¿A qué huele la tierra mojada en una tarde de verano? Al lenguaje de unas bacterias ancestrales

Tras una tarde pesada, de calma bochornosa a más de 30 grados, estalla la tormenta. Las primeras gotas golpean el suelo y la presión se libera de golpe. Respiramos tranquilos, ha refrescado y el aire huele a tierra mojada. Pero en el mundo microscópico que ignoramos bajo nuestros pies, la lluvia ha puesto en marcha un delirio bacteriano en pos de la supervivencia. Y resulta que ese olor de las tardes de verano, el petricor, es parte esencial del proceso.

Investigadores de varias universidades de Suecia, Reino Unido y Hungría han publicado un estudio en Nature Microbiology en el que, por primer vez, se desentrañan los porqués del petricor. Y es que uno de los aromas más codiciados por los maestros perfumistas (en la India existe constancia de embotelladores de petricor desde 1911) es la parte central de un sistema de comunicación entre las bacterias y los insectos que habitan el suelo.

el olor a lluvia

El origen del petricor

Matti ka attar o, lo que es lo mismo, el perfume de la tierra. Así lo bautizaron en la localidad india de Kannauj, situada en el norte del país, a unos 200 kilómetros al este del célebre Taj Mahal. La ciudad es conocida por su tradición en la elaboración de perfumes y allí fue donde, a principios del siglo XX, se logró capturar la esencia del olor a tierra mojada. Por aquel entonces se conocía como olor arcilloso y ya había sido sujeto de varias investigaciones (sin mucho éxito).

Sin embargo, en los años 50 del siglo pasado, dos mineralogistas australianos, Isabel Joy Bear y Richard Grenfell Thomas, lograron desentrañar parte de los secretos de esta esencia. En un paper publicado en Nature en 1964 bajo el título de ‘Nature of arcillaceous odour’, señalaron que el olor a tierra mojada era causado por una molécula que producía cierto tipo de bacterias y lo bautizaron como petricor.

Al año siguiente, la bioquímica Nancy N. Gerber y el biólogo Hubert A. Lechevalier describieron esa molécula por primera vez y la llamaron geosmina. Todavía faltaba por resolver dos preguntas: cómo y por qué. La respuesta a la primera llegó en 2015. ¿Cómo era posible que una molécula causada por una bacteria invadiese el ambiente de esa manera?

En 2015, un grupo de investigadores del MIT logró grabar, mediante cámaras de alta velocidad, cómo las gotas de lluvia liberaban multitud de aerosoles al impactar en superficies porosas como la tierra. Y cómo estos aerosoles podían elevar en el aire multitud de partículas, incluyendo las moléculas de geosmina.

El olor de una comida de verano

Desde el paper de Isabel Joy Bear y Richard Grenfell Thomas toda la responsabilidad de la producción del petricor recayó sobre un tipo particular de bacteria: las Streptomyces. Se trata de un género de actinobacterias muy abundante, fundamental en la descomposición de la materia orgánica en el suelo y del que se extraen varios medicamentos de uso clínico, como la estreptomicina.

Todas las bacterias de este género tienen un gen clave en la producción de geosmina, así que esta molécula debía tener alguna función más que la de generar un agradable olor a tierra mojada para los humanos. Para entender el porqué, los científicos suecos, británicos y húngaros liderados por Paul G. Becher, Vasiliki Verschut y Maureen J. Bibb introdujeron un nuevo factor en la ecuación: un tipo de artrópodos conocidos como colémbolos.

Puede que nunca hayamos oído hablar de ellos, pero son unos de los reyes del mundo de los microorganismos. De hecho, se estima que forman el orden animal más numeroso del planeta y son unos de los seres terrestres más antiguos (llevan, como mínimo, 400 millones de años sobre la Tierra). Y resulta que los colémbolos sienten una atracción especial por el petricor. Mientras, otras de las especies que habitan en el suelo parecen no reaccionar a la presencia de esta molécula.

los colémbolos tienen una relación particular con las bacterias del suelo

Los colémbolos se alimentan de micelios y esporas como las que forman y generan las Streptomyces. Así que para los investigadores no fue sorprendente constatar que el petricor los atraía. Para estos artrópodos era el olor de una fuente de alimento abundante. Pero ¿qué ganaban las bacterias que, al fin y al cabo, eran las que producían la esencia? Una vía de escape.

Las Streptomyces prosperan formando micelios cuando los nutrientes del suelo son abundantes. Sin embargo, cuando los suelos se empobrecen, como sucede durante temporadas prolongadas de sequía, necesitan colonizar otros espacios. Para ello utilizan la reproducción por esporas, que pueden ser transportadas por el viento, el agua o por otros seres vivos como los colémbolos.

Así que el petricor no es más que el agradable aroma de la comunicación entre bacterias y artrópodos. Al igual que sucede con las plantas en flor y las abejas o con las aves y los árboles frutales, las Streptomyces atraen a los colémbolos a una fuente de comida a cambio de movilidad y un mayor éxito en la reproducción. Huele a tierra mojada y al lenguaje ancestral de la química de la vida.

Imágenes | Unsplash/ Robert Klank, Rich Soul, Wikimedia Commons/Gilles San Martin

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