El testigo de Vostok: la historia climática del planeta está escrita en las profundidades del hielo

Hace 800.000 años que no había tanto CO2 en la atmósfera. La temperatura media entonces era más baja que la actual, pero a lo largo de los siguientes milenios ascendió rápidamente. Luego volvió a bajar, para subir después de nuevo. Y, así, seguir oscilando de forma bastante cíclica hasta que, hace 250 años, el ser humano empezó a quemar combustibles fósiles. Desde entonces, la concentración de CO2 en la atmósfera y la temperatura han subido a un ritmo sin precedentes en la historia de la Tierra.

Pero ¿cómo podemos saberlo? La respuesta está en un lugar de la Antártida llamado Vostok. Hoy en día, tenemos cientos de estaciones y sensores repartidos por el globo. Tecnología que recopila datos 24 horas al día nos cuenta en tiempo real cómo estamos cambiando el clima del planeta. Sin embargo, estos registros precisos tienen poco más de medio siglo. Para leer la historia climática del pasado, hay que seguir sus huellas en el hielo.

Testigos de hielo (y del clima)

El tiempo es algo curioso. No lo vemos, ni podemos tocarlo. Tampoco nos está permitido cambiarlo. Y, sin embargo, podemos medirlo hacia adelante y hacia atrás, y podemos seguir su rastro hacia las profundidades de la Tierra. Al igual que las sucesivas capas de suelo permiten entender cómo ha ido cambiando la superficie terrestre y las especies que la habitan, las capas de hielo atrapan el registro temporal del clima y la composición de la atmósfera.

Los testigos de hielo no son otra cosa que perforaciones muy profundas en zonas de hielos perennes, como la Antártida, el Ártico o los glaciares. De estas perforaciones, hechas con una especie de barreno, se extrae un cilindro de hielo en el que están atrapadas burbujas de aire de diferentes épocas de la Tierra. Además, la composición y la estructura del hielo también cambia entre las diferentes capas.

extracción de testigos de hielo en Groenlandia

A partir de estos datos, los científicos del hielo pueden reconstruir el clima del pasado y la composición de la atmósfera hace cientos de milenios. Cuanto más profundo se excava, más atrás en el tiempo se viaja. Este libro de hielo nos cuenta una historia limitada, ya que no es infinitamente profundo. Aun así, algunos de los testigos más profundos extraídos en la Antártida tienen más de 3.000 metros de largo y nos permiten leer el clima de hace 800.000 años.

Un lago glacial y el testigo de Vostok

La historia de las perforaciones en el hielo hunde sus raíces en el siglo XIX; pero, en realidad, no empezó a hacerse de forma sistemática con el objetivo de entender el paleoclima hasta 1950. En aquellos años, la ciencia soviética trazó un plan para perfeccionar la técnica de perforación del hielo; un plan que llevó a varios puntos del planeta. Entre ellos, se encontraba el lugar en el que, hasta ahora, se ha medido la temperatura más baja de la historia: la base antártica de Vostok.

Allí, en pleno continente helado, a medio camino entre la costa y el polo sur, los termómetros han superado los 90 grados negativos. Allí, sobre un profundo lago subglacial entonces desconocido, empezó a desarrollarse la ciencia y la técnica que acabaría resultando en uno de los testigos de hielo de referencia en la actualidad: el testigo de Vostok.

Los dos primeros agujeros de los que se consiguieron extraer muestras con éxito (en los años 70) tenían unos 500 metros de profundidad. En los años 80 llegaron tres nuevas perforaciones, que superaron ya los 2.000 metros de profundidad. En 1996, mientras la quinta perforación avanzaba y superaba los 3.500 metros, un equipo de científicos de Reino Unido y Rusia (la Unión Soviética ya se había disuelto), descubrió que el agujero se dirigía hacia un lago subglacial que hasta ese momento había pasado desapercibido.

diagrama del lago de Vostok

El Comité Científico de Investigaciones Antárticas pidió parar los trabajos porque existía el riesgo de contaminar un entorno que llevaba millones de años separado del resto del mundo. Y allí se quedó el récord. En un paper publicado en 1999, los investigadores rusos y franceses que colaboraron en el último tramo de la investigación presentaron al mundo el testigo de Vostok. Una columna de hielo de 3.623 metros de largo con un registro climático de los últimos 420.000 años.

En ese trozo de hielo está registrada, por ejemplo, la proporción más alta de CO2 atmosférico de los milenios anteriores a la revolución industrial: 298,6 partes por millón (ppm) hace unos 330.000 años. Los registros más actuales, de 2019, señalan una concentración de 408,5 ppm. Las 300 ppm se alcanzaron en 1960. Desde entonces, en el observatorio situado en el volcán Mauna Loa (el registro más antiguo todavía en funcionamiento), las cifras no han dejado de crecer.

De vuelta al hielo, la obsesión con horadar el frío no se terminó en 1996. En 2004, el European Project for Ice Coring in Antarctica (EPIC) batió el récord de Vostok. Este proyecto no llegó tan abajo (se quedó en los 3.270 metros de profundidad), pero el testigo de hielo obtenido era de más calidad. Hoy nos permite entender con detalle la historia de la atmósfera y el clima terrestre hasta hace unos 800.000 años.

En cuanto al lago Vostok, su historia tampoco termina en 1996. Tras abandonar la perforación a 130 metros de su superficie, los científicos de la base rusa retomaron sus trabajos en 2005. En 2012, tras varios altibajos, alcanzaron el mayor lago subglacial que se conoce en la Antártida. Un cuerpo de agua que, se cree, llevaba aislado unos 15 millones de años. Y allí abajo, en uno de los ambientes más extremos del planeta, hallaron vida.

Imágenes | NASA, Wikimedia Commons/Helle Astrid Kjær, LEhAN

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