Todo lo que hemos aprendido de dos Tyrannosaurus rex adolescentes

Durante más de un siglo, nos hemos centrado en el imponente tamaño que podían alcanzar los Tyrannosaurus Rex. Científicos y paleontólogos teorizaron sobre sus dimensiones y los museos lucharon por hacerse con los fósiles más grandes e impresionantes.

Sin embargo, en este camino, algunos se olvidaron de hacerse una pregunta igualmente interesante: ¿cómo crecían para alcanzar su envergadura? ¿Cómo era su desarrollo óseo y cuándo alcanzaban la madurez sexual? Un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de Oklahoma ha dado respuesta a estas y otras preguntas al analizar, por primera vez, los huesos de dos Tyrannosaurus rex adolescentes.

Jane y Petey

A principios de la década de los 2000, se hallaron los restos de dos esqueletos de dinosaurios en el condado de Carter, Montana (Estados Unidos). Los ejemplares fueron apodados Jane y Petey y trasladados al Museo de Historia Natural de Rockford, en Illinois.

Los huesos revelan que ambos especímenes alcanzaron un tamaño un poco superior al de un caballo. En un principio, se pensó que podrían pertenecer a otra especie, pero un estudio de sus huesos permitió confirmar que se trataba de ejemplares de Tyrannosaurus rex adolescentes.

A Jane y a Petey les faltaba mucho para alcanzar las colosales dimensiones de los ejemplares adultos. Numerosos fósiles evidencian que llegaron a medir 12 metros de largo y hasta seis de alto. Sus patas y su cola eran muy fuertes y su mandíbula, de un metro y medio de ancho, los capacitaba para devorar hasta 250 kilos de carne de un solo bocado.

Para entender mejor cómo cambiaban los esqueletos y las proporciones de estos dinosaurios a medida que maduraban, un equipo de científicos de la Universidad Estatal de Oklahoma, liderado por la paleontóloga Holly Woodward, analizó el fémur y la tibia de Jane y Petey. Mediante técnicas de paleohistología (el estudio de la microestructura de los huesos) pudieron, por primera vez, evaluar la dinámica de crecimiento del gigantesco T. rex.

Un crecimiento ajustado a los recursos

Woodward y su equipo sacaron finas rodajas de los huesos Jane y Petey para examinarlas en su laboratorio. Contando los anillos anuales que encontraron dentro de los huesos (de forma similar a cómo contamos los de los árboles) pudieron determinar, en primer lugar, su edad. Jane y Petey fallecieron cuando sumaban 13 y 15 y años, respectivamente.

Los resultados, detallados en el estudio ‘Growing up Tyrannosaurus rex: Osteohistology refutes the pygmy Nanotyrannus and supports ontogenetic niche partitioning in juvenile Tyrannosaurus’ publicado en Science Advances, señalan además que los pequeños Tyrannosaurus crecían más o menos a la misma velocidad que lo animales de sangre caliente que conocemos hoy (como los mamíferos, por ejemplo).

Recreación de Tyrannosaurus Rex adolescentes.

A los adolescentes hallados en Montana todavía les faltaban unos cuantos años para alcanzar las dimensiones de un adulto. Ambos eran ágiles y rápidos y tenían dientes en forma de cuchillo que les permitían cortar sus alimentos. Los adultos plenamente formados, sin embargo, tenían la capacidad de triturar los huesos, señalan desde la universidad norteamericana.

Una de las conclusiones más llamativas es que los T. rex podían ajustar su crecimiento a la disponibilidad de recursos. De esta forma, si durante un periodo de tiempo escaseaba el alimento, no crecían tanto. Si era abundante, crecían más.

«El espacio entre los anillos de crecimiento anuales registra cuánto crece un individuo de un año al siguiente”, explica la investigadora Holly Woodward. “El espacio entre los anillos de los huesos de Jane y Petey, e incluso de otros especímenes adultos estudiados, es inconsistente: algunos están juntos y otros sin embargo se separan sobremanera. Da a entender que se produjo un crecimiento muy acusado en un espacio muy breve de tiempo».

Otro punto de vista

El trabajo liderado por Holly Woodward ha resultado fundamental para dar una nueva perspectiva al estudio de los Tyrannosaurus rex. Al contrario de lo que solía suceder, fue precisamente su pequeño tamaño (y no sus grandísimas dimensiones) lo que llamó la atención de los expertos y ha permitido sacar nuevas conclusiones.

«Históricamente, muchos museos recolectaban los fósiles más grandes e impresionantes de una especie de dinosaurio para exhibirlos e ignoraban los demás», explica Woodward. “El problema es que esos fósiles más pequeños pueden ser de animales más jóvenes. Por ello, durante mucho tiempo hemos tenido grandes lagunas en nuestra comprensión de cómo crecieron los dinosaurios, y el T. rex no era una excepción».

Este dinosaurio, que vivió en los grandes valles de América del Norte, es sin duda uno de los más conocidos y representativos de la especie que dominó la tierra durante el periodo Cretácico. Se extinguió hace unos 65 millones de años, dejando tras de sí esqueletos que han permitido estudiar no solo cómo eran, sino también el equilibrio que existía entre los grandes depredadores y el resto de las especies. Jane y Petey dan, ahora, otro punto de vista.

Imágenes | Unsplash/Fausto García, OSU/Julius T. Csotonyi

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