¿Nos leerán la mente en el trabajo?

Un artículo publicado por el Foro Económico Mundial levantó hace meses algunas ampollas. El tema principal, la monitorización del trabajador en su puesto usando nueva tecnología. Por ejemplo, “leer la mente” mediante una redecilla EEG, cómoda pero ciertamente invasiva.

Aunque básica, la tecnología EEG portátil ya se usa en China en algunos sectores, como los conductores de tren. ¿El objetivo? Evitar cualquier distracción que ponga en peligro a los ocupantes del tren. Hasta aquí bien pero, ¿tiene derecho un trabajador a negarse a que la empresa sepa qué siente o si está cansado?

Empresas que monitorizan a sus empleados

Hace tiempo se hizo popular un programa de ordenador muy simple que controlaba el movimiento del ratón. Si el cursor permanecía más de una serie de minutos situado en el mismo punto de la pantalla, el jefe de equipo recibía una notificación. ¿Invasión de la privacidad?

En principio, un ratón detenido indicaba ociosidad. Sin embargo, esta suite de programas de control no se han popularizado. No solo te avisa de cuándo los trabajadores se han ido a tomar un café, sino también salta cuando han ido al baño, asisten a reuniones o trabajan sin usar el PC. Fue un desastre.

El control sobre el empleado para aumentar la productividad existe desde hace siglos. Las tarjetas perforadas para fichar entrada y salida han evolucionado en chips RFID que se implantan bajo la piel y permiten al empleado abrir las puertas, pagar o usar determinados servicios de la oficina, fábrica, etc.

En 2004, la empresa Verichip ya usaba su chip aprobado por la Food & Drug Administration americana. Ahora le ha llegado el turno al casco EEG, esta vez en China. Pero esta tecnología suena a ciencia ficción. ¿Está lista?

BrainNet: tres mentes juegan a juegos

Los cascos EEG llevan tiempo con nosotros. Hace tiempo consistían en complejas y grandes máquinas estáticas, y ahora son como una redecilla de las que recogen el pelo. Ya han logrado hitos importantes, como ayudar a rehabilitar a personas parapléjicas. Han dado el salto a las interfaces cerebro-ordenador.

De hecho, investigadores de la Universidad de Washington publicaron en septiembre de 2018 en Arxiv.org un artículo titulado ‘RedCerebral: una interfaz multipersona cerebro-a-cerebro para que los cerebros colaboren de manera directa’. Se logró que tres personas jugasen juntas a un juego del estilo del Tetris.

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Este logro sin precedentes abre la puerta a futuras tecnologías todavía muy lejos de nuestro alcance pero prometedoras, como que varias personas conectadas trabajen de forma privada y conjunta en un proyecto; se transfieran sensaciones o podamos enviar movimientos de una persona a otra.

La tecnología está en sus primeras fases, pero se han logrado hitos importantes:

  • seguir un pensamiento concreto [fuente];
  • mover un brazo robótico [fuente];
  • mover el brazo de otra persona [fuente].

¿Tendrá derecho la empresa a conectarnos?

La tecnología, per se, nos parece maravillosa y sorprendente. Pero sus aplicaciones prácticas podrían hacernos cambiar de opinión. Sin ética, podríamos caer en una trampa. ¿Cuáles son los límites de aplicación? ¿Puede mi empleador monitorizar mi cerebro?

Actualmente, en trabajos como conducción o construcción, hay un férreo control en lo que tiene que ver con seguridad. Hasta el punto de existir un complejo mecanismo burocrático de cursos, aprobaciones y material sin los cuales trabajar resulta en la práctica difícil.

Un instalador que entre a un edificio para colocar un cable a cierta altura tendrá que tener en regla sus conocimientos de PRL, sus EPIs, y haber sido aprobado por el departamento de seguridad del edificio. Esta tendencia burocrática existe para que los incidentes, si ocurren, sean esporádicos.

