Los primates se enfrentan a su propia crisis y el hombre tiene mucho que ver

Tanto los titís pigmeos, que pesan unos 100 gramos, como los grandes gorilas, que pueden alcanzar los 200 kilos, los primates son nuestros parientes biológicos más cercanos. Se estima que el ser humano comparte hasta el 99 % de su genoma con los gorilas o los chimpancés.

Los primates han despertado siempre nuestra curiosidad y son a menudo objeto de estudio y planes de conservación. Sin embargo, algo está fallando: se calcula que más del 60 % de todas las especies del planeta están en peligro de extinción por la acción directa del ser humano. Y un reciente estudio señala que los esfuerzos de conservación pueden no ser tan efectivos como se pensaba.

¿Qué estamos haciendo mal?

El de los primates es uno de los grupos de mamíferos más extensos, con unas 500 especies en total (la lista la encabezan los murciélagos, de los que existen más de 1.000 especies diferentes). Se encuentran de forma natural en 90 países de varios continentes, aunque dos tercios de todas las especies se reúnen en solo cuatro: Brasil, Madagascar, Indonesia y la República Democrática del Congo.

Estos países son, también, aquellos en los que la conservación de los primates es más urgente. En Madagascar, por ejemplo, el 87 % de las especies está en peligro, según el estudio ‘Impending extinction crisis of the world’s primates: Why primates matter’. Este artículo, publicado en Sciences Advances, alertaba ya en 2017 de que el 60 % de las especies de primates estaba en peligro de extinción por la acción directa del ser humano y el 75 % estaba viendo su población reducirse rápidamente.

La actividad del ser humano pone en riesgo La conservación de los primates.

En 2020, la Lista Roja de Especies Amenazadas de la IUCN aumentaba el porcentaje de especies de primates amenazadas al 67 %. Detrás de estas cifras, hay varias causas, como por ejemplo la pérdida de su hábitat.

En las últimas décadas, gran parte del mismo ha terminado convertido en tierras de cultivo, suelo urbanizable o plataformas de explotación y extracción de minerales o combustibles fósiles. Solo en la primera mitad de 2020, la Amazonía brasileña perdió 3.066 kilómetros cuadrados de bosque tropical, hogar de numerosas poblaciones de primates. Se calcula que esta selva puede llegar a perder más de 9.000 kilómetros cuadrados a lo largo del año, una de las peores cifras en más de una década.

No solo los primates

La deforestación y la pérdida de ecosistemas no son las únicas causas que ponen en peligro a los animales salvajes. Entran en juego, también, la caza furtiva y el comercio ilegal de especies silvestres. Un problema global que afecta a numerosos tipos de animales y plantas: de acuerdo con el informe ‘The World Wildlife Crime Report 2020’ de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), entre 1998 y 2018 se incautaron unas 6.000 especies diferentes destinadas al tráfico ilegal.

Las consecuencias del cambio climático, como los fenómenos meteorológicos extremos, también ponen la fauna en riesgo. Temperaturas más altas de lo habitual, incendios o inundaciones son algunos ejemplos. En Brasil, este año las llamas han devorado más de una quinta parte de la superficie de El Pantanal, un bioma (que el país comparte con Bolivia y Paraguay) en el que viven numerosas y variados grupos de animales. Por ejemplo, la mayor población de jaguares del planeta.

Turistas fotografían un jaguar en El Pantanal, Brasil.

De acuerdo con el Índice Planeta Vivo de WWF, la fauna salvaje ha disminuido un 68 % desde 1970. Las pérdidas han sido más acusadas en algunos de los países con más biodiversidad del planeta, como Brasil, Colombia y México.

Los intentos de conservación de los primates

¿Hay algo que podamos hacer para restaurar esta biodiversidad? Algunos estudios señalan que no es demasiado tarde. Investigadores de la Universidad de Oxford y el instituto austriaco IIASA proponen, por ejemplo, revisar nuestra relación con la naturaleza para reducir el uso de superficies para uso agrícola y ganadero, restaurar los ecosistemas degradados y dejar de invadir territorios salvajes.

Cuando se trata de la conservación de los primates, entran en juego también tareas para reintroducirlos en sus hábitats, evitar la caza furtiva o aumentar la concienciación de comunidades locales para su preservación. Sin embargo, recientes investigaciones han cuestionado la efectividad de algunas iniciativas.

El estudio ‘A Severe Lack of Evidence Limits Effective Conservation of the World’s Primates’, publicado en la revista BioScience, señala que hay poca literatura científica e investigación sobre la efectividad de los esfuerzos de conservación de primates. Y que, cuando la hay, resulta difícil obtener conclusiones sólidas.

“De los aproximadamente 13.000 estudios publicados entre 1971 y 2015 en 21 revistas y boletines especializados en primates […] solo en 80 se investigó la efectividad de las intervenciones de conservación”, señalan en el estudio. La causa principal es la falta de medios, sobre todo cuando se trata de investigar aquellos monos y simios que habitan en zonas remotas y de difícil acceso.

El Tarsier es uno de los primates menos estudiados.

Entre los animales menos investigados están, por ejemplo, los tarsiers. Unos monos diminutos con ojos muy grandes que viven en junglas del sudeste asiático. O los micos nocturnos, que tienen un pelaje lanudo y viven en parejas en las selvas húmedas de la Amazonía. Animales de los que sabemos muy poco, pero cuya supervivencia depende, en gran medida, de nuestras acciones.

Imágenes | Unsplash/ShaSahank Sahay, Unsplash/Jorge Franganillo, Unsplash/Abraao Paes, Unsplash/Deb Dowd

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