, ante el auge del biohacking genético, la agencia estadounidense de los medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés), publicaba a finales del año pasado un escueto, pero claro, comunicado.

“La FDA es consciente de que existen a disposición del público productos de terapia genética para la autoadministración y kits de do it yourself para producir terapias génicas. La venta de estos productos es ilegal. La FDA está preocupada por los riesgos que entrañan para la seguridad de las personas”, señalaban desde la agencia gubernamental.

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Todavía sabemos demasiado poco sobre cómo encajan e interaccionan los millones de piezas microscópicas que entran en juego en el universo genético. De momento, eso sí, podemos aspirar a implantarnos un imán en la punta del dedo. O a inventarnos nuevos sentidos como Neil Harbisson, el primer ciborg oficial de la historia.

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