¿Crees que la automatización no forma parte de tu vida? Atento

Corría el año 1920 y el décimo duque de Marlborough (John Albert) salía del baño perplejo. ¡Su cepillo de dientes no hacía espuma! El duque desconocía que su ayuda de cámara era quien ponía dentífrico en el cepillo, y es que es muy fácil acostumbrarse a la automatización. Tanto que ni la percibimos.

La mayoría de nosotros, al pensar en automatización, tenemos en mente robots construyendo robots o coches conduciendo de forma autónoma. Pero, ¿crees que la automatización no forma parte de tu vida? Atento, porque te vas a llevar una sorpresa.

La automatización en la higiene doméstica

La preocupación de John Albert estaba parcialmente justificada para la época. En su momento las labores de “automatización” la hacían los criados, y los ricos eran una clase de persona relajada. Hoy todo lo hacen las máquinas, y nos preocupa que la tecnología falle. Como cuando se rompe el termo de agua caliente, por ejemplo.

La única forma de darse un baño en la época victoriana era contar con varios criados que calentasen baldes de agua y los subiesen escaleras arriba, al dormitorio, para llenar con ellos una palangana que se instalaba para la ocasión. No había agua corriente, ni desagües, y el vaciado requería otras tantas horas de achique. Hoy abrimos el grifo, despreocupados hasta el punto de que se nos recomienda cerrarlo.

También nos cuesta mucho valorar el jabón o los electrodomésticos. En 1850 aún no había detergente ni lavadoras. La ropa tenía que dejarse horas en agua jabonosa o lejía tras aporrearla, hervirse más de una hora, aclararla a mano y escurrir con ayuda de rodillos. Más tender. Las lavadoras modernas incluyen secado y nos ahorran entre 10 y 15 horas de limpieza por lavado, así a ojo.

Y el lavavajillas es sin duda otro de los puntos fuertes. Para que la vajilla antes quedase reluciente había que lavarlos (a mano), sacarles brillo (ídem) y afilarlos con cuero embadurnado de  polvo abrasivo compuesto por tiza, polvo de ladrillo, azafrán o cuerno de ciervo. No era una tarea agradable. Además se engrasaban para evitar que oxidasen y se envolvían con papel al guardarlos. Por descontado,  para usarlos había que lavarlos previamente y secarlos.

La despreocupación de saber que las cosas “se suben”

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Saltamos de nuevo a la comodidad del siglo XXI y nos damos cuenta de que todo está en la nube. Nos hemos acostumbrado a disparar una fotografía con el móvil y verla segundos después en el PC. Pero hace tan solo unos años había que hacer la fotografía, conectar el teléfono o la cámara con cable, y descargarla.

Este proceso automático de subida se da no solo con imágenes. Audios, vídeos, documentos de texto, contactos, presentaciones, listas, etc. Todo está automatizado, y sinceramente es un alivio.

En la etapa entre la actualidad y el cable hubo una serie de “lanzadores” online que ayudaban a sincronizar móvil y PC. No es que ofreciesen mucha resistencia, pero había que estar pendiente de ellos y hacerlo las subidas de forma manual.

Quizá en unos años seamos tan ingenuamente felices como el duque de Marlborough. Elois modernos que no sepamos ni siquiera cómo se suben las fotos al servidor. O lo qué es un servidor, elemento indispensable de nuestras vidas que curiosamente se parece mucho a sirviente en su etimología.

La automatización de la movilidad

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Hace unos años —no demasiados— llegar a nuestro destino no era tan cómodo como lo es actualmente. Si hay alguien de mi generación en el blog (1988) probablemente recuerde cómo sus primeros años de conducir requerían guías de carretera y memorización, o un copiloto. Para nosotros fue un breve lapso.

Muy poco tiempo después todos hacíamos uso de navegadores más o menos fiables. Y cuando los primeros móviles les sustituyeron ya no hubo que memorizar nada. Hoy planificar la ruta no requiere varias horas de mirar carreteras o encender la radio por si hay accidentes, sino unos segundos. Y se actualiza sola en caso de que pase algo. Como decíamos, despreocupación. Pero también seguridad.

Solo basta con iniciar la aplicación de navegación, seleccionar destino, y conducir. Según el estudio ‘Smart Cities — What’s in it for citizens?’ (2018), de Intel, la automatización derivada de la tecnología de movilidad nos ahorra cerca de 60 horas anuales. Pensemos también en movilidad sin vehículo, o transporte público. Y eso que los coches aún no conducen por nosotros.

La productividad generalizada

Si algo ha cambiado notablemente la automatización a nuestro alrededor han sido los ordenadores. Una de sus versiones analógicas más evidentes, las máquinas de escribir, requería de estudios para acceder a ella. Redactar o maquetar un texto era una tarea titánica desde nuestra perspectiva, aunque hacerlo a mano era aún más laborioso.

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Hoy cualquiera puede hacerlo sin conocimientos. Allá donde miremos los dispositivos con chips y pantallas nos ayudan a automatizar procesos, o simplificarlos. El préstamo de libros online ya no exige ir a la biblioteca, podemos reservar cualquier viaje sin necesidad de descolgar el teléfono, y hacer la compra sin salir de casa.

Lo hemos interiorizado tanto que ni siquiera valoramos que antes había que ir físicamente a los sitios, y no somos conscientes del tiempo ganado para nosotros. Según el estudio de Intel antes mencionado, solo las smart cities devolverán a cada ciudadano cerca de tres semanas al año.

60 horas en movilidad urbana (de las que 19,4 horas por semáforos inteligentes), 21 horas en productividad, 9 horas en servicios de salud, etc. Es cierto que somos el nuevo duque de Marlborough y que no sabemos muchas veces cómo funciona la tecnología. Pero lo que sí sabemos es cómo aprovechar el tiempo que esta nos da.

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