Merkel pide más datos en la UE y al poco le roban datos personales

Históricamente, los gobiernos han solicitado de forma oficial el crecimiento en base a muchos factores. Más tropas, dinero para las arcas públicas, investigación y desarrollo, o exportaciones. Pero a finales de 2018 Angela Merkel solicitaba en Berlín aumentar el volumen de datos que generamos.

Es un hecho sin precedentes que confirma que centroeuropa buscará subirse a la ola de la economía de los datos. Es decir, hacer uso de algoritmos e inteligencia artificial para obtener rendimiento de los bytes de información. Pero, ¿cómo se combina esto con la seguridad? Días después del anuncio, hackearon a Merkel…

Europa necesita más datos

Los datos son el nuevo petróleo. Si hace siglos logramos hacer que la máquina de vapor aumentase su eficiencia usando combustible para propulsarla, ahora lubricamos todo el sistema económico con datos de cualquier fuente. Y es que estos encierran un poder impresionante.

Analizando bien los datos no solo somos capaces de encontrar imágenes de gatitos en internet. Podemos atender mejor a los ciudadanos en los servicios de salud pública, mejorar la eficiencia de las ciudades, hacer caer en picado el uso de la energía en climatización e incluso aprender más rápido.

En este marco, es lógico que Alemania, con Merkel a la cabeza, escribiese que “el volumen de datos utilizables de alta calidad debe incrementarse significativamente para cumplir los objetivos de esta estrategia”. Hablamos de la hoja de ruta del avance de la inteligencia artificial en Europa, con propuestas españolas como #CienciaEnElParlamento.

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La IA requiere de ingentes cantidades de datos para aprender. Pero, una vez lo ha hecho, la utilidad que tiene este conocimiento consolidado no tiene precio. El problema es que Europa es pequeña (741 millones de personas) comparada con potencias como China (1,386 millones de personas). Además, no es que estemos precisamente unidos y que las bases de datos sean compartidas.

Esto es importante porque una inteligencia artificial que trabaje con una base de datos el doble de grande que otra no será el doble de útil. Será muchísimo más. Trazando una analogía con la Ley de Metcalfe, el valor de los datos guarda relación con el cuadrado de su número, no con su número en sí. Como resultado, Europa se está quedando muy atrás en IA porque, además, la inversión es baja.

La importancia de la privacidad de las personas

En países autocráticos como China, la inteligencia artificial se encuentra en todas partes y el uso de los datos —desde la perspectiva garantista europea— es abusivo. Europa es probablemente la región del mundo en la que los datos de los ciudadanos están lo más protegidos posible. Al menos sobre el papel.

Y decimos sobre el papel porque apenas unos días después de que Merkel solicitase de forma oficial aumentar los datos sin hacerlo a costa de “los derechos personales, el derecho a la autodeterminación informativa y otros derechos básicos”, un estudiante de 20 años provocaba el mayor hackeo de datos en la historia de Alemania.

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El joven, que actuaba por su cuenta y estaba descontento con la política, dejó al descubierto datos personales de Angela Merkel y otros políticos. En estos momentos, todos tenemos en mente a Snowden. Resulta irónico que el mismo gobierno que solicita aumentar los datos sin perjudicar a los ciudadanos acabe como víctima de un ciberdelincuente que se los roba.

Obvio que Europa necesita más datos (y más datos abiertos) para que todos podamos hacer uso de técnicas de inteligencia artificial. ¿Quién no quiere una mejor atención sanitaria o una reducción en la contaminación atmosférica de una ciudad?

Sin embargo, los actuales sistemas de protección se han demostrado infantiles. No solo en España o Europa, el escándalo de Equifax en EEUU aún resuena. Fue el mayor robo de datos sensibles.

¿Cómo podemos extraer datos de los ciudadanos sin dañarles?

Los datos son un recurso que, explotado, aporta beneficios económicos. Como la madera, el petróleo o el viento. De manera que es coherente que aquellas personas que generan el recurso inicial se beneficien de los rendimientos. Pero, ¿es posible usar los datos de una persona sin el perjuicio de exponer su privacidad? Sí, si programamos de forma ética.

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También necesitamos implementar mecanismos que impidan a un hacker acceder a la información personal. Por ejemplo, evitar que todo se encuentre almacenado en la nube, y que sea el usuario el que apruebe o no el envío de determinada información.

Ya se usan sistemas de ocultación de información que hacen imposible a los ciberdelincuentes usar los datos en contra de los ciudadanos. Pongamos un ejemplo. Si una aplicación pública sabe mi posición gracias al permiso de lectura del GPS de mi teléfono, lo ideal es que no almacenase esa información en ningún sitio.

En su lugar, yo podría tener esa información en mi terminal, y al compartirla con los servidores de la empresa municipal de transportes, que se haga una “media” con usuarios de mi entorno. De este modo se sabe por dónde y cuándo hay más ciudadanos (clave para mejorar el servicio público de transporte); pero se desconoce quiénes son o cuándo estarán. A esto se lo conoce como k-anonimato.

 

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