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La tecnología avanza también en esta línea y, de momento, las siglas EEG han sido añadidas a las anteriores en materia de seguridad. Si el conductor del metro está cansado y puede provocar por ello un accidente, resulta coherente que la empresa se entere y pueda colocar a otro.

De modo que es muy probable que la tecnología EEG portátil aparezca pronto en sectores como la construcción o la conducción. Sin embargo, Amazon patentó una pulsera de actividad para poder optimizar los flujos de personal por sus enormes instalaciones. Poco después, el gobierno italiano se negó a que la usase en su país. ¿Buenas noticias para los trabajadores? No lo parece…

Sin seguridad, los humanos somos caros

Volvamos al punto del tren y el conductor humano. Desde hace mucho tiempo es posible hacer que los trenes conduzcan de forma autónoma, y las averías que surgen en trayecto no se solucionan sin el desplazamiento de mecánicos a la zona. Entonces, ¿qué hace ahí el conductor?

Pilotos de avión, de tren, repartidores de comida, última milla… la cantidad de trabajos que son automatizables hoy día al 100% sigue subiendo. Sin embargo, dos puntos importantes frenan la robotización de algunos trabajos.

Uno de ellos es la aceptación social, y el otro es económico. De momento, no queremos que los robots conduzcan pese a ser más seguros, algo que está cambiando, según Deloitte, a grandes pasos. El rechazo al vehículo autónomo ha pasado en los países occidentalizados del 70% al 40%, ¡en un año!

Cada vez estamos más informados, y sabemos que la movilidad autónoma es más segura que la humana (ellos no se duermen, no tienen prisa, no toman drogas, no se saltan las normas de tráfico…), y dentro de poco tiempo la aceptaremos. En ese momento, solo la adaptación salvará algunos trabajos.

El cálculo es fácil: si un humano, por sus decisiones, resulta más caro que un robot, y este puede hacer la tarea del primero, se compra el robot.

¿O me monitorizan o me despiden?

Aún queda mucho para que un robot pueda suplir al 100% alguno de los puestos laborales que Amazon tiene en Italia. Otros, como los “corredores” que buscan objetos en el almacén, ya han sido sustituidos. Sin embargo, hay un aspecto importante: si el trabajador se niega a ser monitorizado, optimizar sus rutas, horarios y procesos resulta imposible. Y, por tanto, se encarecen las operaciones.

Junto a gigantes de la exportación y venta, como Alibaba, Amazon es muy conocida por su elevado grado de automatización, de modo que no deberíamos extrañarnos de que busque en la medida de lo posible sustituir a humanos por máquinas. El “GPS interno” habría sido una fantástica herramienta para ganar tiempo por su parte antes de que el robot que les reemplace ocupe su lugar.

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Del mismo modo, una redecilla EEG podría hacernos ganar tiempo en ámbitos laborales como la conducción. El vehículo autónomo será, quizá, el robot más común de la próxima década. Un modo de frenar la pérdida masiva de empleos sería reduciendo las ventajas de colocar una IA al volante, frente a un humano. A saber, sus distracciones.

Con un casco EEG como el que se prueba en China para la conducción de trenes, el alto coste de la tecnología autónoma jugaría en contra de humanos ahora más preparados que antes. O, como poco, menos torpes. Sabiendo “qué piensa” (cómo de cansado está) un trabajador, los accidentes se minimizarían, uno de los puntos fuertes de la movilidad autónoma.

Resulta curioso pensar en la dualidad de aceptación de tecnología similar. Como conductor, no querremos tener un lector de pensamientos en la cabeza y, como pasajero, lo exigiremos en cuando esté disponible como ya hemos hecho con el cinturón de seguridad o el airbag.

En Lenovo | No automatizamos trabajos, automatizamos habilidades

Imágenes | iStock/gorodenkoff, iStock/yacobchuk, iStock/tommaso79

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