¿Estamos a punto de escoger un bando en la guerra entre virus y bacterias?

Desde que el mundo es mundo, las bacterias y los virus libran una guerra sin cuartel. Con el paso del tiempo, las primeras aprendieron a organizarse, pasando de seres unicelulares a organismos complejos capaces de desplazarse grandes distancias por tierra, mar y aire o convertir la luz solar en energía. Algunos aprendieron incluso a pensar. Los virus adoptaron una estrategia muy diferente, pero no menos efectiva. Apostaron por la sencillez; pero siguen poniendo contra las cuerdas a cualquier tipo de organismo celular.

La pandemia desatada por el SARS-CoV-2, una cadena de ácido ribonucleico (ARN) formada por solamente 15 genes, ha vuelto a descubrirnos el poder de los virus. Como si pudiésemos habernos olvidado. Las grandes epidemias de gripe del siglo XX, la dureza del ébola, el rápido contagio del sarampión o la increíble capacidad de camuflaje del VIH ocupan un lugar importante en nuestra memoria colectiva.

Pero, ¿y si los virus pudiesen ser también nuestros aliados? La guerra es más compleja que una batalla entre dos bandos. Por tradición evolutiva, a los seres humanos nos tocaría del lado de las bacterias; y, aun así, las infecciones por bacterias dejan millones de muertos cada año. Durante un tiempo las mantuvimos a raya con los antibióticos, pero la que ha sido nuestra principal herramienta está empezando a fallar.

Las bacterias resistentes a los antibióticos son un problema cada vez más preocupante. En las próximas décadas podrían llegar a causar 10 millones de muertes anuales. ¿Ha llegado la hora de volver a buscar aliados entre los virus? Nos han ayudado antes y quizá puedan volverlo a hacer.

representacion del virus que provoca la COVID-19

La alianza con los virus bacteriófagos

En 1915, los virus eran prácticamente desconocidos. Los microbios más abundantes del planeta seguían ocultos a nuestros ojos. Aun así, ese mismo año, el bacteriólogo inglés Frederick Twort intuyó la complicada relación entre algunos virus y algunas bacterias. Mientras investigaba cómo hacer vacunas contra la viruela más efectivas, descubrió que había algo que mataba a las bacterias. Pensó en tres hipótesis, incluyendo la existencia de un virus bacteriófago, pero no le dio demasiada importancia.

Tal como relata Karl Zimmer en ‘A Planet of Viruses’, dos años después, el médico canadiense Felix d’Herelle hizo el mismo descubrimiento mientras estudiaba la disentería. Para él no hubo dudas, los bacteriófagos eran reales. Sin embargo, la comunidad científica no aceptó esta hipótesis abiertamente. No fue hasta la generalización de los microscopios electrónicos en los años cuarenta del siglo XX que se pudo ver a los bacteriófagos en acción y se puso fin al debate.

A pesar de la incertidumbre que rodeaba su descubrimiento, Herelle creía que los bacteriófagos podían ser de ayuda. Quizá el ser humano podía aliarse con ellos para acabar con las enfermedades causadas por bacterias. Sus primeros experimentos, consigo mismo y con pacientes directos, funcionaron. Pero nunca pasaron de algo anecdótico. Aunque sí hubo estudios continuados en la antigua Unión Soviética, el descubrimiento de los antibióticos y su efectividad dejaron los tratamientos con bacteriófagos olvidados en un cajón para la medicina occidental.

En ese cajón han seguido prácticamente hasta ahora. La ingeniería genética los ha rescatado. Podemos retocar los genes de los bacteriófagos para hacerlos precisos y efectivos. Quizá haya llegado su momento para ayudarnos allí donde los antibióticos ya no llegan.

imagen de un bacteriófago

Una herramienta más precisa

Los antibióticos son sustancias capaces de impedir el crecimiento de determinadas clases de seres vivos microscópicos. Su papel en la mejora de salud pública de nuestra especie es incuestionable. Sin embargo, siempre han tenido un punto débil: su poca precisión. Los diferentes antibióticos actúan contra un rango de bacterias en las que se incluye la especie que causa la infección, pero también bacterias inocuas o incluso beneficiosas.

Los bacteriófagos son mucho más precisos. La evolución natural ha especializado la guerra entre bacterias y virus. Cada una es vulnerable a ciertos bacteriófagos que, a su vez, se han desarrollado de forma que solo son efectivos con esa clase de bacteria. Al mismo tiempo, las bacterias tienen sus mecanismos inmunológicos para resistir a los virus y los virus cambian constantemente, logrando saltar esas barreras de protección.

En 2008, James Collins, de la Universidad de Boston, y Tim Lu, del MIT, fueron capaces de editar genéticamente un bacteriófago por primera vez. Su trabajo, publicado en ‘Engineered bacteriophage targeting gene networks as adjuvants for antibiotic therapy’, consistía en introducir un gen en un tipo de bacteriófago para dotarlo del poder de elaborar una enzima que le ayudaría a destruir la bacteria Escherichia coli. Lograron que acabase con el 99,997% de la bacteria en su cultivo.

Desde entonces, se han hecho muchos experimentos y se han encontrado multitud de usos para los bacteriófagos. Algunos se han puesto incluso al servicio de tratamientos en seres humanos. El más prometedor fue el tratamiento de una menor de 15 años con una infección severa de Mycobacterium abscessus, una bacteria resistente a todo tipo de antibióticos. Tras siete meses de terapia basada en el uso de tres bacteriófagos editados genéticamente, se recuperó y no mostró efectos secundarios. Los resultados de la prueba fueron publicados el pasado verano.

La medicina actual no tendría sentido sin los antibióticos. Sin embargo, a medida que la resistencia a estos tratamientos aumenta entre determinadas bacterias, los virus pueden convertirse en una nueva herramienta. No escogeremos un bando en la guerra entre virus y bacterias, pero quizá nos replanteemos nuestras alianzas.

Imágenes | University of Texas, Unsplash/CDC, Fusion Medical Animation

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