¿Zoonosis? Los humanos también podemos contagiar a los animales

Sarpullido, fiebre, moqueo y tos. En 1996, a lo largo de dos meses, un total de 94 monos de una instalación zoológica de Estados Unidos mostraron síntomas graves de sarampión. El virus que provoca la enfermedad es un virus adaptado a los seres humanos, pero había contagiado a otros primates. Este es uno de los muchos casos documentados de zoonosis inversa, una de las grandes amenazas de la biodiversidad global.

Hace ahora un año, la palabra zoonosis no estaba entre las más usadas. Pero la COVID-19 llegó también para enriquecer nuestro vocabulario diario y aprendimos que muchas de las enfermedades emergentes están causadas por virus que surgen en animales y se adaptan a los huéspedes humanos. El ébola, el VIH o el SARS-CoV-2 son ejemplos de virus de origen animal. Pero ¿qué pasa cuando somos nosotros los que infectamos a los animales?

La lepra de los chimpancés y las ardillas

Durante milenios, el bacilo Mycobacterium leprae causó discapacidad y ostracismo social en cientos de miles de personas. La bacteria responsable de la lepra es tan antigua que su historia se pierde en el origen de las civilizaciones. Hoy es una enfermedad curable y la Organización Mundial de la Salud no la considera un problema de salud pública desde el año 2000. Aun así, en 2018 se registraron cerca de 210 000 casos de lepra en todo el mundo.

En 2017, las fotos de dos grupos de chimpancés con fuertes lesiones en la piel acabaron en el escritorio de Fabian Leendertz, investigador veterinario del Robert Koch Institute de Berlín. Procedían de trampas fotográficas de dos reservas diferentes, en Guinea-Bisáu y en Costa de Marfil. Ahora, tras varios años de investigaciones, Leendertz y Charlotte Avanzi, microbióloga de la Colorado State University, han sacado una conclusión: los simios sufren la lepra.

la lepra en chimpancés es un caso de zoonosis inversa

Aunque su trabajo todavía tiene forma de preprint (no ha sido publicado por ninguna revista), los investigadores señalan que es complicado que se haya dado una zoonosis inversa de forma reciente. Es decir, que los humanos han contagiado la enfermedad hace poco. Optan más bien por dos opciones: el contagio original se produjo en el pasado y la transmisión ha continuado o existe un reservorio de Mycobacterium leprae desconocido.

La lepra siempre se ha observado como una enfermedad exclusivamente humana de origen misterioso. Sin embargo, durante los últimos 20 años, ha sido detectada en varias poblaciones de armadillos americanos y en las ardillas rojas de Reino Unido. Y es que los patógenos no están ‘fabricados’ para una especie u otra. Simplemente son de una forma (una que muta y cambia constantemente). Y por selección natural terminan mejor adaptados a un huésped que a otro. Esto no quiere decir que no puedan ser funcionales en varias especies diferentes.

Los riesgos para la biodiversidad

Esta versatilidad y capacidad de adaptación es la que ha hecho de los patógenos y, en especial, de los virus, uno de los productos de mayor éxito de la evolución. Pero desde el punto de vista de las especies que sufrimos sus infecciones, la historia es diferente. Una zoonosis ha puesto patas arriba nuestro mundo en pocos meses. Y las zoonosis inversas son una de las mayores fuentes de peligro para la biodiversidad y, sobre todo, para las especies que viven más aisladas.

En 2018, expertos del Centro de Investigación en Sanidad Animal (IRTA-CReSA) y de la Universidad de Barcelona anunciaron que habían detectado bacterias intestinales infecciosas de origen humano en aves marinas de los ecosistemas de la Antártida. En concreto, encontraron bacterias de los géneros Salmonella y Campylobacter en aves como el págalo pardo subantártico, una especie carroñera.

A través de un paper publicado en ‘Science of The Total Envioment’, los investigadores señalaban que dichas bacterias eran claramente de origen humano y que el riesgo de zoonosis inversa era mayor cuanto más cerca viven las aves marinas de zonas habitadas, como las Malvinas o el archipiélago Tristán da Cunha. Entre sus conclusiones, los expertos apuntan a que el aumento de la presencia humana en la Antártida (exploradores, balleneros, científicos y turistas) multiplica las probabilidades de introducir otros patógenos más peligrosos en uno de los últimos santuarios de la biodiversidad del planeta.

Los visones y la COVID-19

el coronavirus en los visones

Más de un año después de la detección del primer caso oficial de COVID-19, la Antártida registró su primer brote de la epidemia. Tardó, pero la enfermedad acabó llegando. Lo hizo a través del personal de la base chilena General Bernardo O’Higgins Riquelme. La campaña antártica española también está pendiente de un hilo por un brote detectado a bordo del buque Hespérides. Durante todo el año pasado, el objetivo fue evitar la llegada del coronavirus al continente helado, entre otras cosas, para evitar posibles zoonosis inversas.

Y es que el SARS-CoV-2, que tuvo su origen en alguna especie animal todavía desconocida, ha demostrado su capacidad de volver a infectar a animales. El caso más sonado ha sido el de los visones y, en particular, los de las granjas danesas. Durante el mes de noviembre, el país nórdico se cerró a cal y canto e incluso llegó a plantearse sacrificar 17 millones de visones después de detectar que la COVID-19 no solo había sido contagiada a los animales, sino que los visones portaban una variante del virus claramente diferenciada.

Aunque finalmente parece haber quedado en nada, el riesgo de que una enfermedad humana se vuelva más contagiosa o peligrosa en un huésped animal y que vuelva a contagiar a las personas es real. La gripe es, quizá, el mejor ejemplo. El virus, cuyos huéspedes naturales son las aves, ha completado multitud de saltos entre humanos y animales a lo largo de la historia.

Hoy existen múltiples tipos y subtipos circulando entre seres humanos y otras especies. En la mayoría de los casos, cuando se detecta un brote, es imposible saber su origen exacto; pero se da por seguro que los contagios entre especies son habituales. En algunos casos, como por ejemplo con los cerdos, es mucho más común el contagio de humanos a animales que la transmisión de la gripe porcina a las personas. Aquí, el riesgo real es para la especie animal y para las explotaciones agropecuarias, donde las condiciones en las que vive el ganado facilitan los contagios.

Los virus y las bacterias patógenas viven a costa de los huéspedes que infectan. Son maestros del contagio. La evolución premia a aquellos que mejor lo hacen. Igual que el virus que ha conseguido conquistar el mundo gracias a estar perfectamente adaptado a los hábitos humanos, otros patógenos pueden aprovechar la estrecha relación entre personas y animales. El camino de la infección lo dominan en ambas direcciones.

Imágenes | Unsplash/Pascal Debrunner, Tai Chimpanzee Project, Wikimedia Commons/Dzīvnieku brīvība,

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