Una erupción simulada y en directo: el acento español del volcán en Fagradalsfjall

Son 130 cráteres alineados a lo largo de 27 kilómetros. Una cicatriz oscura y pintada a trozos de verde por la escasa vegetación que crece en el lugar. El recuerdo de la peor erupción que ha vivido Islandia en su historia registrada. Los cráteres de Laki son los restos del evento de Skaftáreldar, una erupción múltiple que tuvo lugar entre junio de 1783 y febrero de 1784 y que acabó con la vida de un cuarto de la población de la isla y más de la mitad de las cabezas de ganado.

Durante ocho meses se produjeron 10 grandes erupciones. Todas empezaron por una fase explosiva de pocas horas de duración, seguida por varias semanas de emanaciones lava. La expulsión de gases y ceniza de Skaftáreldar fue tal que sus efectos se notaron en todo el hemisferio norte. Europa, Japón y Norteamérica sufrieron tres años de malas cosechas y precipitaciones de lluvia ácida recurrentes.

En 1783, nadie vio venir la erupción. Pero ¿qué pasaría hoy en día? ¿Seríamos capaces de predecir lo que está a punto de suceder para poder anticiparnos y reducir los riesgos? La verdad es que todavía estamos lejos de tener un sistema de alerta volcánico similar al «parte» meteorológico. Pero, gracias a una investigación europea en la que participa el Geociencias Barcelona (GEO3BCN-CSIC), puede que estemos un poco más cerca. Y todo tiene que ver también con Islandia.

La erupción tranquila del Fagradalsfjall

En las 24 horas anteriores a la redacción de este artículo, en la península de Reykjanes se habían registrado ocho terremotos. No es nada nuevo, ya que la tierra tiembla de forma constante en Islandia. La isla se sitúa entre las placas euroasiática y norteamericana, sobre la gran falla que las separa. Es, precisamente, alrededor de esa falla donde el país registra la mayor actividad volcánica y sísmica; y es allí donde se ubica Reykjanes.

En esta península, un nuevo volcán escupe lava de forma continuada desde el pasado 19 de marzo. No obstante, el Fagradalsfjall poco tiene que ver con los cráteres de Laki. Se trata de un volcán poco explosivo, que expulsa lava y gases a lo largo de una fisura de unos 500 metros. Su cercanía con la capital del país, Reikiavik, y el aeropuerto internacional lo han convertido en toda una atracción turística que incluso puede verse en directo.

El volcán, que llevaba dormido al menos 6.000 años, ha provocado la primera erupción en Reykjanes en algo más de ocho siglos. La zona, como buena parte del país, está monitorizada y, ya desde finales de 2019, empezaba a dar señales de que algo podía estar a punto de pasar. Los temblores se intensificaron a principios de este año y llegó el momento de hacer las predicciones. Esta vez sí acertaron.

Simulación, probabilidades y mitigación de riesgos

Un equipo de científicos de la Universidad de Islandia, ayudados por un software predictivo desarrollado en el marco de EVE (European Volcano Early Warning System) en el que colabora el Geociencias Barcelona logró identificar con éxito, días antes de la erupción, las zonas por las que la corteza se abriría para dejar pasar el magma y el recorrido de los flujos de lava a través de la península de Reykjanes.

El software, que de momento es todavía experimental, pasará a ser integrado en la plataforma Volcanbox, que se utiliza para evaluar y gestionar los riesgos volcánicos. El objetivo final de este sistema es mejorar los protocolos de comunicación entre los observatorios y los servicios de protección civil y emergencias. Es decir, convertirse en pieza clave de un sistema de alerta temprana para los volcanes europeos.

“Gracias a las herramientas de software que estamos desarrollando, hemos podido elaborar pronósticos en tiempo real sobre la identificación de los puntos con más probabilidad de salida del magma y hacer mapas y simulaciones de los recorridos que seguiría la lava. Toda esta información fue puesta a disposición de los servicios de protección civil de Islandia para poder anticiparse a los posibles escenarios planteados por la erupción”, explica Joan Martí, investigador de Geociencias Barcelona y coordinador principal del proyecto EVE.

lugar de erupción en Reykjanes

El sistema desarrollado integra datos históricos y datos en tiempo real. Los primeros se utilizan para construir modelos estadísticos que indiquen las zonas con mayor probabilidad de erupción en base a la información que se tiene del pasado. Los segundos sirven para refinar los pronósticos en base a las características presentes del terreno (como la deformación de la corteza y las emisiones de gases) y la actividad sísmica y elaborar predicciones a corto plazo. Dos días antes de que la tierra se abriese en el Fagradalsfjall, los científicos islandeses advirtieron a las autoridades de que la erupción era inminente.

El modelo no sirve para predecir con exactitud un punto y una hora para la erupción. Identifica una zona de susceptibilidad volcánica y las probabilidades de que entre en erupción en un plazo corto de tiempo. “No pretendemos predecir el resultado final de una erupción volcánica específica. El objetivo es anticiparse al riesgo y estar mejor preparados para responder a un evento volcánico si finalmente sucede”, concluye Ármann Höskuldsson, investigador del Instituto de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Islandia.

Cuando los cráteres de Laki empezaron a expulsar lava hace 250 años, nadie pudo predecir lo que iba a pasar. Claro que, en aquel entonces, soñar con cualquier tipo de predicción natural era casi ciencia ficción. Sin embargo, hoy observamos el pronóstico meteorológico con naturalidad, seguros de que no va a fallar.

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Imágenes | Unsplash/Jonas Unnarsson, CSIC

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