Las máquinas ya saben leer nuestras emociones

En abril de 2018 Poppy Crum, de los Laboratorios Dolby, hizo un experimento en directo. Proyectó en una sala un fragmento violento de The Woman in Black y monitorizó el CO2. En cierto momento, este se disparó.

Crum había conseguido medir las emociones de un grupo de personas en tiempo real. Pero no es la única técnica actual. Una cámara térmica enfocada a nuestra cara también desvela nuestras emociones, que la inteligencia artificial está descifrando.

¿Cómo sabe una máquina que estoy enfadado?

Ya son muchos los estudios que han demostrado que las expresiones faciales no informan del todo sobre la emoción, sino sobre la intencionalidad. El equipo de Carlos Crivelli, UAM, lleva años trabajando en esta línea.

Las expresiones faciales guardan ciertas semejanzas entre diferentes culturas, pero hay excepciones. Los habitantes de las islas Trobriand, al ver una sonrisa, no la relacionan con la felicidad y sí con reir. Reír (una acción) es diferente de estar o ser feliz (un sentimiento). La risa se puede fingir, pero la química de la felicidad no.

Pero, ¿podemos fingir ante una máquina? Todo parece indicar que cada vez menos. A finales de 2017 una marca china llamada China Electronics Technology Group Corporation afirmó que su software de identificación facial era capaz de detectar las emociones humanas. Algo que habría que coger con pinzas.

El experimento, realizado en una población pequeña y probablemente sesgada hacia cultura y rostros asiáticos, tomaba las expresiones faciales como emociones, y además decía que estas eran universales. Pero el software de visión es un paso hacia delante. La química es el siguiente.

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La investigadora Poppy Crum parece ir por el buen camino. Cuando sentimos –lo que sea– nuestro cuerpo libera miles de compuestos químicos que nos delatan. Esta firma química del miedo, la felicidad o el placer escapa a través de nuestra piel y no pueden alterarse. Una vez que sentimos, “estamos vendidos” a quien sea capaz de detectarlo. Aunque hasta ahora eso resulta difícil.

El olfato humano es lamentable en comparación con, por ejemplo, el de los perros. Algunas especies pueden detectar distintos tipos de cáncer por la química que estos liberan. Las máquinas ya se han demostrado muy útiles en detección de cáncer por vía visual, y también analizando ADN o usando el móvil.

Equipadas con sensores “olfativos”, las máquinas podrán orientar a los médicos sobre posibles enfermedades. Pero también sobre nuestras emociones.

Del uno al diez, ¿cómo de feliz se siente?

Si uno ha acudido alguna vez a un psicólogo o a un hospital por algún tipo de trauma, habrá escuchado preguntas similares. “Del uno al diez, ¿cuánto le duele?”. El autodiagnóstico es tan complejo que, en realidad, se duda si sirve de algo.

Pero el diagnóstico de una máquina que lea cientos de variables  – como presión arterial, frecuencia de la respiración, dilatación de la pupila o compuestos químicos en nuestro aliento– podría dar en el clavo de nuestras emociones.

¿Qué pagaría un psicólogo por saber exactamente qué siente su paciente? ¿Y un policía por saber si su testigo estrella está mintiendo? Conocer las emociones de las personas que tenemos delante, en muchos aspectos de la vida, es importante.

De hecho, el cerebro humano ha evolucionado para detectar la mentira en los otros. En su voz, como indica Teresa Baró, o en el rastreo del movimiento ocular, como dice Pamela Meyer. Aunque algunas técnicas se ponen en duda, hay muchas otras a las que recurrir.

Como todo en lo que intervienen patrones, las máquinas lo harán mejor que nosotros con el debido entrenamiento. Leer emociones es una tarea rutinaria que podría automatizarse en consultas de psicología, juicios, comisarías u hospitales. Pero también en casa.

Leer emociones, ¿evolución natural de los emojis?

Las videoconferencias nunca llegaron a despegar. Todos los ordenadores y móviles tienen una cámara enfocada al usuario, pero por alguna razón solo las usamos para hacernos selfies.

Llevamos un ordenador en el bolsillo capaz de enviar vídeo, pero elegimos preferentemente mensajes de texto a la hora de comunicarnos. Y estos pueden generar incertidumbre a la hora de leerlos.

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Muchos de nosotros nos hemos preguntado si la otra persona estaba bien al contestar con un seco “Vale”, “Bueno” o “jaja”. ¿Solo “jaja” y no “jajajajaja”? Si los emojis son tan usados es porque eliminan la incertidumbre aunque, al igual que los rostros, estos no se interpretan igual en todas partes del mundo.

Saltemos unos años hacia el futuro. Uno en que los ordenadores y los móviles tienen, además de su cámara convencional, varias cámaras térmicas y otros sensores químicos. ¿Por qué no? Ya tienen antena GPS, sensor de temperatura, de presión, acelerómetro…

La comunicación por texto podría agregar al final de cada frase un emoji enriquecido en base a la detección de nuestras emociones. WhatsApp, cifrado de extremo a extremo [y a prueba de mentirosos]. Desde luego suena interesante que nuestro interlocutor sepa lo que sentimos porque buena parte de las incertidumbres desaparecerían. Así como algunos engaños.

Máquinas empáticas orientadas a nuestros intereses

Sin embargo, entre humanos siempre hay formas rápidas de verificar los sentimientos: “¿Estás bien?” / “Sí, ¿por”. Genial, todo había sido un malentendido por chat y ha sido corregido en pocos segundos.

Pero las máquinas no son tan sofisticadas como para entender algo tan básico. Necesitan apoyos extra, y detectar nuestras emociones puede hacer que trabajen mejor con nosotros. Por ejemplo, los cobots.

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Los cobots, robots generalmente industriales que trabajan codo con codo con humanos ampliando sus capacidades, podrían ayudarnos mucho si son capaces de saber cómo nos sentimos.

El robot que hace soldaduras podría estar más atento a nuestros movimientos si sabe que ese día estamos deprimidos, e incluso enviar un mail interno a recursos humanos para que alguien (un humano, por favor) hable con nosotros.

Y, quién sabe. Una vez tengamos la tecnología, que recordamos ya se está desarrollando, probablemente se usa para cualquier otro ámbito. Por ejemplo, Netflix podría ofrecernos contenido en base a nuestro estado de ánimo o YouTube Music funcionar como el SO de la película Her que sabía qué quería escuchar el protagonista en cada momento.

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